"Cuando uno viaja, siente de una manera muy práctica el acto de renacer. Se está frente a situaciones nuevas, el dia pasa más lentamente y la mayoría de las veces no se comprende ni el idioma que hablan las personas. Exactamente como una criatura que acaba de salir del vientre materno. Con esto, se concede muchas más importancia a las cosas que nos rodean, porque de ellas depende nuestra propia supervivencia. Uno pasa a ser más accesible a las personas, porque ellas podrán ayudarnos en situaciones difíciles. Y recibe con gran alegría cualquier pequeño favor de los dioses, como si eso fuese un episodio para ser recordado el resto de la vida.
Al mismo tiempo, como todas estas cosas son para nosotros una novedad, uno ve en ellas solamente lo bello y se siente más feliz por estar vivo..." (Paulo Coelho)

viernes, 25 de febrero de 2011

La suerte en el culo y pingüinos en la playa...Segunda parte

Todo empezó como el presagio del vuelco que daría mi vida en los días posteriores cuando cogí la furgoneta por primera vez hará alrededor de una semana y media. Salí con mi amigo de Portugal, antiguo dueño de la “furgo” y su novia de Alemania a conducir por las calles traseras de la casa donde nunca hay mucho tráfico. Yo no estaba muy convencido porque aquí como antigua colonia inglesa que es, se conduce por la izquierda, el volante está a la derecha y las marchas las cambias con tu mano zurda a la altura del volante. Así que como algún día tenía que empezar, mejor con ellos que solo, subí en mi furgoneta de 24 años, me senté en el asiento del copiloto, cambiando las marchas con mi mano tonta y conduciendo por el lado contrario y como por primera vez, me sudaban las manos al volante. Entre risas y nerviosismo y con una pequeña caravana que formamos tras nosotros, decidimos parar a un lado para dejar pasar a los coches ¡Lo haces muy bien! Decían, y yo sudaba como un pollo. Y entonces en aquella calle que no pasaba nada ni nadie, pasó y resultó que había alguien. Reanudé la marcha y como no controlaba mi parte izquierda porque conducía al otro lado, noté como golpeé uno de los coches que estaban aparcados. Nos miramos y alguien dijo: ¡Corre, corre! Y con la velocidad de un auténtico principiante, convertimos la fuga de alcatraz en una distancia de tres metros cuando la única persona que había en la calle se encontraba dentro del coche que chocamos y empezó a pitar con fuerza. Volvimos a mirarnos y dijeron: Para… Paré y bajamos. El hombre del coche bajó y vimos que se trataba de una pequeñísima hendidura en la parte de atrás. Intentamos disuadirlo con sonrisas y mil perdones e incluso creo que mi amiga utilizó sus armas de mujer. No hubo manera, así que sin carnet de conducir ni seguro, lo mejor era callar y atenerse a las consecuencias. Intercambiamos teléfonos, mi amigo dio su número de pasaporte para más seguridad y decidimos llamarnos en los próximos días para arreglar el accidente. Volvimos a la furgoneta y mi amigo siguió conduciendo, hablamos de la minucia, de la insignificante rozadura que no sería nada, nos reímos, (yo no tanto). Y después del exitoso estreno de la furgoneta volvieron para dejarme en casa. Me senté en el sofá de mi terraza y hablé sin mucha preocupación del pequeño accidente en la carretera. No será nada… decían. Pero lo que ninguno sabía, y menos yo, era que todo aquello fue como un sueño premonitorio de lo que sería una semana no menos que agitada, y en la que la suerte con la que me había recibido el país al principio me hubiera dejado abandonado en las manos de algún brujo con muy mala leche…

Días después, exactamente el mismo día en el que cumplía un mes en Melbourne, mi amiga alemana me despertó a las 7 de la mañana para pedirme las llaves de la furgoneta y llevar a nuestra otra compañera al trabajo porque se había quedado dormida. Se las dí, y después de varios intentos, desperté con una sensación extraña que no me dejó volver a dormir y la verdad que lo mejor aquel día hubiera sido quedarme en la cama. Me levanté al de un rato y decidí ir a la biblioteca para conectarme a Internet y hablar con mi familia aprovechando que era una hora en la que no es demasiado tarde para pillarlos despiertos debido a la diferencia horaria. Así que ignorando el sentimiento mañanero cogí mi bici y mi ordenador y unos metros más adelante mi amiga estaba empujando la furgoneta en medio de la carretera con otro hombre que la ayudaba. ¡¿Qué ha pasado?! Nada… Dejé la bici y ayudé a empujar. Ella conducía, el hombre indicaba y yo me cagaba en lo más barrido. Medio aparcamos la furgoneta en la calle de atrás. Ella me explico que se apagó de repente y sin razón. Será la falta de gasolina…dijo. Volvimos a casa, y dejé el ordenador. Cuando llamaron al teléfono, minutos después descubrí que aquella minucia insignificante que hicimos en el coche serían 380$... Llamé a mi amigo que se encontraba al otro lado del país a punto de volar a Bali. Sin seguro, ni carnet, lo mejor era pagarlo ¡De puta madre! Fui a la gasolinera con un bidón y lo llené de gasolina, lo llevé entre malabarismos junto al manillar de la bicicleta, que después de construir un embudo casero eché en el depósito de la furgoneta. Giré la llave y sin resultado… Volví a casa. Será la batería… En un par de días deberíamos dejar la casa donde habíamos vivido porque la iban a remodelar de arriba abajo. Mis compañeros habían encontrado una al otro lado de la ciudad que supondría una hora y media cada día para ir al trabajo, así que mi amiga portuguesa y yo teníamos medio apalabrada otra casa muy barata y muy cerca de esta última. Fuimos a verla y acabamos por darnos cuenta que lo que no teníamos era dinero y por consiguiente tampoco casa. Volvía casa con el ánimo arrastras, sin casa, sin furgoneta y sin una parte de mis ahorros, e intentaron animarme justificando que sólo se trataba de un mal día, así que destrozado, decidí echarme una siesta que todo lo cura, y cuando despertara lo vería todo distinto. Una hora después seguía sin saber que las cosas no sólo no mejorarían sino que irían a peor. Me levanté de la cama por segunda vez aquel día con un hálito de esperanza y llamé a mi segundo trabajo para pedir el horario de aquella semana y me dijeron que de tres días que trabajaba sólo tenía apuntado uno y que debería preguntar a mi encargado sobre el resto, una respuesta que me olió muy mal, debido a que sabía que necesitaban gente y había mucho trabajo que hacer, y quise pensar que era consecuencia de que tenía una actitud negativa ante lo que sería una confusión y un detalle sin importancia otro día cualquiera. Colgué sin poder evitar procurarme por un trabajo que odiaba pero que me daba gran parte del dinero necesario para mi viaje y lo ignoré. Todos estaban en la terraza y mi amiga portuguesa que se había hecho amiga de los obreros que harían el trabajo de la remodelación, sugirió que si no encontrábamos a nadie par alquilar la casa podríamos usar ésta para ducharnos y cocinar y durmiendo en la furgoneta durante un par de semanas más con su consentimiento hasta que empezaran a trabajar. Hice un ruido que significaba: (Qué otra opción tenemos…) E intenté buscar entre mis conocidos alguien que quisiera alquilar la casa que habíamos encontrado y dejarnos estar en ella durante unas semanas antes de empezar el viaje. No hubo suerte y volví a casa como un sonámbulo para vestirme e irme al primer trabajo que era lo único que me quedaba seguro. Estuvo muy lleno y yo quería correr fuera de allí, pero por desgracia, no me quedaba más remedio que concentrarme y hacer mas llevadero algo que debía afrontar por pura necesidad de supervivencia. Acabé, y con el corazón en un puño fui seguidamente a mi otro trabajo y subí a la oficina para resolver el enigma de los días restantes. Afortunadamente fue como creí, una confusión. Trabajé toda la noche y después de 12 horas de intenso trabajo, salí a la mañana siguiente como si hubiera recibido una paliza y fui a casa soñando con el momento de meterme en la cama y dejar mis preocupaciones descansar en los reinos del subconsciente. Soñé que estaba despierto y despertaba creyendo que soñaba. Dos horas después los gritos, la música y el ruido me recordaron que era el día de la mudanza y el último en la casa. Levantado por unas cuerdas invisibles, me comportaba como una marioneta soñolienta y confundida que intentaba ayudar a mover las interminables cajas y electrodomésticos que había por todas partes. Un par de horas después compré el desayuno y en el descanso me retiré a dormir a la casa vecina y antigua casa “Okupa”. Me tiré en el viejo colchón y por primera vez en días dormí algunas horas en paz. 4 horas después un poco más descansado volví al trabajo con las ojeras amoratadas y la sonrisa a sabiendas que sería el último día en la discoteca hasta el próximo fin de semana y me llenaba de satisfacción saber que después de aquella largas noche volaría hasta la cama y me despertaría cuando me viniera en gana, y así poder afrontar mejor la nueva situación en la que me encontraba. 14 Horas después y cada vez más animado ante el acercamiento de la hora de salir de allí me llamaron de la oficina. Subí tranquilamente y alabando inserviblemente mi trabajo me dijeron que lo sentían, que por culpa de la visa no podría seguir trabajando allí, que era un gran problema para ellos y para mí, que volvería si de alguna manera las cosas cambiaban, y que tendría mi puesto asegurado a la vuelta. Cogí mi dinero y nos dimos la mano. Salí despidiéndome de todos sabiendo la imposibilidad de un cambio y consciente de que sería la última vez que les vería. Abrí las puertas y de la oscuridad y la música “house”, pasé a la claridad del cielo recién amanecido. Y sin poder creer nada de lo que me estaba pasando, en vez de gritar o llorar desconsoladamente me sentí extrañamente bien. Miré al cielo azulado y sudoroso con los ojos entreabiertos como si en aquel momento en que las cosas no podrían ir peor, un nuevo día me ofreciera un nuevo comienzo. No tenía sueño, y con un dinero en el bolsillo que no sabía hasta cuando me duraría paseé media hora hasta casa, cansado y tranquilo veía a los loros multicolores jugando mientras volaban sobre mí entre los árboles del camino, sentía como si me hubiera quitado un peso de encima, una piedrita en el zapato que de alguna manera me sorprendía a mi mismo al ver algo positivo en todo aquello. Llegué a casa en el silencio de la mañana y entré en la que fue el primer hogar que encontré, completamente vacío con algunas cajas o algún zapato que alguna vez perteneció a alguien llenaban el silencio de los pasillos y caminando entre el esqueleto de la antigua casa que parecía de otro, abrí la puerta del fondo donde mi amiga y dos mochileros israelíes que viajaban a Nueva Zelanda en unas horas, dormían en sus sacos sobre el suelo desnudo de la habitación donde pasábamos las noches hablando y viendo películas. Cerré la puerta con cierta ternura como el padre que despide a sus hijos antes de irse a dormir y volví sobre mis pasos a la terraza mágica en la que solo quedaba un sillón destrozado suficiente para sentarme y beber una cerveza con un cigarrillo y con un cierto sentimiento de tristeza parecía estar celebrando un poco de paz y equilibrio después de los días que me parecían semanas hasta que los ojos empezaron a cerrarse de puro cansancio.

Dormí y desperté al mediodía, me despedí de los israelíes y volví a dormir. Mi amiga me despertó con un beso y un abrazo que necesitaba y el sol alumbraba con dificultad tras los edificios. Nos vestimos y decidí que para que no nos inundara la soledad de una casa que estuvo tan llena podríamos ir a la playa, ver la puesta de sol y los pingüinos que habíamos oído volvían a la costa al atardecer. Llevamos las cámaras sin batería y paseamos como dos viejitos agarrados por la playa viendo al sol apagarse en el mar. El viento fuerte y con olor a sal nos frenaba a cada paso y caminando despacio preguntábamos a los pescadores por la calita donde aparecían los pingüinos. Hablábamos de lo que fue y hacíamos planes que nos animaban, nos reíamos de lo que parecía un cuento pasado, tan real como presente y despreocupados caminamos entre las rocas dónde en una pequeña franja de arena la gente esperaba sentada a que vinieran… Una señora nos mostraba por primera vez con la luz de una linterna una pareja de pingüinos que habían pasado por debajo del muelle y se habían resguardado entre las rocas para pasar la noche, señalábamos emocionados y con el sol ya desaparecido empezaron a llegar aun más a la calita donde caminaban como niños pequeños para esconderse en la rocas donde a veces se asomaban y salían dando saltitos paseando como estrellas de cine entre nosotros, tan cerca y natural como nunca antes había visto. También había una especia de marmotas que asomaban la cabeza nadando como perros hacia los lados y me gusto mucho el respeto que la gente tenía a los animales, simplemente observando y siendo observados como en un zoo sin jaulas, extrañados y sorprendidos de verlos tan cerca y a sus anchas, estuvimos hasta que la oscuridad de la noche no nos dejaba ver más que sus panzas blancas moverse entre los agujeros. Me pareció increíble saber que había pingüinos a 5 minutos de mi casa y haber visto los loros de la mañana me recordó porque había venido, y me dio fuerza para poder olvidar los días pasados y darme cuenta de que lo peor no era que hubiera desaparecido todo el imperio que me había costado un mes construir tan trabajoso en los principios, o la estabilidad tan difícil de encontrar cuando viajas a un lugar desconocido lamentándome por ser tan desafortunado…, si no la tristeza de saber que todos los planes tan cercanos que casi podía tocarlos estaban ahora un poco mas lejos y distorsionados. Ahora que todo ha cambiado me toca empezar de nuevo desde cero y aun así no puedo quejarme porque con la suerte en el culo, vi pingüinos en la playa…

jueves, 24 de febrero de 2011

La suerte en el culo y pingüinos en la playa...Primera parte

Hace semanas que no escribo y fue debido a que no tenía mucho que escribir. Mi vida fue pura rutina y trabajo, mucho trabajo. No quiere decir que no estaría disfrutando, pero dentro de la comodidad y la vida sin sobresaltos que ofrece la estabilidad. Tenía dos trabajos con los que en un mes haría el suficiente dinero para viajar sin preocupaciones el resto de mi viaje en Australia, había comprado la furgoneta y con una casa en la que no pagaba ningún tipo de renta, ahorraba todo el dinero que cada semana recibía.
Pero en uno se esos saltos que a veces da el tiempo sin previo aviso, desequilibró todo el imperio que había montado durante mi tiempo aquí, desbarató todos mis planes y mi suerte dio un vuelco de 360º, dejándome completamente con el culo al aire… Viajando te encuentras a veces en situaciones difíciles que debes afrontar por simple instinto de supervivencia, pero nunca antes, durante todos estos años cambió todo tan de repente y de una manera tan drástica. Hoy, Un mes y seis días en Melbourne desde mi llegada al país, me encuentro de nuevo como al principio, construyendo otra vez la base de la pirámide, comenzando de nuevo desde cero cuando pensé que mi suerte no podía ser mejor y cuando creía que ya estaba todo solucionado la vida te da una de esas tajantes lecciones en las que te das cuenta de que todo aquello que crees que tienes, todo aquello que crees que te pertenece y que todo aquello que crees que te identifica, a veces, puede desaparecer de repente dejándote solamente con lo principal y lo esencial, el epicentro de tu mundo: TÚ. Y sólo tú podrás fácilmente en la mayoría de los casos, reconstruir de nuevo ese montón de arena al que llamabas: “tu montaña”. Entonces cuando te encuentras sin nada que proteger o sin nada a que agarrarte al otro lado del planeta y prácticamente solo, tienes dos opciones: o te derrumbas en las profundidades de tu desgracia o te ríes… Y como derrumbarte nunca soluciona tus problemas y el espíritu del ser humano, en parte animal, es lo suficientemente fuerte y duro como para seguir sobreviviendo en ese camino recto y hacia delante de la vida, te ríes. Y días atrás como en una lectura del subconsciente recordé un proverbio tibetano que dice:
“Si el problema tiene solución preocuparse no vale la pena. Y si no tiene solución, preocuparse no vale”.
Así que decidí no preocuparme, pero no pude evitar sentirme triste e impotente ante la situación incomprensible y el golpe que el destino que me había dado con fuerza. Días después me dí cuenta que todo aquello formaba parte del viaje, que era parte de la experiencia y pude oír a alguien diciéndome: No te confíes, y no te olvides que detrás de la estrella que tienes en el culo, se encuentra el agujero…

En estos momentos me encuentro durmiendo en la furgoneta con mi compañera portuguesa, nos duchamos en las duchas de la playa, nos aseamos en los baños públicos, lavamos la ropa en las lavandería, comemos en un restaurante indio en el que solo piden la voluntad, cernamos en el trabajo y por las noches quedamos con los amigos o leemos a la luz de las farolas compartiendo cigarrillos y conversaciones, nos reímos, no tenemos nada, pero tampoco necesitamos nada, y volvemos a reírnos…
Me imagino lo difícil que resultará a la gente con la que crecí imaginarse en esta situación, y les veo girando la cabeza y pensando: está loco… y es totalmente comprensible no entender como una persona sin necesidad alguna elige enfrentarse a este tipo de situaciones, o por qué decide por voluntad propia, vivir fuera de la comodidad de su hogar, y no puedo dejar de imaginar a mi madre volviéndose loca y pensando por qué su hijo le salio rana. Y la verdad que no tengo una respuesta concreta, ni podría explicar con exactitud a ésa pregunta, como tampoco puedo concebir la vida vivida de otra manera que no sea ésta, tampoco me gustaría renunciar a ninguno de los momentos vividos aunque a veces te enfrentes a situaciones realmente jodidas. Y es porque realmente todo, y especialmente los momentos más difíciles son una fuente inagotable de experiencia, una escuela progresiva e interminable que cada día te pone a prueba y te regala momentos únicos que recordarás toda la vida, momentos que aunque sin casa, ni coche, ni trabajo, llevaras siempre contigo hasta el fin de los días, y es eso para mí la esencia de todo, lo realmente importante… Pues al fin, eres tú y solo tú lo que siempre queda.

martes, 1 de febrero de 2011

"Erase una vez en Australia..."

El clima es cálido y el cielo es de un suave color azul. Mi ropa se agita con el suave viento que a veces surge de la nada. Me encuentro sentado en un viejo sofá de mi terraza bajo unas escaleras de madera que suben a la segunda planta con los pies sobre la mesa, llena de velas y ceniceros. Hay una sucia alfombra en el suelo y donde acaba empieza el jardín comunitario rodeado por una vaya de madera. No estoy seguro de cuanto tiempo llevo aquí. Parece toda una vida y sin embargo los días pasan fugaces sin fechas ni horas. Vivo en un piso abandonado casi desde que llegué, justo al lado de mis amigos, y las dos puertas traseras conectan a la terraza de las que os he hablado. El piso tiene gas y agua y por las noches nos alumbramos con velas. Al principio vivíamos un poco con la tensión de que nos “pillaran”, pero lo sentimos ya como un hogar y aunque el riesgo aún existe, estamos mas a gusto y tranquilos. El piso está perfecto; con baño, cocina, agua caliente, esta limpio, tiene cubertería… Todo lo que necesitamos, hace muy poco que los antiguos inquilinos lo dejaron, pero si se enteraran que estamos aquí podríamos tener problemas. Pero mis amigos y vecinos dicen que van a tirar el edificio abajo para reconstruirlo de nuevo en menos de un mes y que nadie viene por aquí, que es prácticamente seguro. El piso lo comparto con mi amiga de Portugal.

De derecha a izquierda: La pareja alemana-portugués, mi amigo de Melbourne y mi compañera de habitación portuguesa.

Hace alrededor de una semana, al segundo día de llegar al piso, mis amigos se fueron a un festival a unas horas de Melbourne y me quedé solo buscando trabajo, y la verdad que al principio me daba un poco de miedo por la noche, sin luz ni vecinos, y en un piso tan grande, pero me acostumbre y me quedaba dormido fácilmente aunque a veces me despertaba si oía algún ruido por la tensión de los primeros días. Pensaba, en cómo escapar con todas mis cosas por la ventana si alguien llamaba a la puerta y sin dejar ninguna señal que me identificara o diferentes excusas para salir inmune de la situación. Hay algunos pisos “okupa” en la zona, pero hay que estar preparados por si acaso… Ahora estamos buscando otro piso para alquilar entre todos, porque la renta es muy alta en la ciudad.

He encontrado un trabajo a unos 30 minutos caminando desde mi casa en un restaurante mejicano. Al tercer o cuarto día de llegar y en el segundo lugar que preguntaba. Parece que la suerte me acompaña todavía. Algunos de mis compañeros todavía no han tenido esa suerte… Al principio lavaba los platos o ayudaba en la cocina algunos días durante la semana, ahora estoy de camarero y trabajo todos los días. Me tratan muy bien y comparado con los sueldos del país no esta muy bien pagado, pero es mucho más de lo que ganaría en España.
¡O sea, en menos de dos semanas; tengo una pedazo de casa “gratis” al lado de la playa, un trabajo cerca de casa que me gusta en el que además me dan de comer y unos buenos amigos! ¡Que más puedo pedir!

El segundo día de llegar recuerdo, me desperté con el sol entrando por entre las persianas del salón. Mi amiga portuguesa y actual compañera de piso dormía sobre el sofá, y yo sobre el suelo en mi saco de dormir, por fin me sentía descansado desde hacía días y mis emociones estaban más equilibradas, pero aún estaba muy excitado por estar aquí. No sé que hora era, pero demasiado pronto creo, porque todo el mundo seguía durmiendo. Me levanté, me duché, me afeité y fumé un cigarrillo en silencio, disfrutando del momento y sintiéndome realmente afortunado por todo lo que había vivido y lo que me esperaba.
Llamaron a la puerta, la chica alemana y el chico portugués que estaban viajando por el país desde hacía unos meses y habían recogido a mi amiga en el aeropuerto el día anterior vivían ahora en una furgoneta en frente de la casa, despertaron a todos y nos hicieron el desayuno, no comía desde la mañana del día anterior.


Salí a fumarme otro cigarrillo fuera para ver la ciudad por primera vez con la luz del día. La primera mañana en Australia. El barrio era muy tranquilo, carreteras anchas rodeadas de árboles y verde con hileras de pequeñas casas de estilo victoriano a los lados cada una con su parcela. No eras como me imaginaba, al ser una ciudad grande creí que sería puro rascacielos con el ritmo frenético de éstas. Pero donde yo estaba solo había alguna persona paseando a su perro o repartiendo los periódicos en bici… Al fondo de la calle si se veía, algunos grandes edificios donde se encuentra el centro de la ciudad. Me apoyé en un semáforo y disfruté de la escena mientras me acababa el cigarro.

Salimos juntos a pasear y vimos los parques, las tiendas de segunda mano, las famosas pequeñas y modernas cafeterías de la ciudad con sus terracitas, y las típicas “tascas” de madera. De vez en cuando los viejos tranvías que cruzaban las calles y el conjunto en sí me recordaban bastante a Ámsterdam. No podía quitarme la sonrisa de la cara. La gente caminaba relajadamente o paseando en bicicleta entre los rascacielos. No estaba muy masificado aún estando en el centro. Tomamos café y vimos unos chicos haciendo un espectáculo en la calle. Después fuimos a otro bar y tomamos unas cervezas. Fui a comprar tabaco de liar… ¡23€! Y una tarjeta para el móvil. Después seguimos bebiendo el resto de la noche, filosofando y riéndonos, conociéndonos. No habíamos comido nada en todo el día y estábamos completamente borrachos. Nos colamos en el metro y volvimos a casa. Era media noche y me quedé dormido. Me desperté al de un rato y cené. De repente cuando todos estábamos tranquilamente en los sofás y con el estómago lleno, dos compañeros de la chica de la casa aparecieron muy borrachos y así seguimos hasta las 3 ó 4 de la mañana, no recuerdo…

A la mañana siguiente, no se que hora era, despertamos y fui con la novia de mi amigo a por café. Nos perdimos y volvimos sin café. Después bajamos al centro para ir a la biblioteca a imprimir algunos curriculums e intentar buscar un piso para esa noche.
Fuimos a comer buscando un restaurante vegetarianos que vimos el día anterior hasta que lo encontramos y resultó ser de la secta “Hare Krishna”. Era buffet libre por 5$. Comimos entré cánticos que sonaban en los altavoces y mi amigo de Melbourne llamó y vino. Hablamos durante un rato mientras acabábamos de comer y le contamos la noche anterior. Nos fuimos cuando se pusieron a saltar y a bailar y nos intentaban convencer para que nos quedáramos. Nos separamos, la pareja volvió a por la furgoneta y nosotros a la biblioteca. Pasaron a recogernos pero no estábamos preparados así que se fueron y al terminar fuimos en metro hacia la playa a probar suerte. Paramos y me gusto mucho ver por primera vez el océano australiano, la humedad, el olor y la brisa del mar. Todo era bastante diferente de dónde habíamos pasado las últimas noches. Tenía un toque californiano como en las series de televisión. A mi izquierda un restaurante español. Les pregunté en inglés y me respondieron es español con acento catalán. Nos aconsejaron algunos sitios, conocimos al dueño que lo sentía por tener la plantilla completa y nos dijo de otro par de lugares más. Seguimos las indicaciones por el paseo marítimo y dimos un par de curriculums. Mi amiga estaba un poco negativa, porque no tenía casi dinero, ni casa, ni trabajo. Le dije que me sentía bien y que tendríamos suerte. Seguimos andando entre las heladerías, los restaurantes y un viejo parque de atracciones cerca de la playa. Entre en un bar que me llamó la atención, y las chicas muy simpáticas me dijeron que volviera al día siguiente. No teníamos ni idea de dónde estábamos e intentamos buscar a ciegas a nuestros amigos que estaban en la zona en casa de otros amigos. Mi amiga recordaba la casa y yo le respondí que aquello era enorme, que nunca la encontraríamos a no ser que les llamáramos, y hablando miró a la derecha y se rió: ¡Es ésta!, en todo momento durante la discusión habíamos estado justo al lado de la casa e increíblemente estábamos allí. Entramos, les saludamos y conocimos al chico alemán y la chica germanoamericanaustraliana, que eran los inquilinos de la casa. Nos invitaron a cenar. Hablamos de nuestros planes y visitamos una casa que estaba cerca en unas bicicletas que nos dejaron. La de mi amiga no tenía asiento y tenía que sentarse sobre un cojín que tenía detrás y además era muy baja, parecía que conducía una Harley, estaba muy graciosa y me reía cada vez que la miraba. A la mía se le salía la cadena cada 5 minutos y el sillín se movía para todos los lados. Pues con nuestro mapa improvisado llegamos a la casa, pero ya era de noche y estaba muy oscuro y no veíamos el número. Al fin lo encontramos. Era una casa muy grande y la puerta de atrás estaba entre abierta y oíamos ruidos. Llamamos y alguien nos invitó a pasar. Un chico nos acompañó y nos enseño la casa que era como un albergue, todos compartían habitación, cada uno de una punta del mundo y vivían cerca de 20 personas allí, todos parecían muy simpáticos. Mi amiga no estaba muy convencida, pero a mí me encantó. Lo tomamos como una opción. Cogimos nuestros vehículos moribundos y volvimos con nuestros amigos. Mientras cenábamos les contamos lo de la casa. Cenamos en la terraza. Hacía un aire fresco muy agradable que te ponía la piel de gallina y vimos un extraño animal típico de Australia, parecido a la zarigüeya que andaba por encima de la valla. Se rieron porque me sobresalté mucho al verlo y ellos acostumbrados al animal me decían que era como una “rata”. Les dije que tenían mucha suerte de vivir allí, en aquel lugar, al lado de la playa, con su jardincito… Ellos, enamorados de la casa, lo afirmaron, y nos decían que el precio era tan barato debido a que tirarían la casa en un mes para remodelarla de nuevo.
Cuando nos íbamos para la otra casa a pasar nuestra última noche, salieron detrás nuestro los inquilinos de ésta última y nos hablaron de que debido a que la tirarían abajo, gran parte del edificio estaba vacío desde hacía unas semanas, pero que los pisos estaban en el mismo estado que el suyo, nadie pasaba ya por allí y no había prácticamente vecinos, la casa tenía dos puertas frontales y otras dos traseras que conectaban en la terraza y por donde podríamos entrar en ella, y que si no hacíamos mucho ruido y nos comportábamos con cautela, podríamos vivir en el piso vecino hasta entonces… Nos alegramos mucho y hablamos entre risas de la idea de ocupar una casa en Melbourne. Mi amiga estaba más contenta. Llegamos a casa y escribí durante horas el texto anterior: “Australia”. Todo había sido muy extraño y la intensidad de los primeros días me había alterado los sentidos y las emociones, todo estaba saliendo sorprendentemente bien, el comienzo había sido muy positivo. Por último salí fuera en el silencio de la noche para ver las estrellas y me dormí de nuevo plácidamente en mi saco sobre el suelo.

La última mañana que pasamos en es casa, nos despertamos y vimos que la casa estaba vacía y que habían ido a trabajar, mi amiga y yo recogimos nuestras cosas y dejamos una nota dándoles las gracias por todo. Salimos y fuimos en la furgoneta cruzando de nuevo la ciudad para ver la casa que estaba vacía. Entramos por una de las ventanas procurando que nadie nos viera, abrimos la puerta trasera y entramos. Comprobamos que la casa estaba en muy buenas condiciones y recién desocupada ¡Tenía todo lo que necesitábamos! ¡Era perfecta! Nos abrazamos y volvimos a la furgoneta a por nuestras cosas poniéndolas en la casa de nuestros amigos-vecinos por precaución. Hablamos de ir a buscar trabajo, pero acabamos yéndonos a la playa. Vino mi amigo de Melbourne y allí pasamos el día, él, yo y mi amiga. El resto se fueron a un festival a unas horas de aquí y los vecinos que acabamos de conocer nos dieron la llave de su casa para entrar cuando quisiéramos si necesitábamos algo, te das cuenta y te sorprendes de lo poco acostumbrado que estamos a encontrarnos personas que son desinteresadamente amables. Volvimos y le enseñamos la a nuestro amigo. Después nos sentamos fuera y acabamos por ir al supermercado a por comida y vino para celebrar nuestra suerte. Compramos más de lo que podíamos llevar y formamos una cola considerable, intentando meterlo todo en las bolsas de manera que pudiéramos llevarlo. Intercambiando las bolsas que pesaban “un quintal” entre los tres, llegamos e hicimos la cena en nuestra nueva casa, que acabó siendo espagueti con tomate con vino del país en la terraza que soñábamos la noche anterior.
Nos fuimos a dormir y mi amiga a su casa, pusimos velas y música y dormimos con nuestros sacos sobre uno de los colchones en una de las habitaciones.

Al día siguiente mi amiga también se fue al festival después de desayunar y no volverían hasta dentro de 3 ò 4 días. Así que acabé por quedarme solo en la casa, y fue bastante extraño después de los días anteriores rodeado de gente a todas horas y por la noche sin luz, la verdad que me daba miedo la idea de dormir allí solo, mi amigo me llamó y nos reímos. Cogí mi mochila y salí a buscar trabajo. Me hablaron de un restaurante “vasco” en una calle cercana y decidí ir a probar suerte. Fui a la biblioteca, imprimí más curriculums y salí a buscar. Era una calle llena de cafeterías y restaurantes. Probé en un restaurante español y crucé la cera donde había otro restaurante mejicano.
- ¡Hi! He visto el cartel en la puerta y me preguntaba si necesitabais a alguien más para trabajar…
- ¿Si!
- Si, he trabajado muchos años en hostelería y tengo bastante experiencia…
- ¿De dónde eres?... ¡Ah! ¡Español! ¿Y cuando estás disponible?
- ¡Esta noche si quieres!
- Bien, pues vete a casa, te cambias y vuelves. Te probamos y si no sirves te mandamos de vuelta para España…
Nos reímos y nos dimos la mano. Seguí probando por la calle muy contento y con la seguridad de tener ya un trabajo. Quería llamar a todos para contárselo. Vi el restaurante vasco y también probé allí.
Volví a casa. Otros 30 minutos caminando. Me cambié. Otros 30 minutos. Y empecé a trabajar. Todos fueron muy buenos conmigo y el trabajo es bastante relajado. Salí y tomé una cerveza con uno de los compañeros que era venezolano, mis otras compañeras son colombianas y una chica francesa, en la cocina son todos indios y me río mucho con ellos. Llegué a casa y fumé un cigarrillo en la terraza alumbrado por una vela y me fui a la cama. Dormí muy tranquilo. El miedo había desaparecido.

La segunda mañana que estuve solo, oí algunos ruidos y me asusté un poco, por si venía la policía o el dueño de la casa.
En los días posteriores, una amiga me visitó y me hizo unas galletas. Conocí una chica Escocesa muy simpática que había vivido dos años en Barcelona.
Fui a la playa y paseaba para conocer la zona.
Mis amigos volvieron del festival y me alegre mucho. Pasamos los días juntos, haciendo cena, viendo películas o yendo a la playa…
Han subido las temperaturas y hace mucho calor.
Todos buscan ahora trabajo y estamos también buscando un piso para ir a vivir juntos.
En el trabajo estoy muy contento y no hago muchas horas. Me llevo muy bien especialmente con una de mis compañeras, que me ha encontrado otro trabajo en una de las mejores discotecas de Melbourne, que puedo alternar con el restaurante, en la que trabajo los fines de semana y con el que gano mucho dinero. A veces la espero y hablamos hasta que acaba de trabajar. Tiene un novio en Colombia y quiere casarse en un año. El miércoles vamos a hacer una paella.
La discoteca me recuerda a Ibiza…
Ayer compramos dos bicicletas, una para mí y otra para mi amiga, que han convertido los 30 minutos caminando en 15.
Mi amigo portugués tiene que dejar el país porque su visa se le ha acabado y no se la renuevan. Se va a Indonesia, ¡y yo me quedo con su furgoneta! Es muy viejita y tiene cama, cocina, mesas, seguro, asistencia en carretera… ¡preparada para viajar! Estamos pensando bajar con ella a Tasmania para recoger fruta en cuando tengamos un poco más de dinero. Todo va sobre la marcha, todo viene por sí solo y las cosas pasan por sorpresa cada día sin necesidad de buscar, simplemente deseándolo y esperando a que ocurran.

Ya son dos semanas en Australia. Y aunque me he acostumbrado de estar aquí no puedo dejar de creer en lo increíble que es la vida, en dónde estoy y en la suerte que tengo… Los días pasan muy rápido y recuerdo una de las mañanas en las que estaba solo sobre mi cama, recién despertado. Recordaba los años que llevo viajando. Miraba hacia atrás y veía todas las caras, los lugares, los comienzos, las vueltas a casa y cuando les contaba a todos las historias, la gente que a veces me acompañó, los momentos inolvidables y los no tan buenos… No se como explicarlo y creo que es ese sentimiento inexplicable el que me hace sentirme tan feliz…

sábado, 22 de enero de 2011

"Australia..."

Ahora no os puedo hablar de Malasia, quiero decir, que lo disfruté mucho, es una ciudad muy multicultural, con templos chinos; mezquitas, templos hindús, budistas… todos juntos, uno frente al otro como si fuera “normal” vivir en diferentes realidades. Es increíble el respeto que tienen unos de otros viendo el mundo desde puntos de vista totalmente diferentes y aun así viendo un mundo solo en el que todos pensamos de diferente manera, pero todos nacemos de una madre, crecemos, intentamos sobrevivir y buscar el mejor camino posible para ser felices.

Hoy es creo, mi quinto día en Melbourne y esto lo escribí la segunda noche de estar aquí:

¡Estoy en Australia! Quiero gritarlo a cada minuto, estoy muy emocionado, es como un sueño estar aquí, todo me parece cercano, es decir, es una cultura y un estilo de vida muy parecido del que yo provengo, pero aun así, es muy diferente, huele diferente, el idioma es un extraño acento mezclado con un carácter campechano e isleño, sonrientes y simpáticos, gente que parece vivir en un lugar y una vida que realmente les gusta. Y realmente tienen una vida fácil, no hay prácticamente parados, la vida es un poco más cara comparada con Barcelona y cualquiera gana mínimo entre 10 y 20 € la hora, sumando claro está que viven en unos de los lugares mas increíbles de la tierra con un clima muy agradable en el sur, y tropical en el norte donde en invierno hace 30º.

Desde que he llegado no he dejado de oír cosas increíbles: paisajes surrealistas, animales únicos y tan cerca que puedes tocarlos, desiertos que tardarías 3 días en cruzarlos por una única carretera, donde si tienes algún problema con el coche puedes estar durante días hasta que algún otro casualmente pase por allí, perdido como un naufrago en una isla de arena. El mejor lugar del mundo, dicen, para ver las estrellas.
Árboles milenarios y cocodrilos. Tiburones, focas, canguros, koalas, ornitorrincos… La gente conoce a estos animales como nosotros aceptamos a la vaca o el águila como un animal cotidiano que todo el mundo hemos visto y aceptado como parte de nuestro entorno.

Estoy al otro lado del planeta y se siente. Sientes algo que te resulta desconocido en la atmósfera, hueles un olor exótico y el cielo es de un color similar al que conoces, pero no deja de parecerte nuevo.
No puedo creer todavía que ya esté aquí, que haya paseado y reído en un lugar que parecía tan lejano como inconcebible.

Llegué sobre las 12 de la noche después de 10 horas más desde Malasia. Hacía días que no había dormido prácticamente nada. Pero el corazón me latía como el de un niño en navidad que sabe que un regalo le espera al despertarse y la noche parece eterna pero a la vez la disfrutas, porque sabes que cuando pase sabrás lo que había dentro del envoltorio, duermes plácidamente, con el paso de las horas y a la vez excitado por lo mágico del momento.

Miraba por la ventanilla del avión, sentado al lado de dos estudiantes indias, que había visto anteriormente en el aeropuerto de Kuala Lumpur. Estudiaban en Melbourne y todo el rato me repetían lo mucho que iba a gustarme esta ciudad, lo especial que era…
Cuando descendíamos para aterrizar, entre las nubes comencé a ver las luces de la costa que formaban una línea sobre la oscuridad marcando el punto sur de la gigante isla donde se encontraba la primera tierra que pisaría del continente oceánico, la primera ciudad de la cara opuesta del lugar en el que crecí.

Aterrizamos y estaba nervioso porque cabía la posibilidad de que inmigración me deportara de nuevo a mi país bajo sospecha. De que me interrogaran sobre mis propósitos en el país y por alguna razón creyeran que pondría en peligro de alguna forma la estabilidad de éste. Nada malo supongo, pero ilegal para algunos poderosos que deciden sobre la humanidad y abren las puertas de una tierra robada como si fueran dueños de ella porque le han puesto nombre, que ya existía antes de que ellos nacieran, desde el principio de los tiempos. Decidiendo artificialmente si eres una persona apta para pisarla. Esto me hace darme cuenta, con un dinero en el bolsillo, de lo que puede llegar a sentir cualquiera de los muchos inmigrantes que prueban suerte en una tierra desconocida poniéndose en manos de unos racistas y nacionalistas que creen que somos desconocidos o diferentes a las personas que les rodean, simplemente por ser flores de diferentes raíces.

Cuando me dejaron pasar la aduana sin preguntas me inundó una emoción que no podía aguantarme y quizá también por el cansancio, unas ganas enormes de llorar de alegría y decir a todo el mundo: ¡Ya estoy aquí! ¡Después de todo he llegado! Parece muy exagerado, pero cualquier persona que alguna vez en su vida haya metido la casa en una mochila, y por alguna razón a decidido dejar la seguridad de un hogar y un entorno para vivir la experiencia de comenzar desde cero en un lugar que nunca ha visto antes y prácticamente desconocido, un dinero limitado, la aventura de viajar a un lugar de los que oías en las películas como el escenario de un cuento, sabe la explosión de vida que se siente.
Pasé por los pasillos y los rigurosos controles del aeropuerto mirando como un niño las fotos de los paisajes y animales que algún día podría llegar a tocar , me paraba delante de ellos con la boca abierta y me repetía una y otra vez lo increíble que me resultaba saber que estaba allí.
Salí fuera con mis mochilas y no sabía que mi amigo que conocí en Granada me estaba esperando, me alegré mucho de verle y de saber que no iba a estar solo y perdido a la una de la mañana en una ciudad enorme intentando encontrar la casa de mi amiga. Esto no es España, a la 1 de la mañana la gente está durmiendo y las calles completamente vacías. Le abracé y nos comportamos avergonzados y conscientes de lo extraño que era poder estar en el país del otro, conocer físicamente los lugares que me contaba como si fueran las fotos de unas vacaciones.
Le conté todo lo que pasó los últimos meses desde la última vez que le vi. El me contó lo que pasó los últimos meses desde la última vez que me vio. Y recordamos añorando los momentos que formaban ya parte de un pasado que recordamos con cariño.

Me encanta como me siento cuando viajo, cuando llego a mi destino, el sentimiento que me recorre el cuerpo.
Encontramos el número de la casa, me bajé del coche y cuando vi el número del piso, miré por la persiana de la ventana contigua y vi sus caras conocidas. Golpeé la ventana y nos pusimos muy contentos de vernos, volví a por mis mochilas e invité a mi amigo para que las conociera. Las abracé, una de ellas acababa de llegar de Indonesia para quedarse también unos meses y veía su sonrisa y el gesto de su cara que era como el mío, sabía que estaba igual de emocionada que yo.
Hablamos hasta las 4 de la mañana, conocí a otras 3 personas y me sentí como en casa desde el primer momento, nos reímos y actuamos como si nos conociéramos de siempre, fue realmente bueno sentir ese tipo de conexión en tus primeras horas en un lugar del que no tenía ni idea y conocer a gente que llevaba durante meses viajando por el país, comenzando exactamente desde mi punto de partida, escuchando boquiabierto sobre un viaje en el que yo acababa de comenzar.

Mi mente estaba despierta, pero mi cuerpo estaba exhausto. Dormí en mi saco sobre el suelo de salón como no había dormido por mucho tiempo soñando que un niño despertó el día de navidad y vio después de esperar toda la noche, por primera vez lo que había dentro del envoltorio de su regalo.

Ahora me voy a dormir otra vez, pero tenía que escribir y contaros por primera vez, exactamente en el momento, que es lo que se siente cuando intento hablaros de lo mágico que es disfrutar así de la vida.
Aunque hayan pasado varios días todavía no he conseguido despertarme del todo. Escribiré pronto todo lo que han pasado los últimos días, que ha sido mucho. Pero actualmente mi amiga de Portugal y yo vivimos en una casa ocupada, que es increíble, ya pondré algunas fotos, a cinco minutos de la playa en el piso de los amigos de nuestros amigos. Así que no pagamos alojamiento, haremos algo de dinero durente un mes cerca de la playa hasta que podamos comprar una furgoneta en la que viviremos y viajaremos los próximos meses que estemos en Australia, y así poder vivir y contaros los cuentos que he escuchado.

viernes, 21 de enero de 2011

"Londres desde Malasia"

Llueve a mares, pero hace mucho calor, es la época de lluvias. Segundo día en Malasia y aún no me recuperado del todo, a las 4 de la mañana ya estaba despierto. Hay un 82% de humedad y un cambio de 7 horas de diferencia, así que no pude volver a pegar ojo. Estaba en calzoncillos sobre una litera cubierta por una vieja sábana marrón. Al lado de la ventana y sin ventilador. En una habitación compartida en “Chinatown” por 3€, que puedo pedir…, pero sobre las 7 de la mañana, después de dar vueltas sobre la cama, medio dormido-medio despierto, levanté la cabeza y vi a través de la ventana como los primeros rayos de sol teñían con el color del amanecer el edificio de en frente… Había dormido 3 horas y después de 12 horas de viaje y casi 3 noches sin dormir estaba exhausto, pero mirando por la ventana me di cuenta de que no me hubiera gustado estar en otro sitio que no fuera aquél. Había amanecido en Kuala Lumpur…

Cuando estaba en el avión a punto de despegar para Londres dos días antes, la mujer que había visto antes en la cola de pasajeros, la cual me resultó algo extraña, por supuesto, se acabó sentando a mi lado. Me hablo de muchísimas cosas de las que ahora no recuerdo ninguna. Era una mujer inglesa con una melenita blanca, ojos claros, un gorro de colorines, muy sonriente y un perfecto acento español. La otra mujer que estaba al otro lado se hacía la dormida, así que entre los cajones de “Ryanair”, un día lleno de emociones, y los nervios del viaje en el que ya estaba embarcado, aquella mujer no me dejaba de hablar… era muy simpática y no merecía que la mandara callar, la verdad que era muy agradable, pero en ese momento solo me apetecía mirar por la ventanilla y ver las luces del cielo en la tierra. Le decía que si a todo, intenté leer, pero nada… Opté por imitar a mi compañera, me hice el dormido.

Llegué a Londres y la hierba de la pista de aterrizaje estaba cubierta de hielo. Baje del avión, pasé el control de aduanas, cogí mi maleta y después salí afuera para coger el autobús que había reservado para ir al centro. Y ahí estaba, sentado, esperando al autobús y comiéndome el bocadillo de “Pisto a la bilbaína” que me había sobrado del mediodía entre toda aquella gente que como yo iba a alguna parte. Con todos mis respetos a todos mis amigos y amigas de londinenses, definitivamente, Londres no es mi lugar para vivir…

Bueno, contaré mi día y medio en la ciudad al ritmo en el que todo me pareció que sucedió.
Cogí el autobús y llegué a la parte oeste de la ciudad, “Finchley road”. Llovía y hacía frío. Llevaba una mochila delante y otra detrás de unos 20 Kg. en total y una hoja del “Google maps”, de cómo llegar a la casa de mi amiga desde la parada de autobús, la seguí. Después me di cuenta que el mapa era desde la parada de autobús de el otro lado de la calle, así que me fui por el lado contrario. Retrocedí. Las calles estaban vacías y eran como las 11 de la noche. Casas con jardín me acompañaban por todos los lados como el capítulo de los Simpson en el que el decorado se repite continuamente. Llegué a la casa y comprobé el número. Mi amiga estaba en Granada así que iba a dormir con su familia que no conocía prácticamente de nada. Un poco nervioso llamé al timbre.
- ¿Yes?
- ¡Hola! ¡Soy Endika el amigo de Katie…!
- ¿Quién?
- ¡Endika! ¡El amigo de Katie! ¿Es este el número … de la calle …?
- Si. Njcvrbvkcsnkcjncnkdwnc
- ¡Lo siento! ¡No oigo! ¡Se oye muy bajo!
- Eybcbcxbsbhcebcbch
- ¡No puedo oír!...
Se abre la puerta y su hermana me recibe con un abrazo, el perro viene y me saluda también, el papá espera en la puerta sonriendo. La hermana habla perfecto español, casi parece nativa. Me reciben con una bienvenida y es agradable ver sonreír a alguien de nuevo, El perro se parece al mío en negro y más pequeño, echo de menos a Goa. La hermana me presenta a su amiga, muy sexy. La mama aparece a la derecha y me saluda muy alegre. Nos damos la mano. Dejo mis mochilas sobre el suelo y rodeado en la entrada de la casa me siento muy a gusto y adquiero la posición del “botijo”, las dos manos cerradas y a la altura de la pelvis. Me da un poco de vergüenza. Me preguntan sobre el viaje y me dicen que no recordaban que venía, por eso el malentendido en la entrada. Me enseñan la habitación donde voy a dormir que es la de mi amiga. Me acompañan a la habitación la mamá, la hermana y la amiga de la hermana. Nos sentamos sobre el suelo y hablamos sobre el viaje que me espera, mi familia, mis amigos, España… Son muy simpáticos. Llevo mucho tiempo sin hablar inglés y me cuesta cogerles, a veces la hermana me habla en español, porque creo que se a dado cuenta de que no dejo de sonreír y mirarles como en un partido de tenis. Tomamos té. Les comento mis planes sobre visitar la ciudad de mañana y que me gustaría ver algunos museos. Me invitan a la cocina donde el padre está tocando la guitarra acústica y recuerdo que no pude traer la mía, la madre me presta una revista sobre las últimas exposiciones en la ciudad. La noche anterior no pude casi dormir pero el ambiente es muy agradable. Me resulta difícil creer que por la mañana estuviera comiendo en Santurtzi con mis padres y ahora estaba tomando té en la cocina, de una casa, en un barrio de Londres con unos desconocidos desde hacía prácticamente unos 15 minutos. Me sentía afortunado. Nos sentamos alrededor de la mesa y tomamos más té. El padre sigue tocando, yo le hablo del dinero que me hubiera costado traer la mía, me pregunta si sé tocar y le digo que estaba aprendiendo y él toca el principio de “wonderworld” de “Oasis” con la impresionante facilidad de que aquellos que tienen un talento musical. Después la hermana me habla de que mañana tiene el examen práctico del carnet de conducir, esta muy nerviosa. Yo le respondo que no se preocupe, que le traigo suerte desde España y sé que aprobará. Seguimos hablando y la amiga me habla de filosofía y matemáticas y de su conexión entre ellas, yo no estoy totalmente de acuerdo. Estamos cansados y nos vamos a la cama, nos despedimos. Quedamos para mañana y así poder recoger mis mochilas antes de irme. Ha sido un día largo e intenso y no dejo de pensar en lo que fue, es y será. Me acuesto y escribo un mensaje a mi amiga diciéndole lo cómoda que me parece su cama. Me duermo leyendo: “Cien años de soledad” de García Márquez…

Estoy durante toda la noche despertándome y durmiéndome con la continua sensación de no saber si estoy despierto o dormido, mezclando los sueños con la realidad, me parece estar viviendo en un cuadro de Dalí.

Es por la mañana, suena mi despertador a las 8.30, me levanto a las 9. Me visto con la idea de ir a desayunar fuera. La casa parece estar vacía, pero de repente la madre aparece y nos damos los buenos días. Me dice que se va pero me invita a tomar café en la cocina con la hermana y me pide por favor que “no deje salir al perro de la cocina”. El perro también me da los buenos días. He dormido fatal y me siento algo mareado, necesito el café. Aparece la hermana y me dice lo nerviosa que está. Hablamos e intento tranquilizarla, y me pregunta mis planes, y me recomienda bajarme en el centro y visitar algunos sitios como el museo de arte moderno. El padre nos saluda y se despide. Juego con el perro. La hermana y yo salimos de la cocina y los dos nos vamos a nuestras habitaciones a terminar de vestirnos. El perro ha ido a mi habitación, ha salido de la cocina, ¡mierda! Intento agarrarlo, pero se escapa con un peluche en la boca. La hermana no está y el perro da vueltas alrededor de la mesa, y yo detrás de él. Veo al padre en el jardín y dejo de dar vueltas alrededor de la mesa como si fuera gilipollas. Intento hacer que venga hacia mí, pero es imposible. El padre se va, y sigo dando vueltas alrededor de la mesa durante varios minutos detrás del perro intentando diferentes trucos sin ningún resultado. Se le cae el peluche y lo cojo, estoy en ventaja. Le intento llamar con el peluche y él me ladra, pero no se acerca. Entra la hermana y me ve en el suelo con el peluche en la mano. Le digo que el perro salió de la cocina y estoy intentando meterlo de vuelta, ve el peluche que debía de ser su infancia y se lo devuelvo, ella se lo lleva a su cuarto, le digo que el perro lo cogió de la habitación, que yo no se lo había dado. El perro pasa por entre mis piernas y se mete en la cocina…

Salimos de la casa habiéndonos apostado una cerveza, ella me invitaba si aprobaba, sino yo le invitaría. Yo le respondí que iba a ser ella quien me pagaría la cerveza y le desee suerte. El coche le esperaba en la calle y ella me avisó que fuera en la otra dirección que es donde estaba el metro.
Pasee por primera vez solo en Londres, Había poca gente en la calle. Yo me entretenía comparando los precios y viendo Londres de día. No hacía mucho frío y aunque me sentía bastante cansado me gustaba estar ahí. Compré un bono por un día para el metro. Bajé las escaleras. Todos miraban de una forma casi automática y en silencio en dirección a su vía, yo les miraba a ellos y recordé el libro de Oscar Wilde: “1984”, y pensé que no era muy diferente a esto. Nos metimos en el tren y dentro se adquirían tres posiciones: la del “hombre de cera” con la mirada perdida, mirando hacia debajo de una manera que era difícil diferenciar si estaba dormido o despierto, o jugando con los aparatos electrónicos levantando la cabeza en intervalos de micro-segundos comprobando que en el mundo real no se pasaban su parada. Llegué al centro y salimos en carrera hacia la salida, corrían hacia las escaleras donde ponía: “por favor, póngase a la derecha”, porque por la parte izquierda había gente que las subía corriendo y de dos en dos y me pregunté si sería alguna especie de concurso. Escaleras mecánicas repletas de gente por todos los lados y a la salida la maravillosa estampa de unos policías con unos rifles mirando hacia nosotros y por alguna extraña razón y por primera vez aquel día, en este caso ellos, hablaban y se reían, pensé que se podría llegar a un punto en el que te acostumbres a situarte en uniforme, cruzándote con miles de personas a diario, vigilante y con la tensión de saber que tienes algo en la manos que podría matar a muchísimas de aquellas personas en un momento de tensión en el que quizás llegues a usarlo y aun así tener ganas de reírse. Volví a pensar en el libro de “Wilde”.
Por fin salía de la estación y una torre tapada por el techo de ésta se hacía cada vez más grande mientras caminaba hasta asomarse del todo enseñándome imponente su enorme reloj y su tejado decorado con objetos dorados. El Big Ben y el edificio del parlamento. La ciudad de Londres me daba la bienvenida. Caminé hacia la izquierda en dirección del río. Algunos turistas sacaban fotos y un hombre vestido de escocés tocaba la gaita sobre el puente. Lo bordeé y paseé junto a él viendo los barcos, las gaviotas, la noria, el teatro nacional… una familia De Indios que al parecer estaban de vacaciones, reían y se sacaban fotos, me puse cerca para oírles hablar “Hindi”. Eso me hizo sonreír., Seguí y a pesar de estar en el centro de la ciudad, el ruido de los vehículos y la gente con la que me cruzaba, había algo de sobrecogedor en el silencio que se respiraba. La gente parecía tener siempre prisa y debían de seguir algún punto fijo hacia el horizonte que no conseguí encontrar. Llegué al museo de arte moderno que era completamente gratis con una donación voluntaria, (¡punto positivo para Londres!) y ví a un chino que hizo millones de pipas de porcelana, Ví a picasso, me senté con Pollock, disfruté con Bacon, comprendí a Klee, saboreé a Matisse, comparé a Miró, recordé a Dalí y con mucho sueño me senté en el centro de la exposición de surrealismo, que me hizo marearme más de lo que estaba. Necesitaba comer algo.

Crucé un puente mirando hacia el Tower Bridge. Y entre restaurantes de “Fast food”, autobuses de dos pisos y cabinas de teléfono de color rojo, la gente parecía mas relajada y alegre. Llegué a una parada de metro.
- Sorry, ¿sabe usted cual es la parada de “Chinatown”?
- No – y se fue sin ni siquiera mirarme a la cara.
Después de la fantástica cooperación de aquella señora de la limpieza, de un “No” moribundo y de quedarme plantado ahí con una sonrisa que acabo por convertirse en el rostro de un gilipollas, decidí intentarlo de nuevo con un responsable del metro que creo que debió de recitarme algún acertijo que tampoco conseguí adivinar. Bajé las escaleras, miré el mapa. Lo volví a mirar. Suspiré. Oí “Hindi” y decidí intentarlo de nuevo. Me intentaron explicar las combinaciones, dije “Yes” por no tirarme a la vía cuando pasara el próximo metro y me respondieron: “ven”. Entramos en el metro. Adoptamos la posición “muñeco de cera”. Bajamos y corrimos, De vez en cuando miraban hacia atrás o me hacían una señal para que les siguiera. Corríamos por la izquierda de las escaleras mecánicas. Intentaba seguirles esquivando a la gente del concurso que iba en todas direcciones. Otro metro. Más posición “cera”, Otra carrera. Desconfié. Otro metro. “Aquí”, me dijeron, les miré y les dí las gracias muchas veces. Se fueron corriendo como si aquel fuera su trabajo y cogí el último metro. Cuando las puertas se cerraban un hombre quedó atrapado y entre tanta gente con el mismo tono y sorpresa de alguien que encuentra el botón de la chaqueta que perdió por la mañana, alguien dijo: ¡Oh my god! Y todos miraban hacia las puertas como las vacas que ven pasar el tren a aquel hombre que intentaba pasar la otra mitad de su cuerpo hacia el interior. Yo observé la escena con la boca abierta, y con un gesto de rabia que explotó en mi cara instantáneamente me levanté de un salto para ayudar al hombre y una de las vacas que estaba a su lado me miró y se adelantó a ayudarle. Me volví a sentar y aquel hombre que ya estaba dentro dijo seriamente: “Estoy bien”. A continuación y sin preguntas de preocupación la gente volvió a adquirir alguna de “las tres pociones”. Me crucé de brazos y me reí mas parecido a un suspiro desde el estómago, impresionado. Ya no tenía sueño.

Llegué a la bonita Chinatown, precedente de mi próximo destino y busqué entre todos los restaurantes alguno un poco económico. Encontré un buffet libre por 5 libras, entré, me senté y me dí cuenta de que el restaurante estaba lleno de españoles, “come todo lo que puedas por 5 libras”, estaba claro… Recuerdo, aunque no estoy seguro, haber comido antes ahí, en ese mismo lugar con mi padre hace muchos años.

Con el estómago lleno y sintiéndome un poco mejor salgo y veo un mensaje de la hermana. A aprobado el examen de conducción y me pregunta cuales son mis planes y le comento que quiero pasear hasta “Picadilly Circus” y que en unas horas podríamos quedar para tomar esa cerveza que habíamos apostado. Paseo hasta Picadilly Circus, pasando por el Soho. Pienso que las chicas de Londres son muy guapas. Sigo hasta Trafalgar Square, pasando por el centro atestado de gente que compra en una calle construida especialmente para eso. Me llama la atención una gran tienda de peluches, que parece ser bastante famosa, ya que esta llena de niños y no tan niños. Los empleados, algunos disfrazados venden los productos como en una feria. Sigo hasta “Trafalgar” acompañado por el atardecer, increíblemente cansado. Rodeo las esculturas de los leones y paso por entre las fuentes, subo las escaleras del museo nacional, mientras alguien en alguna parte toca una preciosa melodía de clarinete y me apoyo en el balcón de la entrada. Desde arriba se ve toda la plaza con sus dos fuentes, sus 4 leones rodeando una torre que apunta a la avenida que le sigue y ésta acaba con el Big Ben al fondo que está iluminado, todo esta iluminado, y alguien dice: “Qué bonito”; y pienso que en verdad es bonito, y me doy cuenta de que se ha hecho de noche y en una hora tengo que volver a la casa a por mis cosas para volver al aeropuerto. Se me hace un nudo en la boca del estómago y a la vez me produce una sonrisa. Voy al metro e intento visitar el mercado de “Candem Town”. Cuando llego, miro el reloj y veo que me queda media hora y antes de salir de la parada del metro vuelvo para volver a casa, pero no se cómo hacerlo. Le pregunto al de seguridad y me responde con otro acertijo que tampoco entiendo. Intento buscarlo por mi cuenta, pero el camino se me hacía demasiado largo y en 40 minutos salía mi autobús al aeropuerto. Corrí, subí, bajé… hasta que un chico me dijo que debía hacer el trayecto que al principio me parecía largo. Me subí en el metro y cada parada se me hacía eterna. 20 minutos para ir hasta la casa, recoger mis cosas e ir hacia el autobús. Salí del metro entré en una tienda y compré algo de comida con el dinero que me quedaba. Corrí y me perdí. 15 minutos. Llovía y estaba muy nervioso, no podía perder el autobús. Llegué a la casa, me abrió la hermana, la abracé y la felicité, me presentó a su amiga española y me dijo que si quería que me acercara a la parada que se encontraba a 10 minutos caminando! Había conseguido su carnet aquel día y le dije que muchas gracias, que por favor, porque sino lo perdería. Cogí mis mochilas a toda velocidad y nos montamos en el coche. Salimos y cuando estábamos cerca me despedí y me bajé en marcha, le volví a dar las gracias y salí corriendo hacia la parada, se me rompió la bolsa de la comida y se me cayeron las dos manzanas, ¡mierda! Nadie me ayudó. Llegué con un minuto de diferencia, sudaba y respiré profundamente. Ahora ya solo podía esperar. El autobús venía y me quedé esperando al lado de la parada. Pero el autobús pasa de largo y se para 10 metros más adelante. Pregunté a la gente que estaba en la marquesina si no paraba aquí y me respondieron que debería haber enseñado mi ticket al conductor o sino no para. Fui a la puerta del conductor corriendo y le enseñe el ticket, pero me dijo que no me habría la puerta que debería haberlo hecho antes, o sea, 10 metros más atrás ¡Le grité que no lo sabía, que tenía que coger mi vuelo! Al señor conductor, por no llamarle “hijoputa”, le importó una mierda lo que yo tendría que hacer, arrancó y se fue. Volví a la marquesina y lleno de rabia me senté entre la gente que estaba que por su gesto creo que también les importaba otra mierda. Era un ticket fijo, es decir, no podría cambiarlo o debería pagar 5 libras más, me había gastado mi dinero en la comida, así que podría quedarme allí sin poder coger mi vuelo. Mientras pensaba mil y una excusas vino 20 minutos después otro autobús, le enseñé el ticket agitándolo como una bandera. Paró, bajó, vio mi ticket y me sonrió. Aquel hombre que luego conocí en el trayecto al aeropuerto vivía en Congo, emigró a Europa ilegalmente hace 10 años y ahora trabajaba de conductor de autobuses. Hacía 10 años que no veía a su familia y se moría de ganas por volver a su país…
Subí al autobús, que estaba completamente vacío con una chica al frente a la que saludé en inglés aunque su cara pareciera latina. Me senté al otro lado un asiento más atrás y la escuché hablar un inglés con acento sudamericano, con el conductor.
Lo que yo aún no sabía era que aquella chica iba al aeropuerto para coger el mismo vuelo que yo, que había vivido en Australia, que facturaríamos juntos, después fumaríamos un cigarro, compartiríamos un sándwich, hablaríamos sobre nuestros amigos y nuestra familia, nos iríamos a coger el vuelo, compararíamos opiniones sobre Londres, nos pasaríamos la puerta de embarque para coger nuestro vuelo y esperaríamos allí solos hasta que alguien vino a recogernos y nos llevaría a la nuestra a solo 20 minutos de embarcar, de que se retrasaría nuestro vuelo y de que lo cogeríamos cambiando nuestros asientos para pasar 12 horas de avión juntos y 4 días en Kuala Lumpur, y que nos íbamos a dar un beso al despedirnos para yo volver al aeropuerto e irme a Australia. Ahora me doy cuenta de seguramente ni siquiera la hubiera conocido si no hubiera perdido mi autobús…

Cuando hablaba con el conductor se giró y me preguntó en inglés a dónde iba, le respondí en español y se sorprendió de que habláramos el mismo idioma y fuéramos al mismo destino. Vivía en Chile y pasaría los próximos meses viajando en Asia. Ella tampoco sabía todo lo que ocurriría a continuación…

“La vida, es una sucesión de casualidades que conectan todos los hechos en camino hacia nuestro destino”.

“Torres Petronas de Kuala Lumpur (Malasia)”, unas de las más altas del mundo.

sábado, 15 de enero de 2011

"Dos maletas, una guitarra y mil despedidas"

Todos mis viajes fueron como una fábula enrevesada con final feliz, parece que siempre me acerco al desastre sin llegar a tocarlo, parecido a la mar que con sus olas te avisa que el agua también es salvaje y peligrosa, disfruta dice, pero ándate con ojo.

Ahora estoy en kuala Lumpur todavía un poco afectado por el "jet lag", pero cuando comencé a escribir esto, me encontraba sobrevolando por alguna parte de Europa, habíamos salido hacía unas tres horas del aeropuerto de Stansted-Londres e íbamos de camino a Kuala Lumpur-Malasia. Creo que fueron unas 12 horas de vuelo, eran alrededor de la una menos cuarto y llegamos a eso de las ocho de la tarde, estaba en la parte central del avión sentado en la fila de en medio, a la derecha de una chica Chilena que es mi nueva compañera de viaje y a su izquierda había un chico de Malasia que conoció a su esposa Inglesa cuando ella estaba pasando sus vacaciones en una isla de la costa Malaya, el trabajaba allí y según dijo la puesta de sol hizo el resto… Ahora tiene dos hijas y vive actualmente en Londres. Dice que no le gusta en absoluto y le encantaría volver a su tierra, que según nos contaba echaba de menos y volvía a casa después de algunos años…

La última noche que estuve con mis amigos en la casa “clandestina” de uno de ellos y les dije adiós por no se cuanto tiempo, aunque ahora me parezca que todo eso pasó hace siglos, iba a casa triste, escuchando la música triste que suelo tener en el coche, recordando y mirando a mi alrededor como si fuera la primera vez que veía todo aquello. Empecé a sentir el miedo que me suele molestar antes de mis viajes, pensaba que no quería irme, que por qué hacía todo aquello, por qué no podía quedarme más ahora que me sentía tan a gusto… cuando de repente, como por arte de magia comenzó a sonar una canción que viene persiguiéndome desde India, en un CD que no era mío sonó la canción de “Halehluhya”. Aparqué el coche y me quede sentado y sonriendo, mirando hacia abajo, y todas mis preocupaciones desaparecieron. La primera vez que la escuché, recuerdo, estábamos en un precioso lago en Hampi, al sur de la India, rodeado de montañas de rocas colocadas de manera surrealista, con un grupo de personas de todas las partes del mundo. Pasamos toda la tarde bañándonos, fumando, hablando… Una de las chicas me dijo que era holandesa, de Amsterdam, y yo, le dije lo mucho que me había gustado cuando fui y lo que me gustaría volver a pasar una temporada, pero mi inglés era muy básico y mi holandés nulo. Ella me animó y me dijo lo fácil que era encontrar trabajo sobretodo para los españoles, ya que había muchos turistas hispanohablantes durante todo el año. ¿Sí?, Pues este verano voy para allí. – Le dije. Ella se rió, y yo le aseguré que iría, ¿por qué no? Y esa canción sonó por primera vez: Halehluhya. Entonces aquel lugar, en aquel momento, rodeado de aquella gente, aquella canción me produjo una sonrisa y uno de los momentos más bonitos de mi viaje a India.
Unos meses después fui a Amsterdam y el primer día encontré un trabajo que fue en el cual estuve durante mis 10 meses en la ciudad: el albergue “Flying Pig”. Mi primer día de trabajo, recuerdo, no hablaba con nadie y no entendía nada, y a pesar de que todo era casi perfecto, me sentí un poco reprimido y como viví los primeros meses en el albergue fui a la sala de fumadores a sentarme en la zona de los cojines. Un chico entró con una guitarra, se sentó a unos metros de mi y empezó a tocar… ahí estaba otra vez aquella canción. Yo todavía no hablaba inglés, pero a mi me decía: “No te preocupes, todo va a salir bien…” Y así fue…

El día que desperté sabiendo que en unas horas volaría a Londres, es decir, el miércoles pasado, Goa, como siempre me despertó olisqueándome la cara, la acaricié con pena, bajé a desayunar y sentí ese ambiente melancólico alrededor de la casa. Fui a Bilbao y doné casi toda mi ropa y mis libros. Volví y corriendo hice las últimas cosas que me quedaban pendientes mientras hacía una video-llamada con la princesa de Malta. Comí con mis padres en el restaurante de abajo y me hice un bocadillo con las sobras del “Pisto”. Subí a casa y dejé todo listo. Bajé con las maletas y desperté a mis padres y mi hermana, mis amigos esperaban abajo para llevarme al aeropuerto. Les abracé fuerte y aunque me hubiera gustado decirles lo que les quería, dije: Pues bueno… y lloré, y les seguí abrazando, y besé a Goa en la cabeza que me miraba sabiendo algo que no sabía. Cogí mis maletas y mi guitarra, me puse mi sombrero y cerré la puerta de casa. Me metí en el ascensor y dije: Os quiero…
Mis amigos me esperaron abajo. Metí las maletas en el maletero y los salude como pude. Entre canciones de Paco de Lucía y Camarón, me llamó mi familia de Granada y lloré mas aún, sabía que en unas horas estaría lejos de todo aquello.
Me acompañaron al aeropuerto y me despidieron. No pude facturar mi guitarra, bueno más bien me costaba como 150€… les volví a llamar y volvieron, y quiero pensar que por cosas del destino, dejé la guitarra en manos de alguien que necesitaba una pero nunca se había atrevió a tenerla, me prometió cuidarla y aprender a tocarla, quiero pensar que todo pasó por algo… Llamé ala chica que me la regaló y le pedí perdón por no poder llevármela conmigo, nos despedimos y nos dijimos que nos queríamos.

Después de lo que me pareció unos instantes y ahora me parece que fueron meses monté en el avión y solo después de un tiempo me senté mirando por la ventana y suspirando. Tenía los ojos rojos y el corazón rebosante. Sabía que todo había empezado de nuevo, que me iba, que lo que me parecía algo inalcanzable estaba allí. Estaba en Santander, en unas horas llegaría a Londres, en un día volaría a Malasia y en menos de una semana estaría en Australia. El viaje ya había comenzado.

domingo, 9 de enero de 2011

"A vosotr@s..."

Me siento otra vez en esa nube de cambio. Parece como si el tiempo hubiera hecho una parada y piensas en que de nuevo vuelves a marcharte, pero aún estas aquí, no te has ido a niguna parte. Comienzan las despedidas, esta vez no sé exactamente para cuanto tiempo. Eres consciente de que otro viaje ha finalizado y estas a las puertas de uno nuevo y desconocido, pero por extraño que parezca, no te lo crees. No sabes nada de a dónde vas, ni de cómo va a ser, como tú estarás allí, como será la calle donde vivirás o tu lugar de trabajo, tus compañeros... aún no conoces a la chica de la que te enamorarás y no sabes todavia quienes serán tus amigos... Es como si fueras al cine a ver una película de la que solo conoces algunas imágenes y algo que leíste en alguna parte. Pero no te imaginas como te hará sentir, o como serán los actores, pero eres completamente consciente de que es solo una película, es muy diferente si tu fueras el protagonista. Es extraño saber que "tú" eres el protagonista.


Ayer dije adiós a mucha gente, hacía años que no veía a todos juntos, algunos faltaban, pero podré despedirme antes de irme.
Me llenaron de besos, abrazos y lágrimas. Allá donde mirara veía una cara conocida que me sonreía y en sus ojos: el comienzo, el recuerdo...
Muchas historias juntos, pero las mejores son aquellas que solo entre vosotros habeís compartido, secretos que solo hacen que tú respondas con otra sonrisa.


Allí estaba gran parte de mi pasado, gran parte de mí. Allí estaban todos con los que crecí, personas con las que he compartido algunos de los momentos mas maravillosos de mi vida.
Te pones a mirar hacia atrás y sabes que no podías haber sido más feliz. Y ayer especialmente me hicieron sentir que vaya a donde vaya o vayan a donde vayan, siempre formaremos parte de la historia de nuestras vidas.


Mis amigos, mi familia. Tan grande que uno no puede explicar con palabras. Y con los ojos llenos de lágrimas, sonrío con la suerte de aquellos que alguna vez en su vida pueden llorar de absoluta felicidad...
Es inevitable sentir miedo hacia el futuro que se avecina, a todos nos pasa, y es duro volver a decir adiós cuando sientes tanta conexión, tanto arraigo de aquello por lo que sientes un profundo amor. Pero está esa parte de mí que sabe que es irremediable que cada pájaro busque su nido, que no puedes guardarlo todo en un bote, y como en todos mis viajes que empezaron una vez, acabarán algún día y al fin y al cabo, pasen los años que pasen, estés donde estés, solo te quedarás con eso... con el recuerdo de sus sonrisas.


Gracias por todos y cada uno de los momentos que me habeís regalado. Os quiero con todo mi corazón y como alguna vez alguien me dijo:
"Solo muere lo que se olvida".