Hace como media hora que he dejado a mi gran amigo Luca ene el aeropuerto para volver a Melbourne. Una de esas despedidas sin fecha de reencuentro… El cielo esta nublado y hace un poco de frío. Estoy en “Alice Springs”, la única ciudad, por así decirlo, entre el norte y el sur, y lo que la hace tan especial, es que se encuentra en el corazón del país, en medio de la nada y rodeada de ríos y paredes de roca rojiza salpicada en la base por el verde de los árboles y el amarillo de los arbustos áridos del desierto. La ciudad es en mayoría aborígenes que viven en comunidades sostenidas por el gobierno, alcohólicos y violentos caminan descalzos por las calles en grupos, gritando una lengua desconocida, las ropas de otra era descoloridas y medio rotas, nunca mezclados con los blancos y entre tanta perdición aún puedes ver el corazón salvaje y nómada que emborrachado de vino y cerveza intenta sobrevivir en un nuevo mundo que no es el suyo. Es triste e impotente, pero aún hay esperanza y puedes verla en las otras comunidades que viven fuera de la ciudad, en el desierto aún cazando con herramientas de la prehistoria y conocedores de las plantas, animales y diferentes pozos de agua que dan vida en una tierra medio muerta. He aprendido mucho de ellos, me han enseñado mucho y he podido hablar con algunos. He visto lugares sagrados y pinturas que sirven para enseñar a los niños como diferenciar los frutos comestibles o venenosos, o a tener cuidado con los malos espíritus de las serpientes y las arañas más peligrosas. Aún conservan su cultura y es impresionante verles caminar por una tierra robada por la que aún luchan para ser devuelta, pues son ellos los australianos, son ellos los que llevan viviendo hace miles de años en esta tierra y son ellos los que descubren los pozos de agua a través de los sueños o encuentran la comida por boca de los espíritus, una de las culturas más antiguas del planeta que lucha por sobrevivir en medio de un país invadido por blancos que matan sus plantas y animales y hacen dinero de sus lugares sagrados. No me imagino la impotencia que deben sentir o como los ojos de los más viejos recuerdan aún haber sido robados de sus padres hace años para ser “educados” por los blancos y la iglesia y como una vez dijeron: “…Para protegerles de ellos mismos…” He oído que más de la mitad del territorio norte, donde ahora me encuentro, es tierra aborigen, y que aún en las playas puedes encontrar comunidades que perdidas en un país con un 70% de extensión sin civilizar viven en paz y han vuelto a sus orígenes para no perder lo que tanto les costó aprender. Y es ahí a donde ahora me dirijo…
Hace alrededor de dos semanas abrí los ojos en el interior de la furgoneta y dí los buenos días a mi compañera francesa que sonreía mientras acababa de desperezarse entre las mantas. Llovía pero me dio igual, era el día tan esperado, el primer día y el primer paso de un viaje de más de 7000 Km. Desayunamos en aquella casa en algún lugar de la ciudad y tardamos en arrancar para cruzar por última vez la ciudad, recoger una batería nueva y despegar para la carretera de la costa donde desde el punto medio-sur subiríamos más de 3000 Km. Hacia el norte cruzando el país por el medio. Me esperaba aquella chica que conocí en las “montañas azules” que viajaría durante un día con nosotros hasta la playa que comparte el mismo mar con Tasmania.
Estábamos locos de contentos al ver que la furgoneta por fin funcionaba, nos despedíamos de la ciudad a grito ´pelao´ y pitando al coche de nuestros amigos que iba por delante. Llegamos al taller, recogí la batería y di un fuerte abrazo a mi amiga que me encantó volver a ver…
Arrancamos y decidimos hacer la primera parada en la costa donde descubrimos que había una competición internacional de surf, creo que era algo de: “Billabong”… Llegamos y perdimos el rastro de la ciudad por primera vez y bajamos en la playa donde había que pagar para ver a los surfistas, así que saltamos una pequeña valla y nos acercamos al acantilado par verles a todos esperar a la gran ola y traspasarla por el interior del tubo, me sentía en Australia: caravanas, surf, playa… Aún llovía un poco y volvimos a la furgoneta para ir a ver una de las cascadas que se encontraban dentro del parque nacional. Seguimos por la carretera que va casi 500 Km. Por la pared del acantilado al lado del mar y playas kilométricas y vimos señales que advertían de que canguros y Koalas podrían cruzar la carretera que debíamos continuar con cuidado.
“Otways national park”. Y el paisaje cambió por completo, la carretera dejó de ser asfaltada y nos encontramos rodeados de árboles gigantes y verdes cubiertos de musgo. Plantas con hojas tropicales. Verde muy intenso. Riachuelos que cruzaban por el horizonte cubierto totalmente por la vegetación del típico “bosque lluvioso” de Australia. El sentimiento fue parecido a la película de parque jurásico, cuando el coche entra por esas puertas gigantes del parque y reduce la velocidad entre la selva sabiendo que están rodeados por una naturaleza única que se siente viva. Nos mirábamos con la boca abierta y se nos escapaba la risa, excitados y emocionados de ver una naturaleza tan salvaje y compenetrada, era sobrecogedoramente silencioso, sólo el sonido de los pájaros y el vuelo de manadas de loros multicolores que cruzaban por en frente de la furgoneta rompía la paz de aquel paisaje.
Paramos la furgoneta y nos adentramos en aquel bosque tropical donde no sabías dónde mirar, el cielo estaba cubierto por las copas de los árboles que como gigantes te miraban desde arriba y te mojaban con el paso del viento. Bajamos hacia el río escuchando el paso del agua hasta que vimos una enorme cascada que caía desde más de 30 metros rodeada de musgo y árboles que salían de todos los huecos posibles.
Me senté y me quedé mirando sin poder hablar, cada uno estábamos en una punta hipnotizados por la caída persistente y la belleza natural de una tierra nueva para nosotros.
Volvimos en silencio a los vehículos par volver por la carretera empinadísima que subía hasta el cielo, donde al final nos dio una sorpresa y por primera vez, justo al lado de la carretera vi un pequeño canguro rojizo que comía algo del suelo y nos miró fijamente con las orejas en punta al verme parar bruscamente y gritar como un niño de 5 años. Por primera vez… después se adentró en el bosque dando saltos. Sin palabras… como me hubiera gustado enseñarle a todo el mundo lo que estaba viendo… Comimos en el bosque he hicimos un fuego que apagó la lluvia. Estaba atardeciendo y decidimos buscar un lugar donde dormir antes de que anocheciera. Volvimos a la costa viendo caer la noche y paramos cerca de un río donde decían se veían los Koalas durante el día en las ramas de los eucalipto. Nuestros amigos dijeron que si la policía nos veía dormir en el coche nos multaría así que decidimos continuar para buscar un lugar más apartado. En el camino ya de noche dijimos que no queríamos perdernos el paisaje que ya no veíamos, así que paramos, y decidimos dar la vuelta dejando atrás el otro coche que decidió continuar. Y a la vuelta por si el día no fue suficiente, con los focos de la furgoneta en la absoluta oscuridad vimos algo que cruzaba la carretera lentamente… Nos acercamos lentamente y un Koala se paró frente a la furgoneta un poco asustado. Nos bajamos corriendo y nos miramos, nosotros al Koala y el Koala a nosotros a una distancia que podríamos tocarlo, no me lo podía creer lo que estaba viendo. Y aquel preciso animal volvió la cabeza y continuó lentamente por su camino… ¡Que día! Después mi amiga de las montañas azules me habló de los Koalas y no pude dejar de mirarla… Llegamos a una playa y no encontramos un lugar más bonito para pasar la primera noche. Así que nos bajamos y corrimos hacia la arena con el viento frío del mar. Entonces al fondo vimos un fuego cerca de los acantilados y allí fuimos paseando al lado del mar iluminado por la estela de la luna y el romper de las olas. Nos acercamos al fuego y tres chicos lo rodeaban y nos invitaron a sentarnos. Pasamos la noche hablando, fumando, bebiendo ron… Ellos, locos del surf nos hablaban del mar, las olas y el amor que sentían por él, dos de ellos practicaban el surf desde los 5 años. Nosotros le hablamos de nuestro país y el viaje en el que estábamos embarcados… Vimos pasar la noche al lado del fuego y el mar. Mi amiga se veía cada vez más bonita con el color del fuego, su pelo era rojo, los ojos azules y la piel del color de la arena… Me fui a dormir y después vinieron ellas, nos tapamos y ella cogió mi brazo y lo pasó por su cintura y nos dormimos abrazados… todos durmiendo en la furgoneta con el sonido de las olas.
A la mañana siguiente nos despertamos al amanecer y viendo la playa a la luz del día salimos con una de las mantas para cubrirnos del frío del alba. Ella vino y se adentró en la manta y vimos el sol salir del mar, después nos besamos y volvimos a dormirnos. Al despertar ella volvió a Melbourne con su hermana y yo me quedé con mi amiga francesa que me miraba con pena y caminamos abrazados como una pareja de viejos que habían vivido toda una vida.
Volvimos al río y ahí estaban de nuevo: un camino lleno de eucaliptos donde los Koalas dormían hechos una bola, se despertaban comían un poco de las hojas del árbol y se volvían a dormir, pues es eso lo único que comen, éstas tienen un aceite que es como una droga y pasan más de 3 tercios del día durmiendo. Estaban por todas partes…
Volvimos a la furgoneta y seguimos nuestro camino hacia el siguiente pueblo donde aquella noche llegaba mi amigo que hoy se marchó.
Cruzamos el parque natural y entramos en otro de los bosques mientras llovía cubiertos por los árboles aún maravillados por el paisaje que parecía cada vez más bonito hasta llegar a otra de las cascadas, aún más bonita. Muertos de frío volvimos a la furgoneta y paramos en medio de alguna parte cerca del río donde nos dimos un baño y comimos.
Comenzó a llover aún con más fuerza y casi no podíamos ver la carretera así que decidimos ir al pueblo a esperar a mi amigo. Estábamos cansados y fuimos al supermercado a comprar algunas cosas, después entramos en un bar típico australiano de madera con tablas de sur colgadas de las paredes y nos sentamos cerca del fuego a tomar un café escuchándoles hablar y envolviéndonos en la atmósfera de aquel pequeño pueblo costero y me parecía raro que aquella gente vivía allí de verdad, a veces tengo al sensación de que estoy en un escenario y me resulta difícil ver a la gente acostumbrada a vivir con la misma normalidad como yo en mi ciudad, tomando una cerveza con mis amigos y hablando de las cosas del día a día al otro lado del mundo…
Recogimos ami amigo con un gran abrazo y le presenté a mi compañera francesa. Estaba muy contento de que estuviera allí, nos conocimos en Granada y ahora viajábamos por Australia, la magia de la vida. Aparcamos en otra de las playas y cenamos a oscuras cerca de un lago donde saltaban los peces. Los tres hicimos buenas migas. Después vinieron las estrellas, después nos fuimos a dormir y yo perdí las llaves de la furgoneta. Nos volvimos locos buscándolas, eran las únicas que teníamos y la furgoneta era un mercadillo gitano, desistimos de buscar en la oscuridad con una linterna en la boca y decidimos dormirnos, pues mañana sería otro día…
Abrí los ojos y lo primero que vi al levantar la cabeza fue un arco iris perfecto en un cielo anaranjado, miré hacia delante y vi el sol de un color rojizo que surgía entre tonos rosas y violetas. Desperté a todos y volvimos al lago que era de color rosa y azul, con los ojos aún entreabiertos miramos al horizonte y yo hice café para acabar de despertamos. Comenzó a chispear. Dimos la vuelta a la furgoneta y en una bolsa encontramos las llaves. Fuimos a un faro a mitad de camino a ver los Koalas y no vimos ninguno porque no miramos, a la vuelta los vimos por todas partes y ahí en medio se paró la furgoneta. Todos nos quedamos callados mirándonos asustados… cambiamos la batería y arrancó de nuevo, todos soltamos el aire de los pulmones y seguimos entre eucaliptos y Koalas.
Volvimos al bosque y vimos otra cascada. Nuestros otros amigos se encontraban bastante más lejos y seguimos la carretera hasta los “12 apóstoles”. Acantilados y rocas de color amarillo sostenidas en medio del mar. El agua había disuelto algunos de los minerales de las paredes de la roca formando a lo largo de la costa pilares amarillos, gigantes con vegetación en la parte arriba que rodeaban la costa y le habían dado el nombre de los 12 apóstoles por ser 12 pilares sostenidos en medio de unas aguas bravas que rompían con fuerza en los acantilados y las rocas haciendo saltar las aguas de un color azul intenso.
Seguimos la carretera viendo las diferentes formaciones de la costa y llegamos aun pueblo donde durante el verano llegaban las ballenas azules y las focas. El pueblo estaba construido sobre tierra volcánica de un color negro formado de lava y una aridez que desarrollaba una vegetación extraña de cactus plantas que parecían de plástico. Era increíble el cambio de la naturaleza en cada parada. En el mapa 2 centímetros, en la carretera 3 días conduciendo. En el acantilado el agua había formado cientos de chimeneas escavadas de los cráteres del antiguo volcán. El agua chocaba de una manera salvaje contra las paredes.
Seguimos el viaje y cruzamos el primer estado: Victoria, y llegamos al territorio sur. El paisaje se convirtió en pinos y granjas dejando el mar a lo lejos. Pequeños pueblos y viñedos que le daban la fama al vino australiano se extendían a lo lejos durante kilómetros en una carretera recta que parecía que nunca acababa. Señales amarillas que nos avisaban de los diferentes animales que habitan el sur. Al entrar en un nuevo estado esta prohibido llevar plantas, animales o comida de otro estado para evitar que en un país tan grande y diverso se mezclen diferentes seres vivos poniendo en peligro el ecosistema de cada región como por ejemplo la introducción de gatos y zorros, animales que los europeos trajeron al país y han puesto en peligro a muchas especies como los possums o pequeños canguros.
Aquella noche aparcamos cerca de un río e hicimos un fuego. Después con las linternas nos adentramos un poco en el bosque de noche y nos cagamos de miedo, yo y mi amigo estábamos protegidos por la chica francesa que caminaba delante y vimos arañas del tamaño de mi pulgar cubiertas de pelo y cara de muy mala leche. Dormimos a lo ancho para cambiar de posición y descubrimos que no era buena idea porque no podíamos estirar las piernas y nos dolieron mucho las rodillas al día siguiente.
Café y un fuego para calentarse después del baño en el río. Los calcetines cerca del fuego y al ponértelos con aquel frío eran como una ducha de agua caliente. Seguimos el camino y paramos al lado de la carretera al ver un canguro. Nos acercamos y de entre las piernas salió la cría y todos soltamos un: Ooooh… abobados y los vimos marcharse dando saltos por la granja de alguno. Aquel día no hicimos muchas paradas porque teníamos los días contados para llegar al festival. Así que conducimos todo el día y paramos al anochecer en un pueblo fantasma de gente extraña. Cenamos y salimos pitando en busca de un parque nacional que estaba de camino donde había una comunidad aborigen en una playa de 150 Km de larga. Llegamos al parque y en la noche no se veía nada más que algún coche que pasaba por la carretera y decidimos coger un desvío donde creímos que encontraríamos la playa y en un camino de piedras seguimos sin ver absolutamente nada durante cerca de una hora, vimos una señal de indicaba zona de acampada con permiso y solo para vehículos 4x4. Seguimos y no sabíamos si al lado estaba la playa o dónde coño estábamos. De vez en cuando quitábamos las luces y la oscuridad era sobrecogedora. No sabíamos dónde estábamos así que cogimos el camino de acampada y con la furgoneta de 27 años nos metimos en el camino para 4x4. Dábamos botes para todos los lados y nos imaginábamos quedarnos atrapados allí en medio de aquel lugar que no había ni moscas y ser atacados por un aborigen que aparecería en medio de la noche con una lanza. Cagados de miedo sin ver absolutamente a nadie y después de estar perdidos durante una hora vimos un animal típico den Australia que es parecido a un oso en miniatura y vive bajo tierra pero duro y lo suficientemente grande como para destrozarte el vehículo en caso de atropello. Pero solo le vimos el culo entrando entre los arbustos, lo buscamos y no lo encontramos. Seguimos conduciendo y vimos un coche aparcado a un lado que nos dio algo de seguridad hasta que decidimos acampar en un pedazo de tierra en dios sabe dónde. Bajamos con la linterna y al cruzar los árboles apareció una gigante extensión de color blanco que nunca acababa con rocas blandas por todas partes ¡Qué coño era aquello! Seguimos andando por lo que parecía la luna mientras en suelo se iba haciendo cada vez más blando y vimos huellas de tres dedos del tamaño de mi mano y creímos que serían de los Emus, que es un animal de Australia parecido a la avestruz en tamaño y complexión. Decidimos volver para no perdernos en aquel paisaje que parecía todo igual. Sin entender nada volvimos a la furgoneta y el suelo estaba lleno de extraños insectos como una cucaracha blanca un aguijón igual de grande que el resto del cuerpo. Así que viendo los animales que había en el suelo nos sentamos en el techo de la furgoneta aboyándola por diferentes partes y fumamos viendo las estrellas. Después fuimos a dormir para esperar entender algo durante el día…
Despertamos al amanecer y vimos todo más claro aunque no por eso lo entendimos mejor. Era el suelo de un lago gigante y caminando en horizontal llegabas a la playa. Caminamos y nunca llegábamos así que nos subimos a una de las dunas a ver el mar desde lo alto. Ahí estaba, a tomar por culo… bajamos corriendo por las dunas de arena y volvimos por el camino cuando de repente al girar una curva un Emu apareció por delante de nosotros corriendo a una velocidad increíble y aquel pollo de 3 metros subió por la colina que a nosotros nos había costado un cuarto de hora en dos zancadas, nos quedamos petrificados…
Cogimos la “furgo” hablando de los últimos días y cagándonos de la risa. Volvimos por el camino para 4x4 con la 2x2 y casi mareados cogimos la carretera para llegar a la primera y última ciudad antes de ir al desierto donde nos encontraríamos con nuestros amigos e ir juntos para más seguridad, porque viendo y sabiendo como estaba la furgoneta y después de que todos me habían deseado suerte al contarles que iba a cruzar un desierto de 300 Km. En una furgoneta de 27 años no me apetecía hacerlo solo y quedarme tirado durante días en medio de una carretera donde hay una gasolinera cada 200 km.
Así que entramos en la ciudad nos sentimos un poco extraños después de haber estado en la naturaleza durante 5 días sin ver un solo edificio y algunos coches. Nos encontramos en la biblioteca y nos felicitamos por haber llegado hasta allí y nos contamos las aventuras y desventuras. Compramos suficiente comido, llenamos una garrafa extra de agua y otra de gasolina, vino y ron y comenzamos a subir hacia la cima. Nos separamos a mitad de camino y acabamos en un pueblo salido de una película del oeste donde un chico borracho que hablaba con un acento de vaquero nos ofreció una copa y nos habló de cuando estuvo en la cárcel. Una mujer increíblemente gorda estaba sentada en un banco de aquel pueblo desierto con un viejo mirando quién sabe a dónde. Hicimos la cena y salimos como balas en busca de nuestros amigos.
Estabas en un área de descanso a una lado de la carretera y la noche cubrió el cielo de estrellas increíbles y vimos la constelación: “Southern cross”, símbolo de la bandera de Australia que es como una cometa y solo se puede ver en esta parte del planeta. Estábamos demasiado despiertos y no nos gustó la idea de dormir cerca de la carretera así que volvimos a separarnos de nuestros amigos y seguimos conduciendo hasta que sin suerte y por demasiado rato llegamos al último cruce antes de adentrarse en el desierto y decidimos dejar de conducir y parar donde sea a descansar, dimos varias vueltas a la ciudad y paramos cerca de un sitio que parecía medio decente y nos acostamos todos cansados y medio enfadados.
A la mañana siguiente nos despertamos de otra manera en una especie de lago cerca de una fábrica y lleno de mierda, que comparado con los últimos días era hasta depresivo. Nos bañamos en unos baños públicos que había cerca y encontramos a nuestros amigos. Fuimos a la gasolinera a repostar, comprobar las ruedas, recargar agua… y llegamos al cruce: Darwin 3000 km. Y así cogimos la carretera del desierto.
Poco a poco toda la vegetación que podía quedar empezó a desaparecer y el paisaje se convirtió en una basta extensión de tierra árida e interminable con una carretera que apuntaba sin engaños hacia delante donde el horizonte se nublaba por el sol. Todo el mundo ha visto las películas del oeste… Horas y horas conduciendo sin ver absolutamente nada o a nadie. El desierto fue hace millones de años parte del océano y la sal que aún queda en la tierra ha formado inmensos lagos de sal, blancos y luminosos, que se extienden como un manto blanco sobre el suelo del desierto donde se encuentra algo de agua, y en un de ellos vimos a lo lejos una pareja de “Emus” correr hacia el lago… Al fin paramos en un lugar que perfectamente podría ser el mismo de antes y bajamos en esta especie de explanada que había aun lado de la carretera y enseguida las moscas nos atropellaron. Moscas por todas partes, me dejaron una especie de mosquitera y pude hacer la cena hasta que el increíble atardecer coloreó el paisaje de colores rojizos y amarillos y las moscas desaparecieron con la noche y así el cielo más increíble que se puede ver. 180º de estrellas en la más absoluta oscuridad. Estábamos en medio de la nada, al otro lado de la tierra, de camino al centro del país. Hicimos un fuego, pues la noche del desierto es muy fría y con una italiana y un alemán que nos acompañaron y volvían de la dirección contraria nos hablaron de todos los lugares que vieron, de la magia del desierto, y junto al fuego nos emborrachamos hasta que nos quedamos dormidos.
Al día siguiente más carretera, más horas y desolación. Llegamos al primer pueblo con “The Doors” en el aparato de música y fue el primer contacto que tuvimos con los aborígenes: “Cobe pedey” se llamaba, el nombre venía de la lengua aborigen, y sigifica: “Hombre blanco en un agujero”. Pues este pueblo se creó al ser encontrada un piedra precios llamada: “Opal”, esta piedra multicolor hizo que diferentes inmigrantes vinieran aquí en busca del precioso tesoro, creando minas que después, hoy en día se han convertido en casas. Es decir, la gente, los hoteles, las tiendas están bajo tierra. Visitamos en pueblo y nos metimos en alguna tienda de paredes de roca rojiza donde la temperatura era bastante más fresca que en el exterior y por supuesto imagínense la gente que allí viví: mineros y buscavidas con un aire raro que soportaban temperaturas de más de 50º en verano y vivían bajo tierra mezclados con Aborígenes que gritaban por todas partes en un idioma que no entendía, la policía daba vueltas por el pueblo todo el rato. Pagamos 20 céntimos en el único lugar donde podías conseguir agua al lado de una chatarrería donde había coches antiquísimos que hacían el paisaje del todo surrealista.
Más carretera interminable y paramos a repostar en una típica “roadhouse” (Casa de carretera), ya que la próxima gasolinera estaba a 252 Km. Entramos y comimos algo en aquel bar del oeste en el que parecía que alguien iba a disparar de un momento a otro y paramos después a descansar. Fuego, cena y a dormir.
Al día siguiente, tercer día de conducción, dos tercios de la mitad del camino nos desviamos para ver la gran roca que seguramente todos habrán visto en fotos como icono de Australia. Esta gran roca llamada: “Uluru” es uno de los lugares más importantes y sagrados de los aborígenes. Expertos no saben como esta roca que sobresale casi 500 m. en medio del desierto, en la que solo ves un tercio de la superficie, porque el resto esta bajo tierra y de un material totalmente diferente al resto del ecosistema, ha llegado hasta aquí. El lugar es un parque nacional porque alrededor de la roca existe una naturaleza única en el mundo, ¿Alguien da más? Pues la roca también cambia de color dependiendo de la posición del sol.
Abrí los ojos porque me había quedado dormido y ahí estaba parecida al caparazón de una tortuga, el suelo amarillo-verdoso, la roca de un rojo tierra intenso y el cielo azul celeste, que gran despertar… Cuando más nos acercábamos era más impresionante y las señales pedían respeto, prohibían el alcohol y las fotografías, estábamos en territorio aborigen.
Llegamos a la base rodeada de un camino de 10Km. Que daba la vuelta a la roca que se había vuelto naranja con la caída del sol y la escalamos hasta la cima, tardamos casi dos horas en subir hasta arriba e imagínense las vistas. Más de 450 m. de altura en el único de altura sobre el desierto.
Llegó la noche y se volvió marrón.
A la mañana siguiente conocimos a uno de los hombres que cuidaba del parque y que había vivido casi 20 años con los aborígenes para aprender de ellos: su lengua, cultura, como sobrevivir en el desierto… Aquel hombre vivió con los niños porque los aborígenes creen que todo hombre debe empezar desde el principio, desde la base sin importar la edad, pues no depende de cuanto tengas o de donde vengas, sino de los conocimientos sobre la madre tierra. La popularidad de un hombre de la tribu se mide por lo que comparte con los demás, pues ese hombre conoce a los espíritus y su conexión con la madre tierra. Todo hombre o mujer debe aprender a respetar la naturaleza como la fuente de vida que es, pues ella te llevará a donde necesitas y te dará lo que te conviene… Los niños se juntan en las cuevas de la roca con el hombre viejo de la tribu que a base de pinturas y símbolos prehistóricos les explica el origen de la tierra y como la serpiente surcó el paso de los ríos, donde encontrar agua o como a través de los sueños reconocieron diferentes tierras. “Pues el desierto tiene más agua de la que creéis” dicen. Y en cierto modo esta roca recoge como una esponja el agua de la lluvia y la va soltando poco a poco en la tierra dando siempre agua a las diferentes familias que viven alrededor de ella y como nómadas que son, emigran durante la mitad del año para buscar nuevos pozos y comida, quemando la tierra del alrededor para así generar una nueva el próximo año y escapar así de los incendios que podrían acabar con los alrededores y dejarles así sin provisiones… Cuando los niños crecen se les dan un cinturón que simboliza en paso del niño a hombre y se vas con ellos al desierto par probar si están preparados, es decir, el examen… La resina del eucalipto cura las heridas y las “hormigas de miel” ofrecen las suficientes proteínas para todo el día…
Después de aquella lección de sabiduría me sentí pobre e ignorante. Camine alrededor y la roca cambiaba de cara… cuevas con pinturas y símbolos de diferentes eras, serpientes e iguanas… los aborígenes caminaban en grupos alrededor de ella… Pasamos todo el día intentando comprender y con la tristeza de saber que el hombre blanco, no hace mucho tiempo atrás, intentó cortar con sangre y violencia las raíces de aquella sabiduría milenaria por pura ignorancia y egocentrismo. Hombre blanco, pasado oscuro…
Me fui con el alma contraída y cuando llegué a la ciudad donde ahora me encuentro ví la otra cara… Era de noche y en la calle no se veían hombres blancos, los aborígenes paseaban borrachos, los niños te miraban desafiantes y las mujeres estaban tiradas en el suelo dormidas, discutían y se acercaban a la furgoneta con dudosas intenciones. Fuimos al supermercado y compramos comida, cuando salimos el guardia de seguridad vigilaba la entraba y una pareja nos insultó en otra lengua… Nos fuimos de allí y aparcamos cerca de un campo de golf, en un parking público, y nadie dijo nada…
Al día siguiente, el día del festival conducimos hasta un río donde estaban montando las carpas y los escenarios y allí estaban todos. Todos aquellos con los que dí los primeros pasos en el país se encontraban allí… Los de la casa okupa, los amigos del coche, nuevos amigos… Nos dio mucha alegría estar de nuevo juntos y no dejamos de hablar de todo lo que había pasado desde la última vez, excitados y emocionados. Después nos ofrecimos para trabajar en el festival durante los 3 días que duraba, y así nos devolvían el dinero del ticket, eras un trabajo de voluntario a cambio de estar allí. Después nos sentamos y bebimos mientras la gente llegaba y acababan de montarlo todo, estábamos en un cráter en medio del desierto, lo habíamos conseguido, la furgoneta había llegado medio bien, todos juntos y sin problemas, así que lo celebramos por todo lo alto sin faltar los abrazos que no nos pudimos dar cuando no estábamos juntos. Fue muy bonito en un lugar tan especial como aquel. La gente parecía una gran familia, todos compartían palabras, comida y bebida. Aborígenes, música, camellos, loros, niños, hippies, viejos, bandas locales, bandas nativas, puestas de sol, fuego, canguros, talleres, nuevos amigos, más amigos, aquí, allí, el autobús mágico, la noche, las estrellas, lluvia, barro, furgonetas, tiendas de campaña, risas y más risas, pasta, arroz… 3 días después nadie decía nada, estábamos agotados y felices y finalmente fue la hora de decir… hasta luego, hasta otra, see you mate! Algunos decidimos pasar otra noche juntos y nos perdimos en el desierto e hicimos mucha pasta con tomate y un gran fuego. Cuando nos despertamos al día siguiente solo quedábamos nosotros tres. Seguimos la carretera y encontramos pozos de agua en medio de cráteres y grietas de más de 15 metros de profundidad. Nos bañamos y pasamos los últimos días entre aquellos “agujeros de agua helada” entre acantilados de roca roja que se habían desplazado hasta allí en los últimos 800 millones de años donde antes era mar… aprendimos que los árboles del desierto, por la escasez del agua mataban las ramas mas viejas para dar paso a otras más altas y así poder alimentarlas y crecer más alto, como la vida misma… los eucaliptos acostumbrados al calor y al fuego han desarrollado unas semillas tan duras y resistentes al fuego que después de que éste convierte todo el alrededor en cenizas, las semillas sobreviven dando paso a nuevos árboles y seguir así el ciclo de la supervivencia. Las arañas esperan en el centro de la tela a que las polillas se queden atrapadas para después enrollarlas y consumirlas cuando no haya más comida. Los pozos de agua están conectados bajo tierra, así que cuando uno esta vacío el otro contiene el agua… Bastan dos semanas viviendo fuera de la ciudad para darte cuenta de lo innecesario que es casi todo, de lo ridículo de nuestras preocupaciones, de lo acostumbrados que estamos a vivir en un medio tan artificial que cuando estamos en la naturaleza nos sentimos extraños….
Ayer, última noche juntos, volviendo a la ciudad paramos en un mirador a ver la puesta de sol y encontramos a dos amigos que creímos que nunca más volveríamos a ver. Y es así como funcionan las cosas, no existen las despedidas para siempre, ni el adiós ni la muerte, todo forma parte del viaje, todo son símbolos de la escuela más ignorada e importante, la escuela de la vida te da señales a cada paso, es parte de un proceso de evolución, de crecimiento, de dar paso a nuevas ramas para crecer y poder sobrevivir. Estar aquí me ha enseñado una vez más que no soy más importante que las moscas que me molestaban mientras hacía la cena, y que una roca a nuestros ojos es la fuente de vida de muchas familias, todos formamos parte de todo y como ayer leí: “lo difícil no es vivir con personas, lo difícil es comprenderlas…”
Esta es la mitad del recorrido y aún nos quedan meses y muchos kilómetros que hacer.
La furgoneta se para todo el rato y ahora funciona sin la llave en el contacto…
La chica suiza viajará con nosotros y después de otros 3 días y 1500Km. Llegaremos a la parte norte tropical: una media de 30º al día, la única ciudad del territorio norte, cocodrilos, ballenas, arrecifes… es un país que te hace sentir muy pequeño, y a mí muy afortunado de estar aquí y poder compartir con vosotros mi experiencia y que así a través de las palabras compartamos información y quien sabe, igual así aprendemos algo y quién sabe si así seremos un poco mejor personas…
Un fuerte abrazo y hasta pronto.
"Cuando uno viaja, siente de una manera muy práctica el acto de renacer. Se está frente a situaciones nuevas, el dia pasa más lentamente y la mayoría de las veces no se comprende ni el idioma que hablan las personas. Exactamente como una criatura que acaba de salir del vientre materno. Con esto, se concede muchas más importancia a las cosas que nos rodean, porque de ellas depende nuestra propia supervivencia. Uno pasa a ser más accesible a las personas, porque ellas podrán ayudarnos en situaciones difíciles. Y recibe con gran alegría cualquier pequeño favor de los dioses, como si eso fuese un episodio para ser recordado el resto de la vida.
Al mismo tiempo, como todas estas cosas son para nosotros una novedad, uno ve en ellas solamente lo bello y se siente más feliz por estar vivo..." (Paulo Coelho)
Al mismo tiempo, como todas estas cosas son para nosotros una novedad, uno ve en ellas solamente lo bello y se siente más feliz por estar vivo..." (Paulo Coelho)
jueves, 5 de mayo de 2011
martes, 29 de marzo de 2011
"Gira que gira la vida..."
Eran las 9 de la mañana, había dormido unas 6 horas y recién despertado me acercaba a mi nuevo trabajo, una barra a la puerta del centro comercial; sándwiches, batidos, cafés, zumos… una larga barra donde la gente pasa y observa el escaparate lleno de productos en el lugar perfecto para el consumista más exigente. Gente rica que pide el mejor de los servicios. Buenos días! Como siempre decía. Mi encargada, una de esas personas cansadas del trabajo y la vida me respondió con desgana y con esa cara de asco que formaba parte ya de sus facciones. Intenté ignorarla y entré a la cocina para saludar a los otros y recibir unos buenos días sinceros. Salí de nuevo a la barra y veía como la gente esperaba su pedido y observaban cada detalle de su manufacturación. Salí y me puse los guantes de látex cuando mi encargada me dijo sin ni siquiera mirarme lo que debía hacer, lo que quería… nada era lo suficiente bueno o nunca estaba bien hecho, no había nada que discutir o nada que mejorar, simplemente era la rutina del que quiere mostrar autoridad y desahogarse con alguien que cree que es más débil para sentirse más fuerte y contagiar así el asco y la negatividad a aquellos que son felices con sus vidas y hacen de su trabajo un lugar que temer, un lugar donde la jerarquía debe mostrarse como si fuera normal descargar en los nuevos la mierda que ellos recibieron para sentirse mas satisfechos y crear así nuevos esclavos sumisos y obedientes, maquinas para hacer dinero olvidando todo tipo de humanización. O produces o no produces, después te preguntan el nombre… Así pasaban las horas, los días y la semanas, y por pura necesidad, por la ganas que tenía de correr de todo aquello lo antes posible, lo aguantaba y callaba como nunca en mi vida había hecho y pensaba en lo único que en todo aquello me daba a cambio: dinero… Dinero sucio que me ayudaría a comprar las alas para viajar. Al principio no me influía lo más mínimo, pero después de todo aquel tiempo el saco de arena que había cargado en mi espalda con miradas de rabia y odio me pesaba más que nunca y más me convencía de lo que un ser humano tiene que soportar a veces para poder comer y cumplir sus proyectos, lo necesario que es a veces cargar con todo ese pesar dentro de ti cada día y levantarte todas las mañanas odiando todo este sistema de mierda que te obliga a ser esclavo de malas personas y odiarte a ti mismo por ser un cobarde y no ser lo suficientemente valiente para decirle a esa gente todo el daño que hace a los que le rodean.
Una clienta se acercó mientras yo cortaba fruta con desgana, intentando mantenerme siempre ocupado para no tener que enfrentarme con la realidad. Era la hora punta de la mañana en la que los trabajadores paraban para comer algo.
- ¡Buenos días! ¿Como estas?
Levanté la mirada y respondí:
- La verdad que bastante mal. Tengo que aguantar todo el día a mi encargada que es una hijaputa, y lo peor es que sabe que es una hija de puta, lo cual también la convierte en mala persona y por si fuera poco tengo que sonreír cada vez que alguien me pregunta como estoy educadamente cuando en realidad a todo el mundo aquí le importa una mierda, lo único que quieren es su bocadillo y marcharse sintiéndose mejor por haber sido simpáticos con el idiota que se lo ha vendido, falso como todos nosotros… por lo demás bien, gracias.
Entonces sonreí y pregunté:
- ¿Y que va a querer la señora?
Todo el mundo se quedó con la boca abierta, mi encargada me miraba con los ojos fuera de sus órbitas y roja como un tomate, el mundo se paró por unos segundos siendo yo el centro de atención, el ejemplo de sinceridad, dándose todos cuenta de lo poco acostumbrados que estamos a decir y oír la verdad y lo aceptado que está ser mentiroso y mostrarse falso escondiendo lo que de verdad sentimos o pensamos porque a nadie le interesa en realidad nadie más excepto él, y todo el mundo tiene sus problemas así que aceptamos las mentiras de los demás como parte de la rutina para así equilibrar un poco más el día a día y darle un poco más de sentido a una vida que no tiene sentido ninguno ¿Y a quien le importa la verdad? Siempre es mejor escuchar lo que queremos y que el mundo siga girando sin rumbo.
Pero no fue así por desgracia como sucedió…
- ¡Bien! ¿Y tú?
- Bien.
- ¿Qué va a tomar?
Y me vi a mi mismo sonriendo como un gilipollas. Me sentí sucio y mentiroso, me vendí por un puñado de monedas y billetes de papel, mentí por necesidad y cobardía y guardé mi subconsciente en la cartera con el resto del dinero, perdido y apuñalado, siendo igual de triste que toda aquella gente que aunque veía la realidad la cubría de sonrisas mecánicas y preguntas sin respuesta como en un guión de cine y pensé: ¿En que no estamos convirtiendo? Me odié toda la mañana por mentiroso y cobarde y por no haber hecho caso a mi verdadero yo y decir lo que en realidad pensaba, y recordé todas las veces que había discutido con la gente por no luchar contra aquellas pequeñas injusticias del día a día y dejarse pisar de esa manera para seguir manteniendo aquel nivel de vida a cualquier precio, y esta vez fui yo quien permitió todo aquello y callé lleno de rabia e impotencia… así que me fui. Cogí mi mochila y me marché de allí ¡A la mierda el dinero! Nunca más volveré allí ¡Se acabó! No necesito todo ese dinero sucio, tengo todo lo que necesito y debo luchar por mi mismo y seguir mis propios consejos, y ser feliz y valiente, y no dar poder a los que no lo merecen por creerse dueños de tus vidas. Y Me di cuenta que sin querer cada vez caminaba más rápido, cuando más me alejaba más ligero me sentía, llegué dando zancadas a la playa, me senté en la arena y fumé un cigarrillo y sonreí, pero esta vez de verdad…
Aún tengo algo de resaca. Estoy cansado y ayer me despedí por todo lo alto de mi trabajo, mi amiga portuguesa que después de más de dos meses juntos se marchaba a Nueva Zelanda y de Mi abuelita que nos había dejado a todos en la tierra para esperarnos de nuevo en el cielo.
Nos emborrachamos, cantamos, bailamos, paseamos por la ciudad y nos disfrazamos con unas ropas que nos encontramos en la calle. Volvimos a mi nueva casa desde hace dos días en el barrio judío, vivimos 17 personas y 15 de ellas son judíos israelíes ¿Por qué no? Aunque era tarde casi todos estaban despiertos y yo no me lo esperaba, y no conocía a casi nadie, y entré con un chaleco de marinero, sin camiseta y un pañuelo atado a la cintura Seguimos la fiesta hasta que caímos de sueño.
Esta mañana me desperté en la cama con una de mis amigas, la portuguesa me llamó que había perdido su vuelo y ahora me encuentro tumbado en el sofá escribiendo entre los restos de la fiesta y feliz de estar de nuevo de viaje, después de dos meses y pico de trabajar durísimo el cielo está hoy de un color azul intenso y no tengo que tengo que volver a mirarlo desde la barra de aquella jaula, vuelvo a comenzar una vez más, me siento libre y a dos semanas de estar en la carretera, de cruzar el desierto, de ir al norte a conocer las últimas comunidades aborígenes, de bajar por la costa oeste y ver los tiburones ballena y las carreteras kilométricas sin civilización ni cruces durante días...
Todavía recuerdo como si fuera ayer y casi hace un mes desde la última vez que escribí después de quedarme en la calle con la “suerte en el culo”.
La casa que ocupábamos hace unas semanas que iban a demoler y que creíamos que podríamos usar como ducha y cocina, tampoco fue. Nos echaron de allí y nos dieron unas horas para marcharnos y dejar la casa definitivamente. Mi amiga se fue a trabajar así que me quede solo y cuando volví a la casa me obligaron a desocuparla inmediatamente porque iban a trabajar en ella en las próximas horas. Así que la única solución fue recoger todo lo que estaba desperdigado por la casa ya vacía; lo mío y lo de mi compañera, y llevarlo todo a la furgoneta que estaba unas calles más allá. Así que sudando e intentando recoger lo que tenía importancia e intentando adivinar lo que era de mi amiga o no, lo empaqueté todo como pude y corrí hacia la furgoneta cargado de cosas, hice varios viajes, estaba agotado… corría, cogía una caja, me colgaba unas toallas y volvía a la furgoneta, después lo tiraba como podía dentro de ella, que desastre… me daban ganas de llorar, después de aquel puto fin de semana me tocaba ahora desalojar la casa en unos minutos y cuando mas cansado estaba, empezó a llover, procuré ignorarla y seguí dando vueltas con las cosas y de repente una de las puertas de la furgoneta se quedó atascada, no podría cerrarla, no podía dejar la furgoneta abierta, y llovía… apoyé la frente sobre la puerta, solté las cosas e intenté tranquilizarme ¡Venga! ¡No puedes derrumbarte ahora! La cerré como pude y entre aquel montón de maletas, toallas y todo tipo de utensilios me senté y fumé un cigarro mirando la lluvia ¿Qué voy ha hacer ahora? Pensé…
Intenté buscar trabajo sin muchas ganas ni persistencia, estaba harto de la ciudad y quería irme a ver la naturaleza, estar dentro del país, conocer a los locales en un ambiente tranquilo. Busqué en Internet y contacté con una amiga para irme a recoger fruta a las granjas. Era la época de los melocotones y las peras. Llamé a otra amiga que pasaba aquellos días por la ciudad y vivía a mitad de camino entre Melbourne y el estado norte de: “New South Wales”. Me recogió después del trabajo y llegamos por la noche a un pueblecito llamado Bendigo, me dijo que en la noche manadas de canguros cruzaban las carreteras y había que conducir con cuidado pero no vimos ninguno.
Bendigo fue uno de aquellos pueblos en plena fiebre del oro que se construyó expresamente para los trabajadores y sus familias y los inmigrantes que venían sobre todo de China en busca de riqueza.
A la mañana siguiente conducimos hacia el norte cruzando casi todo el estado de “Victoria” viendo por primera vez el paisaje árido y las carreteras rectas que no giraban nunca. Vimos un pobre canguro atropellado y cuando llegamos preguntamos por la recogida de fruta, por las granjas… los pueblos parecían del oeste y descubrimos que la temporada terminaba en tres semanas, no era suficiente… Volvimos a Bendigo cuando mi amiga española me llamó para una entrevista en una cafetería, y es que había pasado la última semana aprendiendo hacer café al “estilo Australiano”: hacen una crema con la leche colocando la jarra en una posición y controlando la presión con la otra mano, sin burbujas y lo suficiente espesa como para que no rebose y suficientemente caliente como para poder coger el vaso sin quemarse ¡El café perfecto! Macciato, latte, capuchino, short Black… Así que aprendí todo aquello y cuando recibí la noticia en Bendigo cogí un tren, me despedí de mi amiga y volví a Melbourne llegando justo para la entrevista. Entré y sin decirme nada me pusieron unos guantes de látex y ahí estaba en la barra de los sándwiches contento por fin de tener un trabajo y sin saber aún que me iría en un mes para escribir todo esto. Probaron mi café y les gustó.
Seguí viviendo en la furgoneta, duchas frías en la playa y afeitados en los baños públicos. Ahorraba todo lo que ganaba trabajando más de 12 horas todos los días y aprendí a vivir así: trabajo, trabajo, trabajo…
Han sido unos meses locos e intensos sobretodo, me ha parece que fue un año que llegué aquí y no es más que el principio. No sabría decir si mi suerte mejoró o ha mejorado, pero sí que me siento más feliz, más desahogado y tranquilo. Con un dinero para los próximos meses, una furgoneta “casi” arreglada y unos nuevos amigos con los que viajar… nos juntaremos todos en un festival el 29 de Abril en medio del desierto, en el centro de Australia, en la gran roca… creo que voy a trabajar en él, o no… ¿Quién sabe? Otro nuevo giro, otro comienzo, nuevas personas y el principio del gran viaje, estamos muy emocionados y no paramos de hablar de todas las cosas que queremos hacer, jugando y riendo como niños que creen que son personajes de un cuento. Y todo esto no es más que un cuento, mi cuento, mi historia que no siempre es un camino de flores, pero nunca aburrida y con más fuerza aún porque se que estoy vivo y quiero dedicar este viaje a los abuelitos que ya no están, que se fueron y que ahora se encuentran juntos en otro viaje dejando atrás otro cuento, otra historia y las raíces de los próximos para que éste nunca se acabe y gire y gire la vida…
Una clienta se acercó mientras yo cortaba fruta con desgana, intentando mantenerme siempre ocupado para no tener que enfrentarme con la realidad. Era la hora punta de la mañana en la que los trabajadores paraban para comer algo.
- ¡Buenos días! ¿Como estas?
Levanté la mirada y respondí:
- La verdad que bastante mal. Tengo que aguantar todo el día a mi encargada que es una hijaputa, y lo peor es que sabe que es una hija de puta, lo cual también la convierte en mala persona y por si fuera poco tengo que sonreír cada vez que alguien me pregunta como estoy educadamente cuando en realidad a todo el mundo aquí le importa una mierda, lo único que quieren es su bocadillo y marcharse sintiéndose mejor por haber sido simpáticos con el idiota que se lo ha vendido, falso como todos nosotros… por lo demás bien, gracias.
Entonces sonreí y pregunté:
- ¿Y que va a querer la señora?
Todo el mundo se quedó con la boca abierta, mi encargada me miraba con los ojos fuera de sus órbitas y roja como un tomate, el mundo se paró por unos segundos siendo yo el centro de atención, el ejemplo de sinceridad, dándose todos cuenta de lo poco acostumbrados que estamos a decir y oír la verdad y lo aceptado que está ser mentiroso y mostrarse falso escondiendo lo que de verdad sentimos o pensamos porque a nadie le interesa en realidad nadie más excepto él, y todo el mundo tiene sus problemas así que aceptamos las mentiras de los demás como parte de la rutina para así equilibrar un poco más el día a día y darle un poco más de sentido a una vida que no tiene sentido ninguno ¿Y a quien le importa la verdad? Siempre es mejor escuchar lo que queremos y que el mundo siga girando sin rumbo.
Pero no fue así por desgracia como sucedió…
- ¡Bien! ¿Y tú?
- Bien.
- ¿Qué va a tomar?
Y me vi a mi mismo sonriendo como un gilipollas. Me sentí sucio y mentiroso, me vendí por un puñado de monedas y billetes de papel, mentí por necesidad y cobardía y guardé mi subconsciente en la cartera con el resto del dinero, perdido y apuñalado, siendo igual de triste que toda aquella gente que aunque veía la realidad la cubría de sonrisas mecánicas y preguntas sin respuesta como en un guión de cine y pensé: ¿En que no estamos convirtiendo? Me odié toda la mañana por mentiroso y cobarde y por no haber hecho caso a mi verdadero yo y decir lo que en realidad pensaba, y recordé todas las veces que había discutido con la gente por no luchar contra aquellas pequeñas injusticias del día a día y dejarse pisar de esa manera para seguir manteniendo aquel nivel de vida a cualquier precio, y esta vez fui yo quien permitió todo aquello y callé lleno de rabia e impotencia… así que me fui. Cogí mi mochila y me marché de allí ¡A la mierda el dinero! Nunca más volveré allí ¡Se acabó! No necesito todo ese dinero sucio, tengo todo lo que necesito y debo luchar por mi mismo y seguir mis propios consejos, y ser feliz y valiente, y no dar poder a los que no lo merecen por creerse dueños de tus vidas. Y Me di cuenta que sin querer cada vez caminaba más rápido, cuando más me alejaba más ligero me sentía, llegué dando zancadas a la playa, me senté en la arena y fumé un cigarrillo y sonreí, pero esta vez de verdad…
Aún tengo algo de resaca. Estoy cansado y ayer me despedí por todo lo alto de mi trabajo, mi amiga portuguesa que después de más de dos meses juntos se marchaba a Nueva Zelanda y de Mi abuelita que nos había dejado a todos en la tierra para esperarnos de nuevo en el cielo.
Nos emborrachamos, cantamos, bailamos, paseamos por la ciudad y nos disfrazamos con unas ropas que nos encontramos en la calle. Volvimos a mi nueva casa desde hace dos días en el barrio judío, vivimos 17 personas y 15 de ellas son judíos israelíes ¿Por qué no? Aunque era tarde casi todos estaban despiertos y yo no me lo esperaba, y no conocía a casi nadie, y entré con un chaleco de marinero, sin camiseta y un pañuelo atado a la cintura Seguimos la fiesta hasta que caímos de sueño.
Esta mañana me desperté en la cama con una de mis amigas, la portuguesa me llamó que había perdido su vuelo y ahora me encuentro tumbado en el sofá escribiendo entre los restos de la fiesta y feliz de estar de nuevo de viaje, después de dos meses y pico de trabajar durísimo el cielo está hoy de un color azul intenso y no tengo que tengo que volver a mirarlo desde la barra de aquella jaula, vuelvo a comenzar una vez más, me siento libre y a dos semanas de estar en la carretera, de cruzar el desierto, de ir al norte a conocer las últimas comunidades aborígenes, de bajar por la costa oeste y ver los tiburones ballena y las carreteras kilométricas sin civilización ni cruces durante días...
Todavía recuerdo como si fuera ayer y casi hace un mes desde la última vez que escribí después de quedarme en la calle con la “suerte en el culo”.
La casa que ocupábamos hace unas semanas que iban a demoler y que creíamos que podríamos usar como ducha y cocina, tampoco fue. Nos echaron de allí y nos dieron unas horas para marcharnos y dejar la casa definitivamente. Mi amiga se fue a trabajar así que me quede solo y cuando volví a la casa me obligaron a desocuparla inmediatamente porque iban a trabajar en ella en las próximas horas. Así que la única solución fue recoger todo lo que estaba desperdigado por la casa ya vacía; lo mío y lo de mi compañera, y llevarlo todo a la furgoneta que estaba unas calles más allá. Así que sudando e intentando recoger lo que tenía importancia e intentando adivinar lo que era de mi amiga o no, lo empaqueté todo como pude y corrí hacia la furgoneta cargado de cosas, hice varios viajes, estaba agotado… corría, cogía una caja, me colgaba unas toallas y volvía a la furgoneta, después lo tiraba como podía dentro de ella, que desastre… me daban ganas de llorar, después de aquel puto fin de semana me tocaba ahora desalojar la casa en unos minutos y cuando mas cansado estaba, empezó a llover, procuré ignorarla y seguí dando vueltas con las cosas y de repente una de las puertas de la furgoneta se quedó atascada, no podría cerrarla, no podía dejar la furgoneta abierta, y llovía… apoyé la frente sobre la puerta, solté las cosas e intenté tranquilizarme ¡Venga! ¡No puedes derrumbarte ahora! La cerré como pude y entre aquel montón de maletas, toallas y todo tipo de utensilios me senté y fumé un cigarro mirando la lluvia ¿Qué voy ha hacer ahora? Pensé…
Intenté buscar trabajo sin muchas ganas ni persistencia, estaba harto de la ciudad y quería irme a ver la naturaleza, estar dentro del país, conocer a los locales en un ambiente tranquilo. Busqué en Internet y contacté con una amiga para irme a recoger fruta a las granjas. Era la época de los melocotones y las peras. Llamé a otra amiga que pasaba aquellos días por la ciudad y vivía a mitad de camino entre Melbourne y el estado norte de: “New South Wales”. Me recogió después del trabajo y llegamos por la noche a un pueblecito llamado Bendigo, me dijo que en la noche manadas de canguros cruzaban las carreteras y había que conducir con cuidado pero no vimos ninguno.
Bendigo fue uno de aquellos pueblos en plena fiebre del oro que se construyó expresamente para los trabajadores y sus familias y los inmigrantes que venían sobre todo de China en busca de riqueza.
A la mañana siguiente conducimos hacia el norte cruzando casi todo el estado de “Victoria” viendo por primera vez el paisaje árido y las carreteras rectas que no giraban nunca. Vimos un pobre canguro atropellado y cuando llegamos preguntamos por la recogida de fruta, por las granjas… los pueblos parecían del oeste y descubrimos que la temporada terminaba en tres semanas, no era suficiente… Volvimos a Bendigo cuando mi amiga española me llamó para una entrevista en una cafetería, y es que había pasado la última semana aprendiendo hacer café al “estilo Australiano”: hacen una crema con la leche colocando la jarra en una posición y controlando la presión con la otra mano, sin burbujas y lo suficiente espesa como para que no rebose y suficientemente caliente como para poder coger el vaso sin quemarse ¡El café perfecto! Macciato, latte, capuchino, short Black… Así que aprendí todo aquello y cuando recibí la noticia en Bendigo cogí un tren, me despedí de mi amiga y volví a Melbourne llegando justo para la entrevista. Entré y sin decirme nada me pusieron unos guantes de látex y ahí estaba en la barra de los sándwiches contento por fin de tener un trabajo y sin saber aún que me iría en un mes para escribir todo esto. Probaron mi café y les gustó.
Seguí viviendo en la furgoneta, duchas frías en la playa y afeitados en los baños públicos. Ahorraba todo lo que ganaba trabajando más de 12 horas todos los días y aprendí a vivir así: trabajo, trabajo, trabajo…
Han sido unos meses locos e intensos sobretodo, me ha parece que fue un año que llegué aquí y no es más que el principio. No sabría decir si mi suerte mejoró o ha mejorado, pero sí que me siento más feliz, más desahogado y tranquilo. Con un dinero para los próximos meses, una furgoneta “casi” arreglada y unos nuevos amigos con los que viajar… nos juntaremos todos en un festival el 29 de Abril en medio del desierto, en el centro de Australia, en la gran roca… creo que voy a trabajar en él, o no… ¿Quién sabe? Otro nuevo giro, otro comienzo, nuevas personas y el principio del gran viaje, estamos muy emocionados y no paramos de hablar de todas las cosas que queremos hacer, jugando y riendo como niños que creen que son personajes de un cuento. Y todo esto no es más que un cuento, mi cuento, mi historia que no siempre es un camino de flores, pero nunca aburrida y con más fuerza aún porque se que estoy vivo y quiero dedicar este viaje a los abuelitos que ya no están, que se fueron y que ahora se encuentran juntos en otro viaje dejando atrás otro cuento, otra historia y las raíces de los próximos para que éste nunca se acabe y gire y gire la vida…
viernes, 25 de febrero de 2011
La suerte en el culo y pingüinos en la playa...Segunda parte
Todo empezó como el presagio del vuelco que daría mi vida en los días posteriores cuando cogí la furgoneta por primera vez hará alrededor de una semana y media. Salí con mi amigo de Portugal, antiguo dueño de la “furgo” y su novia de Alemania a conducir por las calles traseras de la casa donde nunca hay mucho tráfico. Yo no estaba muy convencido porque aquí como antigua colonia inglesa que es, se conduce por la izquierda, el volante está a la derecha y las marchas las cambias con tu mano zurda a la altura del volante. Así que como algún día tenía que empezar, mejor con ellos que solo, subí en mi furgoneta de 24 años, me senté en el asiento del copiloto, cambiando las marchas con mi mano tonta y conduciendo por el lado contrario y como por primera vez, me sudaban las manos al volante. Entre risas y nerviosismo y con una pequeña caravana que formamos tras nosotros, decidimos parar a un lado para dejar pasar a los coches ¡Lo haces muy bien! Decían, y yo sudaba como un pollo. Y entonces en aquella calle que no pasaba nada ni nadie, pasó y resultó que había alguien. Reanudé la marcha y como no controlaba mi parte izquierda porque conducía al otro lado, noté como golpeé uno de los coches que estaban aparcados. Nos miramos y alguien dijo: ¡Corre, corre! Y con la velocidad de un auténtico principiante, convertimos la fuga de alcatraz en una distancia de tres metros cuando la única persona que había en la calle se encontraba dentro del coche que chocamos y empezó a pitar con fuerza. Volvimos a mirarnos y dijeron: Para… Paré y bajamos. El hombre del coche bajó y vimos que se trataba de una pequeñísima hendidura en la parte de atrás. Intentamos disuadirlo con sonrisas y mil perdones e incluso creo que mi amiga utilizó sus armas de mujer. No hubo manera, así que sin carnet de conducir ni seguro, lo mejor era callar y atenerse a las consecuencias. Intercambiamos teléfonos, mi amigo dio su número de pasaporte para más seguridad y decidimos llamarnos en los próximos días para arreglar el accidente. Volvimos a la furgoneta y mi amigo siguió conduciendo, hablamos de la minucia, de la insignificante rozadura que no sería nada, nos reímos, (yo no tanto). Y después del exitoso estreno de la furgoneta volvieron para dejarme en casa. Me senté en el sofá de mi terraza y hablé sin mucha preocupación del pequeño accidente en la carretera. No será nada… decían. Pero lo que ninguno sabía, y menos yo, era que todo aquello fue como un sueño premonitorio de lo que sería una semana no menos que agitada, y en la que la suerte con la que me había recibido el país al principio me hubiera dejado abandonado en las manos de algún brujo con muy mala leche…
Días después, exactamente el mismo día en el que cumplía un mes en Melbourne, mi amiga alemana me despertó a las 7 de la mañana para pedirme las llaves de la furgoneta y llevar a nuestra otra compañera al trabajo porque se había quedado dormida. Se las dí, y después de varios intentos, desperté con una sensación extraña que no me dejó volver a dormir y la verdad que lo mejor aquel día hubiera sido quedarme en la cama. Me levanté al de un rato y decidí ir a la biblioteca para conectarme a Internet y hablar con mi familia aprovechando que era una hora en la que no es demasiado tarde para pillarlos despiertos debido a la diferencia horaria. Así que ignorando el sentimiento mañanero cogí mi bici y mi ordenador y unos metros más adelante mi amiga estaba empujando la furgoneta en medio de la carretera con otro hombre que la ayudaba. ¡¿Qué ha pasado?! Nada… Dejé la bici y ayudé a empujar. Ella conducía, el hombre indicaba y yo me cagaba en lo más barrido. Medio aparcamos la furgoneta en la calle de atrás. Ella me explico que se apagó de repente y sin razón. Será la falta de gasolina…dijo. Volvimos a casa, y dejé el ordenador. Cuando llamaron al teléfono, minutos después descubrí que aquella minucia insignificante que hicimos en el coche serían 380$... Llamé a mi amigo que se encontraba al otro lado del país a punto de volar a Bali. Sin seguro, ni carnet, lo mejor era pagarlo ¡De puta madre! Fui a la gasolinera con un bidón y lo llené de gasolina, lo llevé entre malabarismos junto al manillar de la bicicleta, que después de construir un embudo casero eché en el depósito de la furgoneta. Giré la llave y sin resultado… Volví a casa. Será la batería… En un par de días deberíamos dejar la casa donde habíamos vivido porque la iban a remodelar de arriba abajo. Mis compañeros habían encontrado una al otro lado de la ciudad que supondría una hora y media cada día para ir al trabajo, así que mi amiga portuguesa y yo teníamos medio apalabrada otra casa muy barata y muy cerca de esta última. Fuimos a verla y acabamos por darnos cuenta que lo que no teníamos era dinero y por consiguiente tampoco casa. Volvía casa con el ánimo arrastras, sin casa, sin furgoneta y sin una parte de mis ahorros, e intentaron animarme justificando que sólo se trataba de un mal día, así que destrozado, decidí echarme una siesta que todo lo cura, y cuando despertara lo vería todo distinto. Una hora después seguía sin saber que las cosas no sólo no mejorarían sino que irían a peor. Me levanté de la cama por segunda vez aquel día con un hálito de esperanza y llamé a mi segundo trabajo para pedir el horario de aquella semana y me dijeron que de tres días que trabajaba sólo tenía apuntado uno y que debería preguntar a mi encargado sobre el resto, una respuesta que me olió muy mal, debido a que sabía que necesitaban gente y había mucho trabajo que hacer, y quise pensar que era consecuencia de que tenía una actitud negativa ante lo que sería una confusión y un detalle sin importancia otro día cualquiera. Colgué sin poder evitar procurarme por un trabajo que odiaba pero que me daba gran parte del dinero necesario para mi viaje y lo ignoré. Todos estaban en la terraza y mi amiga portuguesa que se había hecho amiga de los obreros que harían el trabajo de la remodelación, sugirió que si no encontrábamos a nadie par alquilar la casa podríamos usar ésta para ducharnos y cocinar y durmiendo en la furgoneta durante un par de semanas más con su consentimiento hasta que empezaran a trabajar. Hice un ruido que significaba: (Qué otra opción tenemos…) E intenté buscar entre mis conocidos alguien que quisiera alquilar la casa que habíamos encontrado y dejarnos estar en ella durante unas semanas antes de empezar el viaje. No hubo suerte y volví a casa como un sonámbulo para vestirme e irme al primer trabajo que era lo único que me quedaba seguro. Estuvo muy lleno y yo quería correr fuera de allí, pero por desgracia, no me quedaba más remedio que concentrarme y hacer mas llevadero algo que debía afrontar por pura necesidad de supervivencia. Acabé, y con el corazón en un puño fui seguidamente a mi otro trabajo y subí a la oficina para resolver el enigma de los días restantes. Afortunadamente fue como creí, una confusión. Trabajé toda la noche y después de 12 horas de intenso trabajo, salí a la mañana siguiente como si hubiera recibido una paliza y fui a casa soñando con el momento de meterme en la cama y dejar mis preocupaciones descansar en los reinos del subconsciente. Soñé que estaba despierto y despertaba creyendo que soñaba. Dos horas después los gritos, la música y el ruido me recordaron que era el día de la mudanza y el último en la casa. Levantado por unas cuerdas invisibles, me comportaba como una marioneta soñolienta y confundida que intentaba ayudar a mover las interminables cajas y electrodomésticos que había por todas partes. Un par de horas después compré el desayuno y en el descanso me retiré a dormir a la casa vecina y antigua casa “Okupa”. Me tiré en el viejo colchón y por primera vez en días dormí algunas horas en paz. 4 horas después un poco más descansado volví al trabajo con las ojeras amoratadas y la sonrisa a sabiendas que sería el último día en la discoteca hasta el próximo fin de semana y me llenaba de satisfacción saber que después de aquella largas noche volaría hasta la cama y me despertaría cuando me viniera en gana, y así poder afrontar mejor la nueva situación en la que me encontraba. 14 Horas después y cada vez más animado ante el acercamiento de la hora de salir de allí me llamaron de la oficina. Subí tranquilamente y alabando inserviblemente mi trabajo me dijeron que lo sentían, que por culpa de la visa no podría seguir trabajando allí, que era un gran problema para ellos y para mí, que volvería si de alguna manera las cosas cambiaban, y que tendría mi puesto asegurado a la vuelta. Cogí mi dinero y nos dimos la mano. Salí despidiéndome de todos sabiendo la imposibilidad de un cambio y consciente de que sería la última vez que les vería. Abrí las puertas y de la oscuridad y la música “house”, pasé a la claridad del cielo recién amanecido. Y sin poder creer nada de lo que me estaba pasando, en vez de gritar o llorar desconsoladamente me sentí extrañamente bien. Miré al cielo azulado y sudoroso con los ojos entreabiertos como si en aquel momento en que las cosas no podrían ir peor, un nuevo día me ofreciera un nuevo comienzo. No tenía sueño, y con un dinero en el bolsillo que no sabía hasta cuando me duraría paseé media hora hasta casa, cansado y tranquilo veía a los loros multicolores jugando mientras volaban sobre mí entre los árboles del camino, sentía como si me hubiera quitado un peso de encima, una piedrita en el zapato que de alguna manera me sorprendía a mi mismo al ver algo positivo en todo aquello. Llegué a casa en el silencio de la mañana y entré en la que fue el primer hogar que encontré, completamente vacío con algunas cajas o algún zapato que alguna vez perteneció a alguien llenaban el silencio de los pasillos y caminando entre el esqueleto de la antigua casa que parecía de otro, abrí la puerta del fondo donde mi amiga y dos mochileros israelíes que viajaban a Nueva Zelanda en unas horas, dormían en sus sacos sobre el suelo desnudo de la habitación donde pasábamos las noches hablando y viendo películas. Cerré la puerta con cierta ternura como el padre que despide a sus hijos antes de irse a dormir y volví sobre mis pasos a la terraza mágica en la que solo quedaba un sillón destrozado suficiente para sentarme y beber una cerveza con un cigarrillo y con un cierto sentimiento de tristeza parecía estar celebrando un poco de paz y equilibrio después de los días que me parecían semanas hasta que los ojos empezaron a cerrarse de puro cansancio.
Dormí y desperté al mediodía, me despedí de los israelíes y volví a dormir. Mi amiga me despertó con un beso y un abrazo que necesitaba y el sol alumbraba con dificultad tras los edificios. Nos vestimos y decidí que para que no nos inundara la soledad de una casa que estuvo tan llena podríamos ir a la playa, ver la puesta de sol y los pingüinos que habíamos oído volvían a la costa al atardecer. Llevamos las cámaras sin batería y paseamos como dos viejitos agarrados por la playa viendo al sol apagarse en el mar. El viento fuerte y con olor a sal nos frenaba a cada paso y caminando despacio preguntábamos a los pescadores por la calita donde aparecían los pingüinos. Hablábamos de lo que fue y hacíamos planes que nos animaban, nos reíamos de lo que parecía un cuento pasado, tan real como presente y despreocupados caminamos entre las rocas dónde en una pequeña franja de arena la gente esperaba sentada a que vinieran… Una señora nos mostraba por primera vez con la luz de una linterna una pareja de pingüinos que habían pasado por debajo del muelle y se habían resguardado entre las rocas para pasar la noche, señalábamos emocionados y con el sol ya desaparecido empezaron a llegar aun más a la calita donde caminaban como niños pequeños para esconderse en la rocas donde a veces se asomaban y salían dando saltitos paseando como estrellas de cine entre nosotros, tan cerca y natural como nunca antes había visto. También había una especia de marmotas que asomaban la cabeza nadando como perros hacia los lados y me gusto mucho el respeto que la gente tenía a los animales, simplemente observando y siendo observados como en un zoo sin jaulas, extrañados y sorprendidos de verlos tan cerca y a sus anchas, estuvimos hasta que la oscuridad de la noche no nos dejaba ver más que sus panzas blancas moverse entre los agujeros. Me pareció increíble saber que había pingüinos a 5 minutos de mi casa y haber visto los loros de la mañana me recordó porque había venido, y me dio fuerza para poder olvidar los días pasados y darme cuenta de que lo peor no era que hubiera desaparecido todo el imperio que me había costado un mes construir tan trabajoso en los principios, o la estabilidad tan difícil de encontrar cuando viajas a un lugar desconocido lamentándome por ser tan desafortunado…, si no la tristeza de saber que todos los planes tan cercanos que casi podía tocarlos estaban ahora un poco mas lejos y distorsionados. Ahora que todo ha cambiado me toca empezar de nuevo desde cero y aun así no puedo quejarme porque con la suerte en el culo, vi pingüinos en la playa…
Días después, exactamente el mismo día en el que cumplía un mes en Melbourne, mi amiga alemana me despertó a las 7 de la mañana para pedirme las llaves de la furgoneta y llevar a nuestra otra compañera al trabajo porque se había quedado dormida. Se las dí, y después de varios intentos, desperté con una sensación extraña que no me dejó volver a dormir y la verdad que lo mejor aquel día hubiera sido quedarme en la cama. Me levanté al de un rato y decidí ir a la biblioteca para conectarme a Internet y hablar con mi familia aprovechando que era una hora en la que no es demasiado tarde para pillarlos despiertos debido a la diferencia horaria. Así que ignorando el sentimiento mañanero cogí mi bici y mi ordenador y unos metros más adelante mi amiga estaba empujando la furgoneta en medio de la carretera con otro hombre que la ayudaba. ¡¿Qué ha pasado?! Nada… Dejé la bici y ayudé a empujar. Ella conducía, el hombre indicaba y yo me cagaba en lo más barrido. Medio aparcamos la furgoneta en la calle de atrás. Ella me explico que se apagó de repente y sin razón. Será la falta de gasolina…dijo. Volvimos a casa, y dejé el ordenador. Cuando llamaron al teléfono, minutos después descubrí que aquella minucia insignificante que hicimos en el coche serían 380$... Llamé a mi amigo que se encontraba al otro lado del país a punto de volar a Bali. Sin seguro, ni carnet, lo mejor era pagarlo ¡De puta madre! Fui a la gasolinera con un bidón y lo llené de gasolina, lo llevé entre malabarismos junto al manillar de la bicicleta, que después de construir un embudo casero eché en el depósito de la furgoneta. Giré la llave y sin resultado… Volví a casa. Será la batería… En un par de días deberíamos dejar la casa donde habíamos vivido porque la iban a remodelar de arriba abajo. Mis compañeros habían encontrado una al otro lado de la ciudad que supondría una hora y media cada día para ir al trabajo, así que mi amiga portuguesa y yo teníamos medio apalabrada otra casa muy barata y muy cerca de esta última. Fuimos a verla y acabamos por darnos cuenta que lo que no teníamos era dinero y por consiguiente tampoco casa. Volvía casa con el ánimo arrastras, sin casa, sin furgoneta y sin una parte de mis ahorros, e intentaron animarme justificando que sólo se trataba de un mal día, así que destrozado, decidí echarme una siesta que todo lo cura, y cuando despertara lo vería todo distinto. Una hora después seguía sin saber que las cosas no sólo no mejorarían sino que irían a peor. Me levanté de la cama por segunda vez aquel día con un hálito de esperanza y llamé a mi segundo trabajo para pedir el horario de aquella semana y me dijeron que de tres días que trabajaba sólo tenía apuntado uno y que debería preguntar a mi encargado sobre el resto, una respuesta que me olió muy mal, debido a que sabía que necesitaban gente y había mucho trabajo que hacer, y quise pensar que era consecuencia de que tenía una actitud negativa ante lo que sería una confusión y un detalle sin importancia otro día cualquiera. Colgué sin poder evitar procurarme por un trabajo que odiaba pero que me daba gran parte del dinero necesario para mi viaje y lo ignoré. Todos estaban en la terraza y mi amiga portuguesa que se había hecho amiga de los obreros que harían el trabajo de la remodelación, sugirió que si no encontrábamos a nadie par alquilar la casa podríamos usar ésta para ducharnos y cocinar y durmiendo en la furgoneta durante un par de semanas más con su consentimiento hasta que empezaran a trabajar. Hice un ruido que significaba: (Qué otra opción tenemos…) E intenté buscar entre mis conocidos alguien que quisiera alquilar la casa que habíamos encontrado y dejarnos estar en ella durante unas semanas antes de empezar el viaje. No hubo suerte y volví a casa como un sonámbulo para vestirme e irme al primer trabajo que era lo único que me quedaba seguro. Estuvo muy lleno y yo quería correr fuera de allí, pero por desgracia, no me quedaba más remedio que concentrarme y hacer mas llevadero algo que debía afrontar por pura necesidad de supervivencia. Acabé, y con el corazón en un puño fui seguidamente a mi otro trabajo y subí a la oficina para resolver el enigma de los días restantes. Afortunadamente fue como creí, una confusión. Trabajé toda la noche y después de 12 horas de intenso trabajo, salí a la mañana siguiente como si hubiera recibido una paliza y fui a casa soñando con el momento de meterme en la cama y dejar mis preocupaciones descansar en los reinos del subconsciente. Soñé que estaba despierto y despertaba creyendo que soñaba. Dos horas después los gritos, la música y el ruido me recordaron que era el día de la mudanza y el último en la casa. Levantado por unas cuerdas invisibles, me comportaba como una marioneta soñolienta y confundida que intentaba ayudar a mover las interminables cajas y electrodomésticos que había por todas partes. Un par de horas después compré el desayuno y en el descanso me retiré a dormir a la casa vecina y antigua casa “Okupa”. Me tiré en el viejo colchón y por primera vez en días dormí algunas horas en paz. 4 horas después un poco más descansado volví al trabajo con las ojeras amoratadas y la sonrisa a sabiendas que sería el último día en la discoteca hasta el próximo fin de semana y me llenaba de satisfacción saber que después de aquella largas noche volaría hasta la cama y me despertaría cuando me viniera en gana, y así poder afrontar mejor la nueva situación en la que me encontraba. 14 Horas después y cada vez más animado ante el acercamiento de la hora de salir de allí me llamaron de la oficina. Subí tranquilamente y alabando inserviblemente mi trabajo me dijeron que lo sentían, que por culpa de la visa no podría seguir trabajando allí, que era un gran problema para ellos y para mí, que volvería si de alguna manera las cosas cambiaban, y que tendría mi puesto asegurado a la vuelta. Cogí mi dinero y nos dimos la mano. Salí despidiéndome de todos sabiendo la imposibilidad de un cambio y consciente de que sería la última vez que les vería. Abrí las puertas y de la oscuridad y la música “house”, pasé a la claridad del cielo recién amanecido. Y sin poder creer nada de lo que me estaba pasando, en vez de gritar o llorar desconsoladamente me sentí extrañamente bien. Miré al cielo azulado y sudoroso con los ojos entreabiertos como si en aquel momento en que las cosas no podrían ir peor, un nuevo día me ofreciera un nuevo comienzo. No tenía sueño, y con un dinero en el bolsillo que no sabía hasta cuando me duraría paseé media hora hasta casa, cansado y tranquilo veía a los loros multicolores jugando mientras volaban sobre mí entre los árboles del camino, sentía como si me hubiera quitado un peso de encima, una piedrita en el zapato que de alguna manera me sorprendía a mi mismo al ver algo positivo en todo aquello. Llegué a casa en el silencio de la mañana y entré en la que fue el primer hogar que encontré, completamente vacío con algunas cajas o algún zapato que alguna vez perteneció a alguien llenaban el silencio de los pasillos y caminando entre el esqueleto de la antigua casa que parecía de otro, abrí la puerta del fondo donde mi amiga y dos mochileros israelíes que viajaban a Nueva Zelanda en unas horas, dormían en sus sacos sobre el suelo desnudo de la habitación donde pasábamos las noches hablando y viendo películas. Cerré la puerta con cierta ternura como el padre que despide a sus hijos antes de irse a dormir y volví sobre mis pasos a la terraza mágica en la que solo quedaba un sillón destrozado suficiente para sentarme y beber una cerveza con un cigarrillo y con un cierto sentimiento de tristeza parecía estar celebrando un poco de paz y equilibrio después de los días que me parecían semanas hasta que los ojos empezaron a cerrarse de puro cansancio.
Dormí y desperté al mediodía, me despedí de los israelíes y volví a dormir. Mi amiga me despertó con un beso y un abrazo que necesitaba y el sol alumbraba con dificultad tras los edificios. Nos vestimos y decidí que para que no nos inundara la soledad de una casa que estuvo tan llena podríamos ir a la playa, ver la puesta de sol y los pingüinos que habíamos oído volvían a la costa al atardecer. Llevamos las cámaras sin batería y paseamos como dos viejitos agarrados por la playa viendo al sol apagarse en el mar. El viento fuerte y con olor a sal nos frenaba a cada paso y caminando despacio preguntábamos a los pescadores por la calita donde aparecían los pingüinos. Hablábamos de lo que fue y hacíamos planes que nos animaban, nos reíamos de lo que parecía un cuento pasado, tan real como presente y despreocupados caminamos entre las rocas dónde en una pequeña franja de arena la gente esperaba sentada a que vinieran… Una señora nos mostraba por primera vez con la luz de una linterna una pareja de pingüinos que habían pasado por debajo del muelle y se habían resguardado entre las rocas para pasar la noche, señalábamos emocionados y con el sol ya desaparecido empezaron a llegar aun más a la calita donde caminaban como niños pequeños para esconderse en la rocas donde a veces se asomaban y salían dando saltitos paseando como estrellas de cine entre nosotros, tan cerca y natural como nunca antes había visto. También había una especia de marmotas que asomaban la cabeza nadando como perros hacia los lados y me gusto mucho el respeto que la gente tenía a los animales, simplemente observando y siendo observados como en un zoo sin jaulas, extrañados y sorprendidos de verlos tan cerca y a sus anchas, estuvimos hasta que la oscuridad de la noche no nos dejaba ver más que sus panzas blancas moverse entre los agujeros. Me pareció increíble saber que había pingüinos a 5 minutos de mi casa y haber visto los loros de la mañana me recordó porque había venido, y me dio fuerza para poder olvidar los días pasados y darme cuenta de que lo peor no era que hubiera desaparecido todo el imperio que me había costado un mes construir tan trabajoso en los principios, o la estabilidad tan difícil de encontrar cuando viajas a un lugar desconocido lamentándome por ser tan desafortunado…, si no la tristeza de saber que todos los planes tan cercanos que casi podía tocarlos estaban ahora un poco mas lejos y distorsionados. Ahora que todo ha cambiado me toca empezar de nuevo desde cero y aun así no puedo quejarme porque con la suerte en el culo, vi pingüinos en la playa…
jueves, 24 de febrero de 2011
La suerte en el culo y pingüinos en la playa...Primera parte
Hace semanas que no escribo y fue debido a que no tenía mucho que escribir. Mi vida fue pura rutina y trabajo, mucho trabajo. No quiere decir que no estaría disfrutando, pero dentro de la comodidad y la vida sin sobresaltos que ofrece la estabilidad. Tenía dos trabajos con los que en un mes haría el suficiente dinero para viajar sin preocupaciones el resto de mi viaje en Australia, había comprado la furgoneta y con una casa en la que no pagaba ningún tipo de renta, ahorraba todo el dinero que cada semana recibía.
Pero en uno se esos saltos que a veces da el tiempo sin previo aviso, desequilibró todo el imperio que había montado durante mi tiempo aquí, desbarató todos mis planes y mi suerte dio un vuelco de 360º, dejándome completamente con el culo al aire… Viajando te encuentras a veces en situaciones difíciles que debes afrontar por simple instinto de supervivencia, pero nunca antes, durante todos estos años cambió todo tan de repente y de una manera tan drástica. Hoy, Un mes y seis días en Melbourne desde mi llegada al país, me encuentro de nuevo como al principio, construyendo otra vez la base de la pirámide, comenzando de nuevo desde cero cuando pensé que mi suerte no podía ser mejor y cuando creía que ya estaba todo solucionado la vida te da una de esas tajantes lecciones en las que te das cuenta de que todo aquello que crees que tienes, todo aquello que crees que te pertenece y que todo aquello que crees que te identifica, a veces, puede desaparecer de repente dejándote solamente con lo principal y lo esencial, el epicentro de tu mundo: TÚ. Y sólo tú podrás fácilmente en la mayoría de los casos, reconstruir de nuevo ese montón de arena al que llamabas: “tu montaña”. Entonces cuando te encuentras sin nada que proteger o sin nada a que agarrarte al otro lado del planeta y prácticamente solo, tienes dos opciones: o te derrumbas en las profundidades de tu desgracia o te ríes… Y como derrumbarte nunca soluciona tus problemas y el espíritu del ser humano, en parte animal, es lo suficientemente fuerte y duro como para seguir sobreviviendo en ese camino recto y hacia delante de la vida, te ríes. Y días atrás como en una lectura del subconsciente recordé un proverbio tibetano que dice:
“Si el problema tiene solución preocuparse no vale la pena. Y si no tiene solución, preocuparse no vale”.
Así que decidí no preocuparme, pero no pude evitar sentirme triste e impotente ante la situación incomprensible y el golpe que el destino que me había dado con fuerza. Días después me dí cuenta que todo aquello formaba parte del viaje, que era parte de la experiencia y pude oír a alguien diciéndome: No te confíes, y no te olvides que detrás de la estrella que tienes en el culo, se encuentra el agujero…
En estos momentos me encuentro durmiendo en la furgoneta con mi compañera portuguesa, nos duchamos en las duchas de la playa, nos aseamos en los baños públicos, lavamos la ropa en las lavandería, comemos en un restaurante indio en el que solo piden la voluntad, cernamos en el trabajo y por las noches quedamos con los amigos o leemos a la luz de las farolas compartiendo cigarrillos y conversaciones, nos reímos, no tenemos nada, pero tampoco necesitamos nada, y volvemos a reírnos…
Me imagino lo difícil que resultará a la gente con la que crecí imaginarse en esta situación, y les veo girando la cabeza y pensando: está loco… y es totalmente comprensible no entender como una persona sin necesidad alguna elige enfrentarse a este tipo de situaciones, o por qué decide por voluntad propia, vivir fuera de la comodidad de su hogar, y no puedo dejar de imaginar a mi madre volviéndose loca y pensando por qué su hijo le salio rana. Y la verdad que no tengo una respuesta concreta, ni podría explicar con exactitud a ésa pregunta, como tampoco puedo concebir la vida vivida de otra manera que no sea ésta, tampoco me gustaría renunciar a ninguno de los momentos vividos aunque a veces te enfrentes a situaciones realmente jodidas. Y es porque realmente todo, y especialmente los momentos más difíciles son una fuente inagotable de experiencia, una escuela progresiva e interminable que cada día te pone a prueba y te regala momentos únicos que recordarás toda la vida, momentos que aunque sin casa, ni coche, ni trabajo, llevaras siempre contigo hasta el fin de los días, y es eso para mí la esencia de todo, lo realmente importante… Pues al fin, eres tú y solo tú lo que siempre queda.
Pero en uno se esos saltos que a veces da el tiempo sin previo aviso, desequilibró todo el imperio que había montado durante mi tiempo aquí, desbarató todos mis planes y mi suerte dio un vuelco de 360º, dejándome completamente con el culo al aire… Viajando te encuentras a veces en situaciones difíciles que debes afrontar por simple instinto de supervivencia, pero nunca antes, durante todos estos años cambió todo tan de repente y de una manera tan drástica. Hoy, Un mes y seis días en Melbourne desde mi llegada al país, me encuentro de nuevo como al principio, construyendo otra vez la base de la pirámide, comenzando de nuevo desde cero cuando pensé que mi suerte no podía ser mejor y cuando creía que ya estaba todo solucionado la vida te da una de esas tajantes lecciones en las que te das cuenta de que todo aquello que crees que tienes, todo aquello que crees que te pertenece y que todo aquello que crees que te identifica, a veces, puede desaparecer de repente dejándote solamente con lo principal y lo esencial, el epicentro de tu mundo: TÚ. Y sólo tú podrás fácilmente en la mayoría de los casos, reconstruir de nuevo ese montón de arena al que llamabas: “tu montaña”. Entonces cuando te encuentras sin nada que proteger o sin nada a que agarrarte al otro lado del planeta y prácticamente solo, tienes dos opciones: o te derrumbas en las profundidades de tu desgracia o te ríes… Y como derrumbarte nunca soluciona tus problemas y el espíritu del ser humano, en parte animal, es lo suficientemente fuerte y duro como para seguir sobreviviendo en ese camino recto y hacia delante de la vida, te ríes. Y días atrás como en una lectura del subconsciente recordé un proverbio tibetano que dice:
“Si el problema tiene solución preocuparse no vale la pena. Y si no tiene solución, preocuparse no vale”.
Así que decidí no preocuparme, pero no pude evitar sentirme triste e impotente ante la situación incomprensible y el golpe que el destino que me había dado con fuerza. Días después me dí cuenta que todo aquello formaba parte del viaje, que era parte de la experiencia y pude oír a alguien diciéndome: No te confíes, y no te olvides que detrás de la estrella que tienes en el culo, se encuentra el agujero…
En estos momentos me encuentro durmiendo en la furgoneta con mi compañera portuguesa, nos duchamos en las duchas de la playa, nos aseamos en los baños públicos, lavamos la ropa en las lavandería, comemos en un restaurante indio en el que solo piden la voluntad, cernamos en el trabajo y por las noches quedamos con los amigos o leemos a la luz de las farolas compartiendo cigarrillos y conversaciones, nos reímos, no tenemos nada, pero tampoco necesitamos nada, y volvemos a reírnos…
Me imagino lo difícil que resultará a la gente con la que crecí imaginarse en esta situación, y les veo girando la cabeza y pensando: está loco… y es totalmente comprensible no entender como una persona sin necesidad alguna elige enfrentarse a este tipo de situaciones, o por qué decide por voluntad propia, vivir fuera de la comodidad de su hogar, y no puedo dejar de imaginar a mi madre volviéndose loca y pensando por qué su hijo le salio rana. Y la verdad que no tengo una respuesta concreta, ni podría explicar con exactitud a ésa pregunta, como tampoco puedo concebir la vida vivida de otra manera que no sea ésta, tampoco me gustaría renunciar a ninguno de los momentos vividos aunque a veces te enfrentes a situaciones realmente jodidas. Y es porque realmente todo, y especialmente los momentos más difíciles son una fuente inagotable de experiencia, una escuela progresiva e interminable que cada día te pone a prueba y te regala momentos únicos que recordarás toda la vida, momentos que aunque sin casa, ni coche, ni trabajo, llevaras siempre contigo hasta el fin de los días, y es eso para mí la esencia de todo, lo realmente importante… Pues al fin, eres tú y solo tú lo que siempre queda.
martes, 1 de febrero de 2011
"Erase una vez en Australia..."
El clima es cálido y el cielo es de un suave color azul. Mi ropa se agita con el suave viento que a veces surge de la nada. Me encuentro sentado en un viejo sofá de mi terraza bajo unas escaleras de madera que suben a la segunda planta con los pies sobre la mesa, llena de velas y ceniceros. Hay una sucia alfombra en el suelo y donde acaba empieza el jardín comunitario rodeado por una vaya de madera. No estoy seguro de cuanto tiempo llevo aquí. Parece toda una vida y sin embargo los días pasan fugaces sin fechas ni horas. Vivo en un piso abandonado casi desde que llegué, justo al lado de mis amigos, y las dos puertas traseras conectan a la terraza de las que os he hablado. El piso tiene gas y agua y por las noches nos alumbramos con velas. Al principio vivíamos un poco con la tensión de que nos “pillaran”, pero lo sentimos ya como un hogar y aunque el riesgo aún existe, estamos mas a gusto y tranquilos. El piso está perfecto; con baño, cocina, agua caliente, esta limpio, tiene cubertería… Todo lo que necesitamos, hace muy poco que los antiguos inquilinos lo dejaron, pero si se enteraran que estamos aquí podríamos tener problemas. Pero mis amigos y vecinos dicen que van a tirar el edificio abajo para reconstruirlo de nuevo en menos de un mes y que nadie viene por aquí, que es prácticamente seguro. El piso lo comparto con mi amiga de Portugal.
De derecha a izquierda: La pareja alemana-portugués, mi amigo de Melbourne y mi compañera de habitación portuguesa.
Hace alrededor de una semana, al segundo día de llegar al piso, mis amigos se fueron a un festival a unas horas de Melbourne y me quedé solo buscando trabajo, y la verdad que al principio me daba un poco de miedo por la noche, sin luz ni vecinos, y en un piso tan grande, pero me acostumbre y me quedaba dormido fácilmente aunque a veces me despertaba si oía algún ruido por la tensión de los primeros días. Pensaba, en cómo escapar con todas mis cosas por la ventana si alguien llamaba a la puerta y sin dejar ninguna señal que me identificara o diferentes excusas para salir inmune de la situación. Hay algunos pisos “okupa” en la zona, pero hay que estar preparados por si acaso… Ahora estamos buscando otro piso para alquilar entre todos, porque la renta es muy alta en la ciudad.
He encontrado un trabajo a unos 30 minutos caminando desde mi casa en un restaurante mejicano. Al tercer o cuarto día de llegar y en el segundo lugar que preguntaba. Parece que la suerte me acompaña todavía. Algunos de mis compañeros todavía no han tenido esa suerte… Al principio lavaba los platos o ayudaba en la cocina algunos días durante la semana, ahora estoy de camarero y trabajo todos los días. Me tratan muy bien y comparado con los sueldos del país no esta muy bien pagado, pero es mucho más de lo que ganaría en España.
¡O sea, en menos de dos semanas; tengo una pedazo de casa “gratis” al lado de la playa, un trabajo cerca de casa que me gusta en el que además me dan de comer y unos buenos amigos! ¡Que más puedo pedir!
El segundo día de llegar recuerdo, me desperté con el sol entrando por entre las persianas del salón. Mi amiga portuguesa y actual compañera de piso dormía sobre el sofá, y yo sobre el suelo en mi saco de dormir, por fin me sentía descansado desde hacía días y mis emociones estaban más equilibradas, pero aún estaba muy excitado por estar aquí. No sé que hora era, pero demasiado pronto creo, porque todo el mundo seguía durmiendo. Me levanté, me duché, me afeité y fumé un cigarrillo en silencio, disfrutando del momento y sintiéndome realmente afortunado por todo lo que había vivido y lo que me esperaba.
Llamaron a la puerta, la chica alemana y el chico portugués que estaban viajando por el país desde hacía unos meses y habían recogido a mi amiga en el aeropuerto el día anterior vivían ahora en una furgoneta en frente de la casa, despertaron a todos y nos hicieron el desayuno, no comía desde la mañana del día anterior.
Salí a fumarme otro cigarrillo fuera para ver la ciudad por primera vez con la luz del día. La primera mañana en Australia. El barrio era muy tranquilo, carreteras anchas rodeadas de árboles y verde con hileras de pequeñas casas de estilo victoriano a los lados cada una con su parcela. No eras como me imaginaba, al ser una ciudad grande creí que sería puro rascacielos con el ritmo frenético de éstas. Pero donde yo estaba solo había alguna persona paseando a su perro o repartiendo los periódicos en bici… Al fondo de la calle si se veía, algunos grandes edificios donde se encuentra el centro de la ciudad. Me apoyé en un semáforo y disfruté de la escena mientras me acababa el cigarro.
Salimos juntos a pasear y vimos los parques, las tiendas de segunda mano, las famosas pequeñas y modernas cafeterías de la ciudad con sus terracitas, y las típicas “tascas” de madera. De vez en cuando los viejos tranvías que cruzaban las calles y el conjunto en sí me recordaban bastante a Ámsterdam. No podía quitarme la sonrisa de la cara. La gente caminaba relajadamente o paseando en bicicleta entre los rascacielos. No estaba muy masificado aún estando en el centro. Tomamos café y vimos unos chicos haciendo un espectáculo en la calle. Después fuimos a otro bar y tomamos unas cervezas. Fui a comprar tabaco de liar… ¡23€! Y una tarjeta para el móvil. Después seguimos bebiendo el resto de la noche, filosofando y riéndonos, conociéndonos. No habíamos comido nada en todo el día y estábamos completamente borrachos. Nos colamos en el metro y volvimos a casa. Era media noche y me quedé dormido. Me desperté al de un rato y cené. De repente cuando todos estábamos tranquilamente en los sofás y con el estómago lleno, dos compañeros de la chica de la casa aparecieron muy borrachos y así seguimos hasta las 3 ó 4 de la mañana, no recuerdo…
A la mañana siguiente, no se que hora era, despertamos y fui con la novia de mi amigo a por café. Nos perdimos y volvimos sin café. Después bajamos al centro para ir a la biblioteca a imprimir algunos curriculums e intentar buscar un piso para esa noche.
Fuimos a comer buscando un restaurante vegetarianos que vimos el día anterior hasta que lo encontramos y resultó ser de la secta “Hare Krishna”. Era buffet libre por 5$. Comimos entré cánticos que sonaban en los altavoces y mi amigo de Melbourne llamó y vino. Hablamos durante un rato mientras acabábamos de comer y le contamos la noche anterior. Nos fuimos cuando se pusieron a saltar y a bailar y nos intentaban convencer para que nos quedáramos. Nos separamos, la pareja volvió a por la furgoneta y nosotros a la biblioteca. Pasaron a recogernos pero no estábamos preparados así que se fueron y al terminar fuimos en metro hacia la playa a probar suerte. Paramos y me gusto mucho ver por primera vez el océano australiano, la humedad, el olor y la brisa del mar. Todo era bastante diferente de dónde habíamos pasado las últimas noches. Tenía un toque californiano como en las series de televisión. A mi izquierda un restaurante español. Les pregunté en inglés y me respondieron es español con acento catalán. Nos aconsejaron algunos sitios, conocimos al dueño que lo sentía por tener la plantilla completa y nos dijo de otro par de lugares más. Seguimos las indicaciones por el paseo marítimo y dimos un par de curriculums. Mi amiga estaba un poco negativa, porque no tenía casi dinero, ni casa, ni trabajo. Le dije que me sentía bien y que tendríamos suerte. Seguimos andando entre las heladerías, los restaurantes y un viejo parque de atracciones cerca de la playa. Entre en un bar que me llamó la atención, y las chicas muy simpáticas me dijeron que volviera al día siguiente. No teníamos ni idea de dónde estábamos e intentamos buscar a ciegas a nuestros amigos que estaban en la zona en casa de otros amigos. Mi amiga recordaba la casa y yo le respondí que aquello era enorme, que nunca la encontraríamos a no ser que les llamáramos, y hablando miró a la derecha y se rió: ¡Es ésta!, en todo momento durante la discusión habíamos estado justo al lado de la casa e increíblemente estábamos allí. Entramos, les saludamos y conocimos al chico alemán y la chica germanoamericanaustraliana, que eran los inquilinos de la casa. Nos invitaron a cenar. Hablamos de nuestros planes y visitamos una casa que estaba cerca en unas bicicletas que nos dejaron. La de mi amiga no tenía asiento y tenía que sentarse sobre un cojín que tenía detrás y además era muy baja, parecía que conducía una Harley, estaba muy graciosa y me reía cada vez que la miraba. A la mía se le salía la cadena cada 5 minutos y el sillín se movía para todos los lados. Pues con nuestro mapa improvisado llegamos a la casa, pero ya era de noche y estaba muy oscuro y no veíamos el número. Al fin lo encontramos. Era una casa muy grande y la puerta de atrás estaba entre abierta y oíamos ruidos. Llamamos y alguien nos invitó a pasar. Un chico nos acompañó y nos enseño la casa que era como un albergue, todos compartían habitación, cada uno de una punta del mundo y vivían cerca de 20 personas allí, todos parecían muy simpáticos. Mi amiga no estaba muy convencida, pero a mí me encantó. Lo tomamos como una opción. Cogimos nuestros vehículos moribundos y volvimos con nuestros amigos. Mientras cenábamos les contamos lo de la casa. Cenamos en la terraza. Hacía un aire fresco muy agradable que te ponía la piel de gallina y vimos un extraño animal típico de Australia, parecido a la zarigüeya que andaba por encima de la valla. Se rieron porque me sobresalté mucho al verlo y ellos acostumbrados al animal me decían que era como una “rata”. Les dije que tenían mucha suerte de vivir allí, en aquel lugar, al lado de la playa, con su jardincito… Ellos, enamorados de la casa, lo afirmaron, y nos decían que el precio era tan barato debido a que tirarían la casa en un mes para remodelarla de nuevo.
Cuando nos íbamos para la otra casa a pasar nuestra última noche, salieron detrás nuestro los inquilinos de ésta última y nos hablaron de que debido a que la tirarían abajo, gran parte del edificio estaba vacío desde hacía unas semanas, pero que los pisos estaban en el mismo estado que el suyo, nadie pasaba ya por allí y no había prácticamente vecinos, la casa tenía dos puertas frontales y otras dos traseras que conectaban en la terraza y por donde podríamos entrar en ella, y que si no hacíamos mucho ruido y nos comportábamos con cautela, podríamos vivir en el piso vecino hasta entonces… Nos alegramos mucho y hablamos entre risas de la idea de ocupar una casa en Melbourne. Mi amiga estaba más contenta. Llegamos a casa y escribí durante horas el texto anterior: “Australia”. Todo había sido muy extraño y la intensidad de los primeros días me había alterado los sentidos y las emociones, todo estaba saliendo sorprendentemente bien, el comienzo había sido muy positivo. Por último salí fuera en el silencio de la noche para ver las estrellas y me dormí de nuevo plácidamente en mi saco sobre el suelo.
La última mañana que pasamos en es casa, nos despertamos y vimos que la casa estaba vacía y que habían ido a trabajar, mi amiga y yo recogimos nuestras cosas y dejamos una nota dándoles las gracias por todo. Salimos y fuimos en la furgoneta cruzando de nuevo la ciudad para ver la casa que estaba vacía. Entramos por una de las ventanas procurando que nadie nos viera, abrimos la puerta trasera y entramos. Comprobamos que la casa estaba en muy buenas condiciones y recién desocupada ¡Tenía todo lo que necesitábamos! ¡Era perfecta! Nos abrazamos y volvimos a la furgoneta a por nuestras cosas poniéndolas en la casa de nuestros amigos-vecinos por precaución. Hablamos de ir a buscar trabajo, pero acabamos yéndonos a la playa. Vino mi amigo de Melbourne y allí pasamos el día, él, yo y mi amiga. El resto se fueron a un festival a unas horas de aquí y los vecinos que acabamos de conocer nos dieron la llave de su casa para entrar cuando quisiéramos si necesitábamos algo, te das cuenta y te sorprendes de lo poco acostumbrado que estamos a encontrarnos personas que son desinteresadamente amables. Volvimos y le enseñamos la a nuestro amigo. Después nos sentamos fuera y acabamos por ir al supermercado a por comida y vino para celebrar nuestra suerte. Compramos más de lo que podíamos llevar y formamos una cola considerable, intentando meterlo todo en las bolsas de manera que pudiéramos llevarlo. Intercambiando las bolsas que pesaban “un quintal” entre los tres, llegamos e hicimos la cena en nuestra nueva casa, que acabó siendo espagueti con tomate con vino del país en la terraza que soñábamos la noche anterior.
Nos fuimos a dormir y mi amiga a su casa, pusimos velas y música y dormimos con nuestros sacos sobre uno de los colchones en una de las habitaciones.
Al día siguiente mi amiga también se fue al festival después de desayunar y no volverían hasta dentro de 3 ò 4 días. Así que acabé por quedarme solo en la casa, y fue bastante extraño después de los días anteriores rodeado de gente a todas horas y por la noche sin luz, la verdad que me daba miedo la idea de dormir allí solo, mi amigo me llamó y nos reímos. Cogí mi mochila y salí a buscar trabajo. Me hablaron de un restaurante “vasco” en una calle cercana y decidí ir a probar suerte. Fui a la biblioteca, imprimí más curriculums y salí a buscar. Era una calle llena de cafeterías y restaurantes. Probé en un restaurante español y crucé la cera donde había otro restaurante mejicano.
- ¡Hi! He visto el cartel en la puerta y me preguntaba si necesitabais a alguien más para trabajar…
- ¿Si!
- Si, he trabajado muchos años en hostelería y tengo bastante experiencia…
- ¿De dónde eres?... ¡Ah! ¡Español! ¿Y cuando estás disponible?
- ¡Esta noche si quieres!
- Bien, pues vete a casa, te cambias y vuelves. Te probamos y si no sirves te mandamos de vuelta para España…
Nos reímos y nos dimos la mano. Seguí probando por la calle muy contento y con la seguridad de tener ya un trabajo. Quería llamar a todos para contárselo. Vi el restaurante vasco y también probé allí.
Volví a casa. Otros 30 minutos caminando. Me cambié. Otros 30 minutos. Y empecé a trabajar. Todos fueron muy buenos conmigo y el trabajo es bastante relajado. Salí y tomé una cerveza con uno de los compañeros que era venezolano, mis otras compañeras son colombianas y una chica francesa, en la cocina son todos indios y me río mucho con ellos. Llegué a casa y fumé un cigarrillo en la terraza alumbrado por una vela y me fui a la cama. Dormí muy tranquilo. El miedo había desaparecido.
La segunda mañana que estuve solo, oí algunos ruidos y me asusté un poco, por si venía la policía o el dueño de la casa.
En los días posteriores, una amiga me visitó y me hizo unas galletas. Conocí una chica Escocesa muy simpática que había vivido dos años en Barcelona.
Fui a la playa y paseaba para conocer la zona.
Mis amigos volvieron del festival y me alegre mucho. Pasamos los días juntos, haciendo cena, viendo películas o yendo a la playa…
Han subido las temperaturas y hace mucho calor.
Todos buscan ahora trabajo y estamos también buscando un piso para ir a vivir juntos.
En el trabajo estoy muy contento y no hago muchas horas. Me llevo muy bien especialmente con una de mis compañeras, que me ha encontrado otro trabajo en una de las mejores discotecas de Melbourne, que puedo alternar con el restaurante, en la que trabajo los fines de semana y con el que gano mucho dinero. A veces la espero y hablamos hasta que acaba de trabajar. Tiene un novio en Colombia y quiere casarse en un año. El miércoles vamos a hacer una paella.
La discoteca me recuerda a Ibiza…
Ayer compramos dos bicicletas, una para mí y otra para mi amiga, que han convertido los 30 minutos caminando en 15.
Mi amigo portugués tiene que dejar el país porque su visa se le ha acabado y no se la renuevan. Se va a Indonesia, ¡y yo me quedo con su furgoneta! Es muy viejita y tiene cama, cocina, mesas, seguro, asistencia en carretera… ¡preparada para viajar! Estamos pensando bajar con ella a Tasmania para recoger fruta en cuando tengamos un poco más de dinero. Todo va sobre la marcha, todo viene por sí solo y las cosas pasan por sorpresa cada día sin necesidad de buscar, simplemente deseándolo y esperando a que ocurran.
Ya son dos semanas en Australia. Y aunque me he acostumbrado de estar aquí no puedo dejar de creer en lo increíble que es la vida, en dónde estoy y en la suerte que tengo… Los días pasan muy rápido y recuerdo una de las mañanas en las que estaba solo sobre mi cama, recién despertado. Recordaba los años que llevo viajando. Miraba hacia atrás y veía todas las caras, los lugares, los comienzos, las vueltas a casa y cuando les contaba a todos las historias, la gente que a veces me acompañó, los momentos inolvidables y los no tan buenos… No se como explicarlo y creo que es ese sentimiento inexplicable el que me hace sentirme tan feliz…
De derecha a izquierda: La pareja alemana-portugués, mi amigo de Melbourne y mi compañera de habitación portuguesa.
Hace alrededor de una semana, al segundo día de llegar al piso, mis amigos se fueron a un festival a unas horas de Melbourne y me quedé solo buscando trabajo, y la verdad que al principio me daba un poco de miedo por la noche, sin luz ni vecinos, y en un piso tan grande, pero me acostumbre y me quedaba dormido fácilmente aunque a veces me despertaba si oía algún ruido por la tensión de los primeros días. Pensaba, en cómo escapar con todas mis cosas por la ventana si alguien llamaba a la puerta y sin dejar ninguna señal que me identificara o diferentes excusas para salir inmune de la situación. Hay algunos pisos “okupa” en la zona, pero hay que estar preparados por si acaso… Ahora estamos buscando otro piso para alquilar entre todos, porque la renta es muy alta en la ciudad.
He encontrado un trabajo a unos 30 minutos caminando desde mi casa en un restaurante mejicano. Al tercer o cuarto día de llegar y en el segundo lugar que preguntaba. Parece que la suerte me acompaña todavía. Algunos de mis compañeros todavía no han tenido esa suerte… Al principio lavaba los platos o ayudaba en la cocina algunos días durante la semana, ahora estoy de camarero y trabajo todos los días. Me tratan muy bien y comparado con los sueldos del país no esta muy bien pagado, pero es mucho más de lo que ganaría en España.
¡O sea, en menos de dos semanas; tengo una pedazo de casa “gratis” al lado de la playa, un trabajo cerca de casa que me gusta en el que además me dan de comer y unos buenos amigos! ¡Que más puedo pedir!
El segundo día de llegar recuerdo, me desperté con el sol entrando por entre las persianas del salón. Mi amiga portuguesa y actual compañera de piso dormía sobre el sofá, y yo sobre el suelo en mi saco de dormir, por fin me sentía descansado desde hacía días y mis emociones estaban más equilibradas, pero aún estaba muy excitado por estar aquí. No sé que hora era, pero demasiado pronto creo, porque todo el mundo seguía durmiendo. Me levanté, me duché, me afeité y fumé un cigarrillo en silencio, disfrutando del momento y sintiéndome realmente afortunado por todo lo que había vivido y lo que me esperaba.
Llamaron a la puerta, la chica alemana y el chico portugués que estaban viajando por el país desde hacía unos meses y habían recogido a mi amiga en el aeropuerto el día anterior vivían ahora en una furgoneta en frente de la casa, despertaron a todos y nos hicieron el desayuno, no comía desde la mañana del día anterior.
Salí a fumarme otro cigarrillo fuera para ver la ciudad por primera vez con la luz del día. La primera mañana en Australia. El barrio era muy tranquilo, carreteras anchas rodeadas de árboles y verde con hileras de pequeñas casas de estilo victoriano a los lados cada una con su parcela. No eras como me imaginaba, al ser una ciudad grande creí que sería puro rascacielos con el ritmo frenético de éstas. Pero donde yo estaba solo había alguna persona paseando a su perro o repartiendo los periódicos en bici… Al fondo de la calle si se veía, algunos grandes edificios donde se encuentra el centro de la ciudad. Me apoyé en un semáforo y disfruté de la escena mientras me acababa el cigarro.
Salimos juntos a pasear y vimos los parques, las tiendas de segunda mano, las famosas pequeñas y modernas cafeterías de la ciudad con sus terracitas, y las típicas “tascas” de madera. De vez en cuando los viejos tranvías que cruzaban las calles y el conjunto en sí me recordaban bastante a Ámsterdam. No podía quitarme la sonrisa de la cara. La gente caminaba relajadamente o paseando en bicicleta entre los rascacielos. No estaba muy masificado aún estando en el centro. Tomamos café y vimos unos chicos haciendo un espectáculo en la calle. Después fuimos a otro bar y tomamos unas cervezas. Fui a comprar tabaco de liar… ¡23€! Y una tarjeta para el móvil. Después seguimos bebiendo el resto de la noche, filosofando y riéndonos, conociéndonos. No habíamos comido nada en todo el día y estábamos completamente borrachos. Nos colamos en el metro y volvimos a casa. Era media noche y me quedé dormido. Me desperté al de un rato y cené. De repente cuando todos estábamos tranquilamente en los sofás y con el estómago lleno, dos compañeros de la chica de la casa aparecieron muy borrachos y así seguimos hasta las 3 ó 4 de la mañana, no recuerdo…
A la mañana siguiente, no se que hora era, despertamos y fui con la novia de mi amigo a por café. Nos perdimos y volvimos sin café. Después bajamos al centro para ir a la biblioteca a imprimir algunos curriculums e intentar buscar un piso para esa noche.
Fuimos a comer buscando un restaurante vegetarianos que vimos el día anterior hasta que lo encontramos y resultó ser de la secta “Hare Krishna”. Era buffet libre por 5$. Comimos entré cánticos que sonaban en los altavoces y mi amigo de Melbourne llamó y vino. Hablamos durante un rato mientras acabábamos de comer y le contamos la noche anterior. Nos fuimos cuando se pusieron a saltar y a bailar y nos intentaban convencer para que nos quedáramos. Nos separamos, la pareja volvió a por la furgoneta y nosotros a la biblioteca. Pasaron a recogernos pero no estábamos preparados así que se fueron y al terminar fuimos en metro hacia la playa a probar suerte. Paramos y me gusto mucho ver por primera vez el océano australiano, la humedad, el olor y la brisa del mar. Todo era bastante diferente de dónde habíamos pasado las últimas noches. Tenía un toque californiano como en las series de televisión. A mi izquierda un restaurante español. Les pregunté en inglés y me respondieron es español con acento catalán. Nos aconsejaron algunos sitios, conocimos al dueño que lo sentía por tener la plantilla completa y nos dijo de otro par de lugares más. Seguimos las indicaciones por el paseo marítimo y dimos un par de curriculums. Mi amiga estaba un poco negativa, porque no tenía casi dinero, ni casa, ni trabajo. Le dije que me sentía bien y que tendríamos suerte. Seguimos andando entre las heladerías, los restaurantes y un viejo parque de atracciones cerca de la playa. Entre en un bar que me llamó la atención, y las chicas muy simpáticas me dijeron que volviera al día siguiente. No teníamos ni idea de dónde estábamos e intentamos buscar a ciegas a nuestros amigos que estaban en la zona en casa de otros amigos. Mi amiga recordaba la casa y yo le respondí que aquello era enorme, que nunca la encontraríamos a no ser que les llamáramos, y hablando miró a la derecha y se rió: ¡Es ésta!, en todo momento durante la discusión habíamos estado justo al lado de la casa e increíblemente estábamos allí. Entramos, les saludamos y conocimos al chico alemán y la chica germanoamericanaustraliana, que eran los inquilinos de la casa. Nos invitaron a cenar. Hablamos de nuestros planes y visitamos una casa que estaba cerca en unas bicicletas que nos dejaron. La de mi amiga no tenía asiento y tenía que sentarse sobre un cojín que tenía detrás y además era muy baja, parecía que conducía una Harley, estaba muy graciosa y me reía cada vez que la miraba. A la mía se le salía la cadena cada 5 minutos y el sillín se movía para todos los lados. Pues con nuestro mapa improvisado llegamos a la casa, pero ya era de noche y estaba muy oscuro y no veíamos el número. Al fin lo encontramos. Era una casa muy grande y la puerta de atrás estaba entre abierta y oíamos ruidos. Llamamos y alguien nos invitó a pasar. Un chico nos acompañó y nos enseño la casa que era como un albergue, todos compartían habitación, cada uno de una punta del mundo y vivían cerca de 20 personas allí, todos parecían muy simpáticos. Mi amiga no estaba muy convencida, pero a mí me encantó. Lo tomamos como una opción. Cogimos nuestros vehículos moribundos y volvimos con nuestros amigos. Mientras cenábamos les contamos lo de la casa. Cenamos en la terraza. Hacía un aire fresco muy agradable que te ponía la piel de gallina y vimos un extraño animal típico de Australia, parecido a la zarigüeya que andaba por encima de la valla. Se rieron porque me sobresalté mucho al verlo y ellos acostumbrados al animal me decían que era como una “rata”. Les dije que tenían mucha suerte de vivir allí, en aquel lugar, al lado de la playa, con su jardincito… Ellos, enamorados de la casa, lo afirmaron, y nos decían que el precio era tan barato debido a que tirarían la casa en un mes para remodelarla de nuevo.
Cuando nos íbamos para la otra casa a pasar nuestra última noche, salieron detrás nuestro los inquilinos de ésta última y nos hablaron de que debido a que la tirarían abajo, gran parte del edificio estaba vacío desde hacía unas semanas, pero que los pisos estaban en el mismo estado que el suyo, nadie pasaba ya por allí y no había prácticamente vecinos, la casa tenía dos puertas frontales y otras dos traseras que conectaban en la terraza y por donde podríamos entrar en ella, y que si no hacíamos mucho ruido y nos comportábamos con cautela, podríamos vivir en el piso vecino hasta entonces… Nos alegramos mucho y hablamos entre risas de la idea de ocupar una casa en Melbourne. Mi amiga estaba más contenta. Llegamos a casa y escribí durante horas el texto anterior: “Australia”. Todo había sido muy extraño y la intensidad de los primeros días me había alterado los sentidos y las emociones, todo estaba saliendo sorprendentemente bien, el comienzo había sido muy positivo. Por último salí fuera en el silencio de la noche para ver las estrellas y me dormí de nuevo plácidamente en mi saco sobre el suelo.
La última mañana que pasamos en es casa, nos despertamos y vimos que la casa estaba vacía y que habían ido a trabajar, mi amiga y yo recogimos nuestras cosas y dejamos una nota dándoles las gracias por todo. Salimos y fuimos en la furgoneta cruzando de nuevo la ciudad para ver la casa que estaba vacía. Entramos por una de las ventanas procurando que nadie nos viera, abrimos la puerta trasera y entramos. Comprobamos que la casa estaba en muy buenas condiciones y recién desocupada ¡Tenía todo lo que necesitábamos! ¡Era perfecta! Nos abrazamos y volvimos a la furgoneta a por nuestras cosas poniéndolas en la casa de nuestros amigos-vecinos por precaución. Hablamos de ir a buscar trabajo, pero acabamos yéndonos a la playa. Vino mi amigo de Melbourne y allí pasamos el día, él, yo y mi amiga. El resto se fueron a un festival a unas horas de aquí y los vecinos que acabamos de conocer nos dieron la llave de su casa para entrar cuando quisiéramos si necesitábamos algo, te das cuenta y te sorprendes de lo poco acostumbrado que estamos a encontrarnos personas que son desinteresadamente amables. Volvimos y le enseñamos la a nuestro amigo. Después nos sentamos fuera y acabamos por ir al supermercado a por comida y vino para celebrar nuestra suerte. Compramos más de lo que podíamos llevar y formamos una cola considerable, intentando meterlo todo en las bolsas de manera que pudiéramos llevarlo. Intercambiando las bolsas que pesaban “un quintal” entre los tres, llegamos e hicimos la cena en nuestra nueva casa, que acabó siendo espagueti con tomate con vino del país en la terraza que soñábamos la noche anterior.
Nos fuimos a dormir y mi amiga a su casa, pusimos velas y música y dormimos con nuestros sacos sobre uno de los colchones en una de las habitaciones.
Al día siguiente mi amiga también se fue al festival después de desayunar y no volverían hasta dentro de 3 ò 4 días. Así que acabé por quedarme solo en la casa, y fue bastante extraño después de los días anteriores rodeado de gente a todas horas y por la noche sin luz, la verdad que me daba miedo la idea de dormir allí solo, mi amigo me llamó y nos reímos. Cogí mi mochila y salí a buscar trabajo. Me hablaron de un restaurante “vasco” en una calle cercana y decidí ir a probar suerte. Fui a la biblioteca, imprimí más curriculums y salí a buscar. Era una calle llena de cafeterías y restaurantes. Probé en un restaurante español y crucé la cera donde había otro restaurante mejicano.
- ¡Hi! He visto el cartel en la puerta y me preguntaba si necesitabais a alguien más para trabajar…
- ¿Si!
- Si, he trabajado muchos años en hostelería y tengo bastante experiencia…
- ¿De dónde eres?... ¡Ah! ¡Español! ¿Y cuando estás disponible?
- ¡Esta noche si quieres!
- Bien, pues vete a casa, te cambias y vuelves. Te probamos y si no sirves te mandamos de vuelta para España…
Nos reímos y nos dimos la mano. Seguí probando por la calle muy contento y con la seguridad de tener ya un trabajo. Quería llamar a todos para contárselo. Vi el restaurante vasco y también probé allí.
Volví a casa. Otros 30 minutos caminando. Me cambié. Otros 30 minutos. Y empecé a trabajar. Todos fueron muy buenos conmigo y el trabajo es bastante relajado. Salí y tomé una cerveza con uno de los compañeros que era venezolano, mis otras compañeras son colombianas y una chica francesa, en la cocina son todos indios y me río mucho con ellos. Llegué a casa y fumé un cigarrillo en la terraza alumbrado por una vela y me fui a la cama. Dormí muy tranquilo. El miedo había desaparecido.
La segunda mañana que estuve solo, oí algunos ruidos y me asusté un poco, por si venía la policía o el dueño de la casa.
En los días posteriores, una amiga me visitó y me hizo unas galletas. Conocí una chica Escocesa muy simpática que había vivido dos años en Barcelona.
Fui a la playa y paseaba para conocer la zona.
Mis amigos volvieron del festival y me alegre mucho. Pasamos los días juntos, haciendo cena, viendo películas o yendo a la playa…
Han subido las temperaturas y hace mucho calor.
Todos buscan ahora trabajo y estamos también buscando un piso para ir a vivir juntos.
En el trabajo estoy muy contento y no hago muchas horas. Me llevo muy bien especialmente con una de mis compañeras, que me ha encontrado otro trabajo en una de las mejores discotecas de Melbourne, que puedo alternar con el restaurante, en la que trabajo los fines de semana y con el que gano mucho dinero. A veces la espero y hablamos hasta que acaba de trabajar. Tiene un novio en Colombia y quiere casarse en un año. El miércoles vamos a hacer una paella.
La discoteca me recuerda a Ibiza…
Ayer compramos dos bicicletas, una para mí y otra para mi amiga, que han convertido los 30 minutos caminando en 15.
Mi amigo portugués tiene que dejar el país porque su visa se le ha acabado y no se la renuevan. Se va a Indonesia, ¡y yo me quedo con su furgoneta! Es muy viejita y tiene cama, cocina, mesas, seguro, asistencia en carretera… ¡preparada para viajar! Estamos pensando bajar con ella a Tasmania para recoger fruta en cuando tengamos un poco más de dinero. Todo va sobre la marcha, todo viene por sí solo y las cosas pasan por sorpresa cada día sin necesidad de buscar, simplemente deseándolo y esperando a que ocurran.
Ya son dos semanas en Australia. Y aunque me he acostumbrado de estar aquí no puedo dejar de creer en lo increíble que es la vida, en dónde estoy y en la suerte que tengo… Los días pasan muy rápido y recuerdo una de las mañanas en las que estaba solo sobre mi cama, recién despertado. Recordaba los años que llevo viajando. Miraba hacia atrás y veía todas las caras, los lugares, los comienzos, las vueltas a casa y cuando les contaba a todos las historias, la gente que a veces me acompañó, los momentos inolvidables y los no tan buenos… No se como explicarlo y creo que es ese sentimiento inexplicable el que me hace sentirme tan feliz…
sábado, 22 de enero de 2011
"Australia..."
Ahora no os puedo hablar de Malasia, quiero decir, que lo disfruté mucho, es una ciudad muy multicultural, con templos chinos; mezquitas, templos hindús, budistas… todos juntos, uno frente al otro como si fuera “normal” vivir en diferentes realidades. Es increíble el respeto que tienen unos de otros viendo el mundo desde puntos de vista totalmente diferentes y aun así viendo un mundo solo en el que todos pensamos de diferente manera, pero todos nacemos de una madre, crecemos, intentamos sobrevivir y buscar el mejor camino posible para ser felices.
Hoy es creo, mi quinto día en Melbourne y esto lo escribí la segunda noche de estar aquí:
¡Estoy en Australia! Quiero gritarlo a cada minuto, estoy muy emocionado, es como un sueño estar aquí, todo me parece cercano, es decir, es una cultura y un estilo de vida muy parecido del que yo provengo, pero aun así, es muy diferente, huele diferente, el idioma es un extraño acento mezclado con un carácter campechano e isleño, sonrientes y simpáticos, gente que parece vivir en un lugar y una vida que realmente les gusta. Y realmente tienen una vida fácil, no hay prácticamente parados, la vida es un poco más cara comparada con Barcelona y cualquiera gana mínimo entre 10 y 20 € la hora, sumando claro está que viven en unos de los lugares mas increíbles de la tierra con un clima muy agradable en el sur, y tropical en el norte donde en invierno hace 30º.
Desde que he llegado no he dejado de oír cosas increíbles: paisajes surrealistas, animales únicos y tan cerca que puedes tocarlos, desiertos que tardarías 3 días en cruzarlos por una única carretera, donde si tienes algún problema con el coche puedes estar durante días hasta que algún otro casualmente pase por allí, perdido como un naufrago en una isla de arena. El mejor lugar del mundo, dicen, para ver las estrellas.
Árboles milenarios y cocodrilos. Tiburones, focas, canguros, koalas, ornitorrincos… La gente conoce a estos animales como nosotros aceptamos a la vaca o el águila como un animal cotidiano que todo el mundo hemos visto y aceptado como parte de nuestro entorno.
Estoy al otro lado del planeta y se siente. Sientes algo que te resulta desconocido en la atmósfera, hueles un olor exótico y el cielo es de un color similar al que conoces, pero no deja de parecerte nuevo.
No puedo creer todavía que ya esté aquí, que haya paseado y reído en un lugar que parecía tan lejano como inconcebible.
Llegué sobre las 12 de la noche después de 10 horas más desde Malasia. Hacía días que no había dormido prácticamente nada. Pero el corazón me latía como el de un niño en navidad que sabe que un regalo le espera al despertarse y la noche parece eterna pero a la vez la disfrutas, porque sabes que cuando pase sabrás lo que había dentro del envoltorio, duermes plácidamente, con el paso de las horas y a la vez excitado por lo mágico del momento.
Miraba por la ventanilla del avión, sentado al lado de dos estudiantes indias, que había visto anteriormente en el aeropuerto de Kuala Lumpur. Estudiaban en Melbourne y todo el rato me repetían lo mucho que iba a gustarme esta ciudad, lo especial que era…
Cuando descendíamos para aterrizar, entre las nubes comencé a ver las luces de la costa que formaban una línea sobre la oscuridad marcando el punto sur de la gigante isla donde se encontraba la primera tierra que pisaría del continente oceánico, la primera ciudad de la cara opuesta del lugar en el que crecí.
Aterrizamos y estaba nervioso porque cabía la posibilidad de que inmigración me deportara de nuevo a mi país bajo sospecha. De que me interrogaran sobre mis propósitos en el país y por alguna razón creyeran que pondría en peligro de alguna forma la estabilidad de éste. Nada malo supongo, pero ilegal para algunos poderosos que deciden sobre la humanidad y abren las puertas de una tierra robada como si fueran dueños de ella porque le han puesto nombre, que ya existía antes de que ellos nacieran, desde el principio de los tiempos. Decidiendo artificialmente si eres una persona apta para pisarla. Esto me hace darme cuenta, con un dinero en el bolsillo, de lo que puede llegar a sentir cualquiera de los muchos inmigrantes que prueban suerte en una tierra desconocida poniéndose en manos de unos racistas y nacionalistas que creen que somos desconocidos o diferentes a las personas que les rodean, simplemente por ser flores de diferentes raíces.
Cuando me dejaron pasar la aduana sin preguntas me inundó una emoción que no podía aguantarme y quizá también por el cansancio, unas ganas enormes de llorar de alegría y decir a todo el mundo: ¡Ya estoy aquí! ¡Después de todo he llegado! Parece muy exagerado, pero cualquier persona que alguna vez en su vida haya metido la casa en una mochila, y por alguna razón a decidido dejar la seguridad de un hogar y un entorno para vivir la experiencia de comenzar desde cero en un lugar que nunca ha visto antes y prácticamente desconocido, un dinero limitado, la aventura de viajar a un lugar de los que oías en las películas como el escenario de un cuento, sabe la explosión de vida que se siente.
Pasé por los pasillos y los rigurosos controles del aeropuerto mirando como un niño las fotos de los paisajes y animales que algún día podría llegar a tocar , me paraba delante de ellos con la boca abierta y me repetía una y otra vez lo increíble que me resultaba saber que estaba allí.
Salí fuera con mis mochilas y no sabía que mi amigo que conocí en Granada me estaba esperando, me alegré mucho de verle y de saber que no iba a estar solo y perdido a la una de la mañana en una ciudad enorme intentando encontrar la casa de mi amiga. Esto no es España, a la 1 de la mañana la gente está durmiendo y las calles completamente vacías. Le abracé y nos comportamos avergonzados y conscientes de lo extraño que era poder estar en el país del otro, conocer físicamente los lugares que me contaba como si fueran las fotos de unas vacaciones.
Le conté todo lo que pasó los últimos meses desde la última vez que le vi. El me contó lo que pasó los últimos meses desde la última vez que me vio. Y recordamos añorando los momentos que formaban ya parte de un pasado que recordamos con cariño.
Me encanta como me siento cuando viajo, cuando llego a mi destino, el sentimiento que me recorre el cuerpo.
Encontramos el número de la casa, me bajé del coche y cuando vi el número del piso, miré por la persiana de la ventana contigua y vi sus caras conocidas. Golpeé la ventana y nos pusimos muy contentos de vernos, volví a por mis mochilas e invité a mi amigo para que las conociera. Las abracé, una de ellas acababa de llegar de Indonesia para quedarse también unos meses y veía su sonrisa y el gesto de su cara que era como el mío, sabía que estaba igual de emocionada que yo.
Hablamos hasta las 4 de la mañana, conocí a otras 3 personas y me sentí como en casa desde el primer momento, nos reímos y actuamos como si nos conociéramos de siempre, fue realmente bueno sentir ese tipo de conexión en tus primeras horas en un lugar del que no tenía ni idea y conocer a gente que llevaba durante meses viajando por el país, comenzando exactamente desde mi punto de partida, escuchando boquiabierto sobre un viaje en el que yo acababa de comenzar.
Mi mente estaba despierta, pero mi cuerpo estaba exhausto. Dormí en mi saco sobre el suelo de salón como no había dormido por mucho tiempo soñando que un niño despertó el día de navidad y vio después de esperar toda la noche, por primera vez lo que había dentro del envoltorio de su regalo.
Ahora me voy a dormir otra vez, pero tenía que escribir y contaros por primera vez, exactamente en el momento, que es lo que se siente cuando intento hablaros de lo mágico que es disfrutar así de la vida.
Aunque hayan pasado varios días todavía no he conseguido despertarme del todo. Escribiré pronto todo lo que han pasado los últimos días, que ha sido mucho. Pero actualmente mi amiga de Portugal y yo vivimos en una casa ocupada, que es increíble, ya pondré algunas fotos, a cinco minutos de la playa en el piso de los amigos de nuestros amigos. Así que no pagamos alojamiento, haremos algo de dinero durente un mes cerca de la playa hasta que podamos comprar una furgoneta en la que viviremos y viajaremos los próximos meses que estemos en Australia, y así poder vivir y contaros los cuentos que he escuchado.
Hoy es creo, mi quinto día en Melbourne y esto lo escribí la segunda noche de estar aquí:
¡Estoy en Australia! Quiero gritarlo a cada minuto, estoy muy emocionado, es como un sueño estar aquí, todo me parece cercano, es decir, es una cultura y un estilo de vida muy parecido del que yo provengo, pero aun así, es muy diferente, huele diferente, el idioma es un extraño acento mezclado con un carácter campechano e isleño, sonrientes y simpáticos, gente que parece vivir en un lugar y una vida que realmente les gusta. Y realmente tienen una vida fácil, no hay prácticamente parados, la vida es un poco más cara comparada con Barcelona y cualquiera gana mínimo entre 10 y 20 € la hora, sumando claro está que viven en unos de los lugares mas increíbles de la tierra con un clima muy agradable en el sur, y tropical en el norte donde en invierno hace 30º.
Desde que he llegado no he dejado de oír cosas increíbles: paisajes surrealistas, animales únicos y tan cerca que puedes tocarlos, desiertos que tardarías 3 días en cruzarlos por una única carretera, donde si tienes algún problema con el coche puedes estar durante días hasta que algún otro casualmente pase por allí, perdido como un naufrago en una isla de arena. El mejor lugar del mundo, dicen, para ver las estrellas.
Árboles milenarios y cocodrilos. Tiburones, focas, canguros, koalas, ornitorrincos… La gente conoce a estos animales como nosotros aceptamos a la vaca o el águila como un animal cotidiano que todo el mundo hemos visto y aceptado como parte de nuestro entorno.
Estoy al otro lado del planeta y se siente. Sientes algo que te resulta desconocido en la atmósfera, hueles un olor exótico y el cielo es de un color similar al que conoces, pero no deja de parecerte nuevo.
No puedo creer todavía que ya esté aquí, que haya paseado y reído en un lugar que parecía tan lejano como inconcebible.
Llegué sobre las 12 de la noche después de 10 horas más desde Malasia. Hacía días que no había dormido prácticamente nada. Pero el corazón me latía como el de un niño en navidad que sabe que un regalo le espera al despertarse y la noche parece eterna pero a la vez la disfrutas, porque sabes que cuando pase sabrás lo que había dentro del envoltorio, duermes plácidamente, con el paso de las horas y a la vez excitado por lo mágico del momento.
Miraba por la ventanilla del avión, sentado al lado de dos estudiantes indias, que había visto anteriormente en el aeropuerto de Kuala Lumpur. Estudiaban en Melbourne y todo el rato me repetían lo mucho que iba a gustarme esta ciudad, lo especial que era…
Cuando descendíamos para aterrizar, entre las nubes comencé a ver las luces de la costa que formaban una línea sobre la oscuridad marcando el punto sur de la gigante isla donde se encontraba la primera tierra que pisaría del continente oceánico, la primera ciudad de la cara opuesta del lugar en el que crecí.
Aterrizamos y estaba nervioso porque cabía la posibilidad de que inmigración me deportara de nuevo a mi país bajo sospecha. De que me interrogaran sobre mis propósitos en el país y por alguna razón creyeran que pondría en peligro de alguna forma la estabilidad de éste. Nada malo supongo, pero ilegal para algunos poderosos que deciden sobre la humanidad y abren las puertas de una tierra robada como si fueran dueños de ella porque le han puesto nombre, que ya existía antes de que ellos nacieran, desde el principio de los tiempos. Decidiendo artificialmente si eres una persona apta para pisarla. Esto me hace darme cuenta, con un dinero en el bolsillo, de lo que puede llegar a sentir cualquiera de los muchos inmigrantes que prueban suerte en una tierra desconocida poniéndose en manos de unos racistas y nacionalistas que creen que somos desconocidos o diferentes a las personas que les rodean, simplemente por ser flores de diferentes raíces.
Cuando me dejaron pasar la aduana sin preguntas me inundó una emoción que no podía aguantarme y quizá también por el cansancio, unas ganas enormes de llorar de alegría y decir a todo el mundo: ¡Ya estoy aquí! ¡Después de todo he llegado! Parece muy exagerado, pero cualquier persona que alguna vez en su vida haya metido la casa en una mochila, y por alguna razón a decidido dejar la seguridad de un hogar y un entorno para vivir la experiencia de comenzar desde cero en un lugar que nunca ha visto antes y prácticamente desconocido, un dinero limitado, la aventura de viajar a un lugar de los que oías en las películas como el escenario de un cuento, sabe la explosión de vida que se siente.
Pasé por los pasillos y los rigurosos controles del aeropuerto mirando como un niño las fotos de los paisajes y animales que algún día podría llegar a tocar , me paraba delante de ellos con la boca abierta y me repetía una y otra vez lo increíble que me resultaba saber que estaba allí.
Salí fuera con mis mochilas y no sabía que mi amigo que conocí en Granada me estaba esperando, me alegré mucho de verle y de saber que no iba a estar solo y perdido a la una de la mañana en una ciudad enorme intentando encontrar la casa de mi amiga. Esto no es España, a la 1 de la mañana la gente está durmiendo y las calles completamente vacías. Le abracé y nos comportamos avergonzados y conscientes de lo extraño que era poder estar en el país del otro, conocer físicamente los lugares que me contaba como si fueran las fotos de unas vacaciones.
Le conté todo lo que pasó los últimos meses desde la última vez que le vi. El me contó lo que pasó los últimos meses desde la última vez que me vio. Y recordamos añorando los momentos que formaban ya parte de un pasado que recordamos con cariño.
Me encanta como me siento cuando viajo, cuando llego a mi destino, el sentimiento que me recorre el cuerpo.
Encontramos el número de la casa, me bajé del coche y cuando vi el número del piso, miré por la persiana de la ventana contigua y vi sus caras conocidas. Golpeé la ventana y nos pusimos muy contentos de vernos, volví a por mis mochilas e invité a mi amigo para que las conociera. Las abracé, una de ellas acababa de llegar de Indonesia para quedarse también unos meses y veía su sonrisa y el gesto de su cara que era como el mío, sabía que estaba igual de emocionada que yo.
Hablamos hasta las 4 de la mañana, conocí a otras 3 personas y me sentí como en casa desde el primer momento, nos reímos y actuamos como si nos conociéramos de siempre, fue realmente bueno sentir ese tipo de conexión en tus primeras horas en un lugar del que no tenía ni idea y conocer a gente que llevaba durante meses viajando por el país, comenzando exactamente desde mi punto de partida, escuchando boquiabierto sobre un viaje en el que yo acababa de comenzar.
Mi mente estaba despierta, pero mi cuerpo estaba exhausto. Dormí en mi saco sobre el suelo de salón como no había dormido por mucho tiempo soñando que un niño despertó el día de navidad y vio después de esperar toda la noche, por primera vez lo que había dentro del envoltorio de su regalo.
Ahora me voy a dormir otra vez, pero tenía que escribir y contaros por primera vez, exactamente en el momento, que es lo que se siente cuando intento hablaros de lo mágico que es disfrutar así de la vida.
Aunque hayan pasado varios días todavía no he conseguido despertarme del todo. Escribiré pronto todo lo que han pasado los últimos días, que ha sido mucho. Pero actualmente mi amiga de Portugal y yo vivimos en una casa ocupada, que es increíble, ya pondré algunas fotos, a cinco minutos de la playa en el piso de los amigos de nuestros amigos. Así que no pagamos alojamiento, haremos algo de dinero durente un mes cerca de la playa hasta que podamos comprar una furgoneta en la que viviremos y viajaremos los próximos meses que estemos en Australia, y así poder vivir y contaros los cuentos que he escuchado.
viernes, 21 de enero de 2011
"Londres desde Malasia"
Llueve a mares, pero hace mucho calor, es la época de lluvias. Segundo día en Malasia y aún no me recuperado del todo, a las 4 de la mañana ya estaba despierto. Hay un 82% de humedad y un cambio de 7 horas de diferencia, así que no pude volver a pegar ojo. Estaba en calzoncillos sobre una litera cubierta por una vieja sábana marrón. Al lado de la ventana y sin ventilador. En una habitación compartida en “Chinatown” por 3€, que puedo pedir…, pero sobre las 7 de la mañana, después de dar vueltas sobre la cama, medio dormido-medio despierto, levanté la cabeza y vi a través de la ventana como los primeros rayos de sol teñían con el color del amanecer el edificio de en frente… Había dormido 3 horas y después de 12 horas de viaje y casi 3 noches sin dormir estaba exhausto, pero mirando por la ventana me di cuenta de que no me hubiera gustado estar en otro sitio que no fuera aquél. Había amanecido en Kuala Lumpur…
Cuando estaba en el avión a punto de despegar para Londres dos días antes, la mujer que había visto antes en la cola de pasajeros, la cual me resultó algo extraña, por supuesto, se acabó sentando a mi lado. Me hablo de muchísimas cosas de las que ahora no recuerdo ninguna. Era una mujer inglesa con una melenita blanca, ojos claros, un gorro de colorines, muy sonriente y un perfecto acento español. La otra mujer que estaba al otro lado se hacía la dormida, así que entre los cajones de “Ryanair”, un día lleno de emociones, y los nervios del viaje en el que ya estaba embarcado, aquella mujer no me dejaba de hablar… era muy simpática y no merecía que la mandara callar, la verdad que era muy agradable, pero en ese momento solo me apetecía mirar por la ventanilla y ver las luces del cielo en la tierra. Le decía que si a todo, intenté leer, pero nada… Opté por imitar a mi compañera, me hice el dormido.
Llegué a Londres y la hierba de la pista de aterrizaje estaba cubierta de hielo. Baje del avión, pasé el control de aduanas, cogí mi maleta y después salí afuera para coger el autobús que había reservado para ir al centro. Y ahí estaba, sentado, esperando al autobús y comiéndome el bocadillo de “Pisto a la bilbaína” que me había sobrado del mediodía entre toda aquella gente que como yo iba a alguna parte. Con todos mis respetos a todos mis amigos y amigas de londinenses, definitivamente, Londres no es mi lugar para vivir…
Bueno, contaré mi día y medio en la ciudad al ritmo en el que todo me pareció que sucedió.
Cogí el autobús y llegué a la parte oeste de la ciudad, “Finchley road”. Llovía y hacía frío. Llevaba una mochila delante y otra detrás de unos 20 Kg. en total y una hoja del “Google maps”, de cómo llegar a la casa de mi amiga desde la parada de autobús, la seguí. Después me di cuenta que el mapa era desde la parada de autobús de el otro lado de la calle, así que me fui por el lado contrario. Retrocedí. Las calles estaban vacías y eran como las 11 de la noche. Casas con jardín me acompañaban por todos los lados como el capítulo de los Simpson en el que el decorado se repite continuamente. Llegué a la casa y comprobé el número. Mi amiga estaba en Granada así que iba a dormir con su familia que no conocía prácticamente de nada. Un poco nervioso llamé al timbre.
- ¿Yes?
- ¡Hola! ¡Soy Endika el amigo de Katie…!
- ¿Quién?
- ¡Endika! ¡El amigo de Katie! ¿Es este el número … de la calle …?
- Si. Njcvrbvkcsnkcjncnkdwnc
- ¡Lo siento! ¡No oigo! ¡Se oye muy bajo!
- Eybcbcxbsbhcebcbch
- ¡No puedo oír!...
Se abre la puerta y su hermana me recibe con un abrazo, el perro viene y me saluda también, el papá espera en la puerta sonriendo. La hermana habla perfecto español, casi parece nativa. Me reciben con una bienvenida y es agradable ver sonreír a alguien de nuevo, El perro se parece al mío en negro y más pequeño, echo de menos a Goa. La hermana me presenta a su amiga, muy sexy. La mama aparece a la derecha y me saluda muy alegre. Nos damos la mano. Dejo mis mochilas sobre el suelo y rodeado en la entrada de la casa me siento muy a gusto y adquiero la posición del “botijo”, las dos manos cerradas y a la altura de la pelvis. Me da un poco de vergüenza. Me preguntan sobre el viaje y me dicen que no recordaban que venía, por eso el malentendido en la entrada. Me enseñan la habitación donde voy a dormir que es la de mi amiga. Me acompañan a la habitación la mamá, la hermana y la amiga de la hermana. Nos sentamos sobre el suelo y hablamos sobre el viaje que me espera, mi familia, mis amigos, España… Son muy simpáticos. Llevo mucho tiempo sin hablar inglés y me cuesta cogerles, a veces la hermana me habla en español, porque creo que se a dado cuenta de que no dejo de sonreír y mirarles como en un partido de tenis. Tomamos té. Les comento mis planes sobre visitar la ciudad de mañana y que me gustaría ver algunos museos. Me invitan a la cocina donde el padre está tocando la guitarra acústica y recuerdo que no pude traer la mía, la madre me presta una revista sobre las últimas exposiciones en la ciudad. La noche anterior no pude casi dormir pero el ambiente es muy agradable. Me resulta difícil creer que por la mañana estuviera comiendo en Santurtzi con mis padres y ahora estaba tomando té en la cocina, de una casa, en un barrio de Londres con unos desconocidos desde hacía prácticamente unos 15 minutos. Me sentía afortunado. Nos sentamos alrededor de la mesa y tomamos más té. El padre sigue tocando, yo le hablo del dinero que me hubiera costado traer la mía, me pregunta si sé tocar y le digo que estaba aprendiendo y él toca el principio de “wonderworld” de “Oasis” con la impresionante facilidad de que aquellos que tienen un talento musical. Después la hermana me habla de que mañana tiene el examen práctico del carnet de conducir, esta muy nerviosa. Yo le respondo que no se preocupe, que le traigo suerte desde España y sé que aprobará. Seguimos hablando y la amiga me habla de filosofía y matemáticas y de su conexión entre ellas, yo no estoy totalmente de acuerdo. Estamos cansados y nos vamos a la cama, nos despedimos. Quedamos para mañana y así poder recoger mis mochilas antes de irme. Ha sido un día largo e intenso y no dejo de pensar en lo que fue, es y será. Me acuesto y escribo un mensaje a mi amiga diciéndole lo cómoda que me parece su cama. Me duermo leyendo: “Cien años de soledad” de García Márquez…
Estoy durante toda la noche despertándome y durmiéndome con la continua sensación de no saber si estoy despierto o dormido, mezclando los sueños con la realidad, me parece estar viviendo en un cuadro de Dalí.
Es por la mañana, suena mi despertador a las 8.30, me levanto a las 9. Me visto con la idea de ir a desayunar fuera. La casa parece estar vacía, pero de repente la madre aparece y nos damos los buenos días. Me dice que se va pero me invita a tomar café en la cocina con la hermana y me pide por favor que “no deje salir al perro de la cocina”. El perro también me da los buenos días. He dormido fatal y me siento algo mareado, necesito el café. Aparece la hermana y me dice lo nerviosa que está. Hablamos e intento tranquilizarla, y me pregunta mis planes, y me recomienda bajarme en el centro y visitar algunos sitios como el museo de arte moderno. El padre nos saluda y se despide. Juego con el perro. La hermana y yo salimos de la cocina y los dos nos vamos a nuestras habitaciones a terminar de vestirnos. El perro ha ido a mi habitación, ha salido de la cocina, ¡mierda! Intento agarrarlo, pero se escapa con un peluche en la boca. La hermana no está y el perro da vueltas alrededor de la mesa, y yo detrás de él. Veo al padre en el jardín y dejo de dar vueltas alrededor de la mesa como si fuera gilipollas. Intento hacer que venga hacia mí, pero es imposible. El padre se va, y sigo dando vueltas alrededor de la mesa durante varios minutos detrás del perro intentando diferentes trucos sin ningún resultado. Se le cae el peluche y lo cojo, estoy en ventaja. Le intento llamar con el peluche y él me ladra, pero no se acerca. Entra la hermana y me ve en el suelo con el peluche en la mano. Le digo que el perro salió de la cocina y estoy intentando meterlo de vuelta, ve el peluche que debía de ser su infancia y se lo devuelvo, ella se lo lleva a su cuarto, le digo que el perro lo cogió de la habitación, que yo no se lo había dado. El perro pasa por entre mis piernas y se mete en la cocina…
Salimos de la casa habiéndonos apostado una cerveza, ella me invitaba si aprobaba, sino yo le invitaría. Yo le respondí que iba a ser ella quien me pagaría la cerveza y le desee suerte. El coche le esperaba en la calle y ella me avisó que fuera en la otra dirección que es donde estaba el metro.
Pasee por primera vez solo en Londres, Había poca gente en la calle. Yo me entretenía comparando los precios y viendo Londres de día. No hacía mucho frío y aunque me sentía bastante cansado me gustaba estar ahí. Compré un bono por un día para el metro. Bajé las escaleras. Todos miraban de una forma casi automática y en silencio en dirección a su vía, yo les miraba a ellos y recordé el libro de Oscar Wilde: “1984”, y pensé que no era muy diferente a esto. Nos metimos en el tren y dentro se adquirían tres posiciones: la del “hombre de cera” con la mirada perdida, mirando hacia debajo de una manera que era difícil diferenciar si estaba dormido o despierto, o jugando con los aparatos electrónicos levantando la cabeza en intervalos de micro-segundos comprobando que en el mundo real no se pasaban su parada. Llegué al centro y salimos en carrera hacia la salida, corrían hacia las escaleras donde ponía: “por favor, póngase a la derecha”, porque por la parte izquierda había gente que las subía corriendo y de dos en dos y me pregunté si sería alguna especie de concurso. Escaleras mecánicas repletas de gente por todos los lados y a la salida la maravillosa estampa de unos policías con unos rifles mirando hacia nosotros y por alguna extraña razón y por primera vez aquel día, en este caso ellos, hablaban y se reían, pensé que se podría llegar a un punto en el que te acostumbres a situarte en uniforme, cruzándote con miles de personas a diario, vigilante y con la tensión de saber que tienes algo en la manos que podría matar a muchísimas de aquellas personas en un momento de tensión en el que quizás llegues a usarlo y aun así tener ganas de reírse. Volví a pensar en el libro de “Wilde”.
Por fin salía de la estación y una torre tapada por el techo de ésta se hacía cada vez más grande mientras caminaba hasta asomarse del todo enseñándome imponente su enorme reloj y su tejado decorado con objetos dorados. El Big Ben y el edificio del parlamento. La ciudad de Londres me daba la bienvenida. Caminé hacia la izquierda en dirección del río. Algunos turistas sacaban fotos y un hombre vestido de escocés tocaba la gaita sobre el puente. Lo bordeé y paseé junto a él viendo los barcos, las gaviotas, la noria, el teatro nacional… una familia De Indios que al parecer estaban de vacaciones, reían y se sacaban fotos, me puse cerca para oírles hablar “Hindi”. Eso me hizo sonreír., Seguí y a pesar de estar en el centro de la ciudad, el ruido de los vehículos y la gente con la que me cruzaba, había algo de sobrecogedor en el silencio que se respiraba. La gente parecía tener siempre prisa y debían de seguir algún punto fijo hacia el horizonte que no conseguí encontrar. Llegué al museo de arte moderno que era completamente gratis con una donación voluntaria, (¡punto positivo para Londres!) y ví a un chino que hizo millones de pipas de porcelana, Ví a picasso, me senté con Pollock, disfruté con Bacon, comprendí a Klee, saboreé a Matisse, comparé a Miró, recordé a Dalí y con mucho sueño me senté en el centro de la exposición de surrealismo, que me hizo marearme más de lo que estaba. Necesitaba comer algo.
Crucé un puente mirando hacia el Tower Bridge. Y entre restaurantes de “Fast food”, autobuses de dos pisos y cabinas de teléfono de color rojo, la gente parecía mas relajada y alegre. Llegué a una parada de metro.
- Sorry, ¿sabe usted cual es la parada de “Chinatown”?
- No – y se fue sin ni siquiera mirarme a la cara.
Después de la fantástica cooperación de aquella señora de la limpieza, de un “No” moribundo y de quedarme plantado ahí con una sonrisa que acabo por convertirse en el rostro de un gilipollas, decidí intentarlo de nuevo con un responsable del metro que creo que debió de recitarme algún acertijo que tampoco conseguí adivinar. Bajé las escaleras, miré el mapa. Lo volví a mirar. Suspiré. Oí “Hindi” y decidí intentarlo de nuevo. Me intentaron explicar las combinaciones, dije “Yes” por no tirarme a la vía cuando pasara el próximo metro y me respondieron: “ven”. Entramos en el metro. Adoptamos la posición “muñeco de cera”. Bajamos y corrimos, De vez en cuando miraban hacia atrás o me hacían una señal para que les siguiera. Corríamos por la izquierda de las escaleras mecánicas. Intentaba seguirles esquivando a la gente del concurso que iba en todas direcciones. Otro metro. Más posición “cera”, Otra carrera. Desconfié. Otro metro. “Aquí”, me dijeron, les miré y les dí las gracias muchas veces. Se fueron corriendo como si aquel fuera su trabajo y cogí el último metro. Cuando las puertas se cerraban un hombre quedó atrapado y entre tanta gente con el mismo tono y sorpresa de alguien que encuentra el botón de la chaqueta que perdió por la mañana, alguien dijo: ¡Oh my god! Y todos miraban hacia las puertas como las vacas que ven pasar el tren a aquel hombre que intentaba pasar la otra mitad de su cuerpo hacia el interior. Yo observé la escena con la boca abierta, y con un gesto de rabia que explotó en mi cara instantáneamente me levanté de un salto para ayudar al hombre y una de las vacas que estaba a su lado me miró y se adelantó a ayudarle. Me volví a sentar y aquel hombre que ya estaba dentro dijo seriamente: “Estoy bien”. A continuación y sin preguntas de preocupación la gente volvió a adquirir alguna de “las tres pociones”. Me crucé de brazos y me reí mas parecido a un suspiro desde el estómago, impresionado. Ya no tenía sueño.
Llegué a la bonita Chinatown, precedente de mi próximo destino y busqué entre todos los restaurantes alguno un poco económico. Encontré un buffet libre por 5 libras, entré, me senté y me dí cuenta de que el restaurante estaba lleno de españoles, “come todo lo que puedas por 5 libras”, estaba claro… Recuerdo, aunque no estoy seguro, haber comido antes ahí, en ese mismo lugar con mi padre hace muchos años.
Con el estómago lleno y sintiéndome un poco mejor salgo y veo un mensaje de la hermana. A aprobado el examen de conducción y me pregunta cuales son mis planes y le comento que quiero pasear hasta “Picadilly Circus” y que en unas horas podríamos quedar para tomar esa cerveza que habíamos apostado. Paseo hasta Picadilly Circus, pasando por el Soho. Pienso que las chicas de Londres son muy guapas. Sigo hasta Trafalgar Square, pasando por el centro atestado de gente que compra en una calle construida especialmente para eso. Me llama la atención una gran tienda de peluches, que parece ser bastante famosa, ya que esta llena de niños y no tan niños. Los empleados, algunos disfrazados venden los productos como en una feria. Sigo hasta “Trafalgar” acompañado por el atardecer, increíblemente cansado. Rodeo las esculturas de los leones y paso por entre las fuentes, subo las escaleras del museo nacional, mientras alguien en alguna parte toca una preciosa melodía de clarinete y me apoyo en el balcón de la entrada. Desde arriba se ve toda la plaza con sus dos fuentes, sus 4 leones rodeando una torre que apunta a la avenida que le sigue y ésta acaba con el Big Ben al fondo que está iluminado, todo esta iluminado, y alguien dice: “Qué bonito”; y pienso que en verdad es bonito, y me doy cuenta de que se ha hecho de noche y en una hora tengo que volver a la casa a por mis cosas para volver al aeropuerto. Se me hace un nudo en la boca del estómago y a la vez me produce una sonrisa. Voy al metro e intento visitar el mercado de “Candem Town”. Cuando llego, miro el reloj y veo que me queda media hora y antes de salir de la parada del metro vuelvo para volver a casa, pero no se cómo hacerlo. Le pregunto al de seguridad y me responde con otro acertijo que tampoco entiendo. Intento buscarlo por mi cuenta, pero el camino se me hacía demasiado largo y en 40 minutos salía mi autobús al aeropuerto. Corrí, subí, bajé… hasta que un chico me dijo que debía hacer el trayecto que al principio me parecía largo. Me subí en el metro y cada parada se me hacía eterna. 20 minutos para ir hasta la casa, recoger mis cosas e ir hacia el autobús. Salí del metro entré en una tienda y compré algo de comida con el dinero que me quedaba. Corrí y me perdí. 15 minutos. Llovía y estaba muy nervioso, no podía perder el autobús. Llegué a la casa, me abrió la hermana, la abracé y la felicité, me presentó a su amiga española y me dijo que si quería que me acercara a la parada que se encontraba a 10 minutos caminando! Había conseguido su carnet aquel día y le dije que muchas gracias, que por favor, porque sino lo perdería. Cogí mis mochilas a toda velocidad y nos montamos en el coche. Salimos y cuando estábamos cerca me despedí y me bajé en marcha, le volví a dar las gracias y salí corriendo hacia la parada, se me rompió la bolsa de la comida y se me cayeron las dos manzanas, ¡mierda! Nadie me ayudó. Llegué con un minuto de diferencia, sudaba y respiré profundamente. Ahora ya solo podía esperar. El autobús venía y me quedé esperando al lado de la parada. Pero el autobús pasa de largo y se para 10 metros más adelante. Pregunté a la gente que estaba en la marquesina si no paraba aquí y me respondieron que debería haber enseñado mi ticket al conductor o sino no para. Fui a la puerta del conductor corriendo y le enseñe el ticket, pero me dijo que no me habría la puerta que debería haberlo hecho antes, o sea, 10 metros más atrás ¡Le grité que no lo sabía, que tenía que coger mi vuelo! Al señor conductor, por no llamarle “hijoputa”, le importó una mierda lo que yo tendría que hacer, arrancó y se fue. Volví a la marquesina y lleno de rabia me senté entre la gente que estaba que por su gesto creo que también les importaba otra mierda. Era un ticket fijo, es decir, no podría cambiarlo o debería pagar 5 libras más, me había gastado mi dinero en la comida, así que podría quedarme allí sin poder coger mi vuelo. Mientras pensaba mil y una excusas vino 20 minutos después otro autobús, le enseñé el ticket agitándolo como una bandera. Paró, bajó, vio mi ticket y me sonrió. Aquel hombre que luego conocí en el trayecto al aeropuerto vivía en Congo, emigró a Europa ilegalmente hace 10 años y ahora trabajaba de conductor de autobuses. Hacía 10 años que no veía a su familia y se moría de ganas por volver a su país…
Subí al autobús, que estaba completamente vacío con una chica al frente a la que saludé en inglés aunque su cara pareciera latina. Me senté al otro lado un asiento más atrás y la escuché hablar un inglés con acento sudamericano, con el conductor.
Lo que yo aún no sabía era que aquella chica iba al aeropuerto para coger el mismo vuelo que yo, que había vivido en Australia, que facturaríamos juntos, después fumaríamos un cigarro, compartiríamos un sándwich, hablaríamos sobre nuestros amigos y nuestra familia, nos iríamos a coger el vuelo, compararíamos opiniones sobre Londres, nos pasaríamos la puerta de embarque para coger nuestro vuelo y esperaríamos allí solos hasta que alguien vino a recogernos y nos llevaría a la nuestra a solo 20 minutos de embarcar, de que se retrasaría nuestro vuelo y de que lo cogeríamos cambiando nuestros asientos para pasar 12 horas de avión juntos y 4 días en Kuala Lumpur, y que nos íbamos a dar un beso al despedirnos para yo volver al aeropuerto e irme a Australia. Ahora me doy cuenta de seguramente ni siquiera la hubiera conocido si no hubiera perdido mi autobús…
Cuando hablaba con el conductor se giró y me preguntó en inglés a dónde iba, le respondí en español y se sorprendió de que habláramos el mismo idioma y fuéramos al mismo destino. Vivía en Chile y pasaría los próximos meses viajando en Asia. Ella tampoco sabía todo lo que ocurriría a continuación…
“La vida, es una sucesión de casualidades que conectan todos los hechos en camino hacia nuestro destino”.
“Torres Petronas de Kuala Lumpur (Malasia)”, unas de las más altas del mundo.
Cuando estaba en el avión a punto de despegar para Londres dos días antes, la mujer que había visto antes en la cola de pasajeros, la cual me resultó algo extraña, por supuesto, se acabó sentando a mi lado. Me hablo de muchísimas cosas de las que ahora no recuerdo ninguna. Era una mujer inglesa con una melenita blanca, ojos claros, un gorro de colorines, muy sonriente y un perfecto acento español. La otra mujer que estaba al otro lado se hacía la dormida, así que entre los cajones de “Ryanair”, un día lleno de emociones, y los nervios del viaje en el que ya estaba embarcado, aquella mujer no me dejaba de hablar… era muy simpática y no merecía que la mandara callar, la verdad que era muy agradable, pero en ese momento solo me apetecía mirar por la ventanilla y ver las luces del cielo en la tierra. Le decía que si a todo, intenté leer, pero nada… Opté por imitar a mi compañera, me hice el dormido.
Llegué a Londres y la hierba de la pista de aterrizaje estaba cubierta de hielo. Baje del avión, pasé el control de aduanas, cogí mi maleta y después salí afuera para coger el autobús que había reservado para ir al centro. Y ahí estaba, sentado, esperando al autobús y comiéndome el bocadillo de “Pisto a la bilbaína” que me había sobrado del mediodía entre toda aquella gente que como yo iba a alguna parte. Con todos mis respetos a todos mis amigos y amigas de londinenses, definitivamente, Londres no es mi lugar para vivir…
Bueno, contaré mi día y medio en la ciudad al ritmo en el que todo me pareció que sucedió.
Cogí el autobús y llegué a la parte oeste de la ciudad, “Finchley road”. Llovía y hacía frío. Llevaba una mochila delante y otra detrás de unos 20 Kg. en total y una hoja del “Google maps”, de cómo llegar a la casa de mi amiga desde la parada de autobús, la seguí. Después me di cuenta que el mapa era desde la parada de autobús de el otro lado de la calle, así que me fui por el lado contrario. Retrocedí. Las calles estaban vacías y eran como las 11 de la noche. Casas con jardín me acompañaban por todos los lados como el capítulo de los Simpson en el que el decorado se repite continuamente. Llegué a la casa y comprobé el número. Mi amiga estaba en Granada así que iba a dormir con su familia que no conocía prácticamente de nada. Un poco nervioso llamé al timbre.
- ¿Yes?
- ¡Hola! ¡Soy Endika el amigo de Katie…!
- ¿Quién?
- ¡Endika! ¡El amigo de Katie! ¿Es este el número … de la calle …?
- Si. Njcvrbvkcsnkcjncnkdwnc
- ¡Lo siento! ¡No oigo! ¡Se oye muy bajo!
- Eybcbcxbsbhcebcbch
- ¡No puedo oír!...
Se abre la puerta y su hermana me recibe con un abrazo, el perro viene y me saluda también, el papá espera en la puerta sonriendo. La hermana habla perfecto español, casi parece nativa. Me reciben con una bienvenida y es agradable ver sonreír a alguien de nuevo, El perro se parece al mío en negro y más pequeño, echo de menos a Goa. La hermana me presenta a su amiga, muy sexy. La mama aparece a la derecha y me saluda muy alegre. Nos damos la mano. Dejo mis mochilas sobre el suelo y rodeado en la entrada de la casa me siento muy a gusto y adquiero la posición del “botijo”, las dos manos cerradas y a la altura de la pelvis. Me da un poco de vergüenza. Me preguntan sobre el viaje y me dicen que no recordaban que venía, por eso el malentendido en la entrada. Me enseñan la habitación donde voy a dormir que es la de mi amiga. Me acompañan a la habitación la mamá, la hermana y la amiga de la hermana. Nos sentamos sobre el suelo y hablamos sobre el viaje que me espera, mi familia, mis amigos, España… Son muy simpáticos. Llevo mucho tiempo sin hablar inglés y me cuesta cogerles, a veces la hermana me habla en español, porque creo que se a dado cuenta de que no dejo de sonreír y mirarles como en un partido de tenis. Tomamos té. Les comento mis planes sobre visitar la ciudad de mañana y que me gustaría ver algunos museos. Me invitan a la cocina donde el padre está tocando la guitarra acústica y recuerdo que no pude traer la mía, la madre me presta una revista sobre las últimas exposiciones en la ciudad. La noche anterior no pude casi dormir pero el ambiente es muy agradable. Me resulta difícil creer que por la mañana estuviera comiendo en Santurtzi con mis padres y ahora estaba tomando té en la cocina, de una casa, en un barrio de Londres con unos desconocidos desde hacía prácticamente unos 15 minutos. Me sentía afortunado. Nos sentamos alrededor de la mesa y tomamos más té. El padre sigue tocando, yo le hablo del dinero que me hubiera costado traer la mía, me pregunta si sé tocar y le digo que estaba aprendiendo y él toca el principio de “wonderworld” de “Oasis” con la impresionante facilidad de que aquellos que tienen un talento musical. Después la hermana me habla de que mañana tiene el examen práctico del carnet de conducir, esta muy nerviosa. Yo le respondo que no se preocupe, que le traigo suerte desde España y sé que aprobará. Seguimos hablando y la amiga me habla de filosofía y matemáticas y de su conexión entre ellas, yo no estoy totalmente de acuerdo. Estamos cansados y nos vamos a la cama, nos despedimos. Quedamos para mañana y así poder recoger mis mochilas antes de irme. Ha sido un día largo e intenso y no dejo de pensar en lo que fue, es y será. Me acuesto y escribo un mensaje a mi amiga diciéndole lo cómoda que me parece su cama. Me duermo leyendo: “Cien años de soledad” de García Márquez…
Estoy durante toda la noche despertándome y durmiéndome con la continua sensación de no saber si estoy despierto o dormido, mezclando los sueños con la realidad, me parece estar viviendo en un cuadro de Dalí.
Es por la mañana, suena mi despertador a las 8.30, me levanto a las 9. Me visto con la idea de ir a desayunar fuera. La casa parece estar vacía, pero de repente la madre aparece y nos damos los buenos días. Me dice que se va pero me invita a tomar café en la cocina con la hermana y me pide por favor que “no deje salir al perro de la cocina”. El perro también me da los buenos días. He dormido fatal y me siento algo mareado, necesito el café. Aparece la hermana y me dice lo nerviosa que está. Hablamos e intento tranquilizarla, y me pregunta mis planes, y me recomienda bajarme en el centro y visitar algunos sitios como el museo de arte moderno. El padre nos saluda y se despide. Juego con el perro. La hermana y yo salimos de la cocina y los dos nos vamos a nuestras habitaciones a terminar de vestirnos. El perro ha ido a mi habitación, ha salido de la cocina, ¡mierda! Intento agarrarlo, pero se escapa con un peluche en la boca. La hermana no está y el perro da vueltas alrededor de la mesa, y yo detrás de él. Veo al padre en el jardín y dejo de dar vueltas alrededor de la mesa como si fuera gilipollas. Intento hacer que venga hacia mí, pero es imposible. El padre se va, y sigo dando vueltas alrededor de la mesa durante varios minutos detrás del perro intentando diferentes trucos sin ningún resultado. Se le cae el peluche y lo cojo, estoy en ventaja. Le intento llamar con el peluche y él me ladra, pero no se acerca. Entra la hermana y me ve en el suelo con el peluche en la mano. Le digo que el perro salió de la cocina y estoy intentando meterlo de vuelta, ve el peluche que debía de ser su infancia y se lo devuelvo, ella se lo lleva a su cuarto, le digo que el perro lo cogió de la habitación, que yo no se lo había dado. El perro pasa por entre mis piernas y se mete en la cocina…
Salimos de la casa habiéndonos apostado una cerveza, ella me invitaba si aprobaba, sino yo le invitaría. Yo le respondí que iba a ser ella quien me pagaría la cerveza y le desee suerte. El coche le esperaba en la calle y ella me avisó que fuera en la otra dirección que es donde estaba el metro.
Pasee por primera vez solo en Londres, Había poca gente en la calle. Yo me entretenía comparando los precios y viendo Londres de día. No hacía mucho frío y aunque me sentía bastante cansado me gustaba estar ahí. Compré un bono por un día para el metro. Bajé las escaleras. Todos miraban de una forma casi automática y en silencio en dirección a su vía, yo les miraba a ellos y recordé el libro de Oscar Wilde: “1984”, y pensé que no era muy diferente a esto. Nos metimos en el tren y dentro se adquirían tres posiciones: la del “hombre de cera” con la mirada perdida, mirando hacia debajo de una manera que era difícil diferenciar si estaba dormido o despierto, o jugando con los aparatos electrónicos levantando la cabeza en intervalos de micro-segundos comprobando que en el mundo real no se pasaban su parada. Llegué al centro y salimos en carrera hacia la salida, corrían hacia las escaleras donde ponía: “por favor, póngase a la derecha”, porque por la parte izquierda había gente que las subía corriendo y de dos en dos y me pregunté si sería alguna especie de concurso. Escaleras mecánicas repletas de gente por todos los lados y a la salida la maravillosa estampa de unos policías con unos rifles mirando hacia nosotros y por alguna extraña razón y por primera vez aquel día, en este caso ellos, hablaban y se reían, pensé que se podría llegar a un punto en el que te acostumbres a situarte en uniforme, cruzándote con miles de personas a diario, vigilante y con la tensión de saber que tienes algo en la manos que podría matar a muchísimas de aquellas personas en un momento de tensión en el que quizás llegues a usarlo y aun así tener ganas de reírse. Volví a pensar en el libro de “Wilde”.
Por fin salía de la estación y una torre tapada por el techo de ésta se hacía cada vez más grande mientras caminaba hasta asomarse del todo enseñándome imponente su enorme reloj y su tejado decorado con objetos dorados. El Big Ben y el edificio del parlamento. La ciudad de Londres me daba la bienvenida. Caminé hacia la izquierda en dirección del río. Algunos turistas sacaban fotos y un hombre vestido de escocés tocaba la gaita sobre el puente. Lo bordeé y paseé junto a él viendo los barcos, las gaviotas, la noria, el teatro nacional… una familia De Indios que al parecer estaban de vacaciones, reían y se sacaban fotos, me puse cerca para oírles hablar “Hindi”. Eso me hizo sonreír., Seguí y a pesar de estar en el centro de la ciudad, el ruido de los vehículos y la gente con la que me cruzaba, había algo de sobrecogedor en el silencio que se respiraba. La gente parecía tener siempre prisa y debían de seguir algún punto fijo hacia el horizonte que no conseguí encontrar. Llegué al museo de arte moderno que era completamente gratis con una donación voluntaria, (¡punto positivo para Londres!) y ví a un chino que hizo millones de pipas de porcelana, Ví a picasso, me senté con Pollock, disfruté con Bacon, comprendí a Klee, saboreé a Matisse, comparé a Miró, recordé a Dalí y con mucho sueño me senté en el centro de la exposición de surrealismo, que me hizo marearme más de lo que estaba. Necesitaba comer algo.
Crucé un puente mirando hacia el Tower Bridge. Y entre restaurantes de “Fast food”, autobuses de dos pisos y cabinas de teléfono de color rojo, la gente parecía mas relajada y alegre. Llegué a una parada de metro.
- Sorry, ¿sabe usted cual es la parada de “Chinatown”?
- No – y se fue sin ni siquiera mirarme a la cara.
Después de la fantástica cooperación de aquella señora de la limpieza, de un “No” moribundo y de quedarme plantado ahí con una sonrisa que acabo por convertirse en el rostro de un gilipollas, decidí intentarlo de nuevo con un responsable del metro que creo que debió de recitarme algún acertijo que tampoco conseguí adivinar. Bajé las escaleras, miré el mapa. Lo volví a mirar. Suspiré. Oí “Hindi” y decidí intentarlo de nuevo. Me intentaron explicar las combinaciones, dije “Yes” por no tirarme a la vía cuando pasara el próximo metro y me respondieron: “ven”. Entramos en el metro. Adoptamos la posición “muñeco de cera”. Bajamos y corrimos, De vez en cuando miraban hacia atrás o me hacían una señal para que les siguiera. Corríamos por la izquierda de las escaleras mecánicas. Intentaba seguirles esquivando a la gente del concurso que iba en todas direcciones. Otro metro. Más posición “cera”, Otra carrera. Desconfié. Otro metro. “Aquí”, me dijeron, les miré y les dí las gracias muchas veces. Se fueron corriendo como si aquel fuera su trabajo y cogí el último metro. Cuando las puertas se cerraban un hombre quedó atrapado y entre tanta gente con el mismo tono y sorpresa de alguien que encuentra el botón de la chaqueta que perdió por la mañana, alguien dijo: ¡Oh my god! Y todos miraban hacia las puertas como las vacas que ven pasar el tren a aquel hombre que intentaba pasar la otra mitad de su cuerpo hacia el interior. Yo observé la escena con la boca abierta, y con un gesto de rabia que explotó en mi cara instantáneamente me levanté de un salto para ayudar al hombre y una de las vacas que estaba a su lado me miró y se adelantó a ayudarle. Me volví a sentar y aquel hombre que ya estaba dentro dijo seriamente: “Estoy bien”. A continuación y sin preguntas de preocupación la gente volvió a adquirir alguna de “las tres pociones”. Me crucé de brazos y me reí mas parecido a un suspiro desde el estómago, impresionado. Ya no tenía sueño.
Llegué a la bonita Chinatown, precedente de mi próximo destino y busqué entre todos los restaurantes alguno un poco económico. Encontré un buffet libre por 5 libras, entré, me senté y me dí cuenta de que el restaurante estaba lleno de españoles, “come todo lo que puedas por 5 libras”, estaba claro… Recuerdo, aunque no estoy seguro, haber comido antes ahí, en ese mismo lugar con mi padre hace muchos años.
Con el estómago lleno y sintiéndome un poco mejor salgo y veo un mensaje de la hermana. A aprobado el examen de conducción y me pregunta cuales son mis planes y le comento que quiero pasear hasta “Picadilly Circus” y que en unas horas podríamos quedar para tomar esa cerveza que habíamos apostado. Paseo hasta Picadilly Circus, pasando por el Soho. Pienso que las chicas de Londres son muy guapas. Sigo hasta Trafalgar Square, pasando por el centro atestado de gente que compra en una calle construida especialmente para eso. Me llama la atención una gran tienda de peluches, que parece ser bastante famosa, ya que esta llena de niños y no tan niños. Los empleados, algunos disfrazados venden los productos como en una feria. Sigo hasta “Trafalgar” acompañado por el atardecer, increíblemente cansado. Rodeo las esculturas de los leones y paso por entre las fuentes, subo las escaleras del museo nacional, mientras alguien en alguna parte toca una preciosa melodía de clarinete y me apoyo en el balcón de la entrada. Desde arriba se ve toda la plaza con sus dos fuentes, sus 4 leones rodeando una torre que apunta a la avenida que le sigue y ésta acaba con el Big Ben al fondo que está iluminado, todo esta iluminado, y alguien dice: “Qué bonito”; y pienso que en verdad es bonito, y me doy cuenta de que se ha hecho de noche y en una hora tengo que volver a la casa a por mis cosas para volver al aeropuerto. Se me hace un nudo en la boca del estómago y a la vez me produce una sonrisa. Voy al metro e intento visitar el mercado de “Candem Town”. Cuando llego, miro el reloj y veo que me queda media hora y antes de salir de la parada del metro vuelvo para volver a casa, pero no se cómo hacerlo. Le pregunto al de seguridad y me responde con otro acertijo que tampoco entiendo. Intento buscarlo por mi cuenta, pero el camino se me hacía demasiado largo y en 40 minutos salía mi autobús al aeropuerto. Corrí, subí, bajé… hasta que un chico me dijo que debía hacer el trayecto que al principio me parecía largo. Me subí en el metro y cada parada se me hacía eterna. 20 minutos para ir hasta la casa, recoger mis cosas e ir hacia el autobús. Salí del metro entré en una tienda y compré algo de comida con el dinero que me quedaba. Corrí y me perdí. 15 minutos. Llovía y estaba muy nervioso, no podía perder el autobús. Llegué a la casa, me abrió la hermana, la abracé y la felicité, me presentó a su amiga española y me dijo que si quería que me acercara a la parada que se encontraba a 10 minutos caminando! Había conseguido su carnet aquel día y le dije que muchas gracias, que por favor, porque sino lo perdería. Cogí mis mochilas a toda velocidad y nos montamos en el coche. Salimos y cuando estábamos cerca me despedí y me bajé en marcha, le volví a dar las gracias y salí corriendo hacia la parada, se me rompió la bolsa de la comida y se me cayeron las dos manzanas, ¡mierda! Nadie me ayudó. Llegué con un minuto de diferencia, sudaba y respiré profundamente. Ahora ya solo podía esperar. El autobús venía y me quedé esperando al lado de la parada. Pero el autobús pasa de largo y se para 10 metros más adelante. Pregunté a la gente que estaba en la marquesina si no paraba aquí y me respondieron que debería haber enseñado mi ticket al conductor o sino no para. Fui a la puerta del conductor corriendo y le enseñe el ticket, pero me dijo que no me habría la puerta que debería haberlo hecho antes, o sea, 10 metros más atrás ¡Le grité que no lo sabía, que tenía que coger mi vuelo! Al señor conductor, por no llamarle “hijoputa”, le importó una mierda lo que yo tendría que hacer, arrancó y se fue. Volví a la marquesina y lleno de rabia me senté entre la gente que estaba que por su gesto creo que también les importaba otra mierda. Era un ticket fijo, es decir, no podría cambiarlo o debería pagar 5 libras más, me había gastado mi dinero en la comida, así que podría quedarme allí sin poder coger mi vuelo. Mientras pensaba mil y una excusas vino 20 minutos después otro autobús, le enseñé el ticket agitándolo como una bandera. Paró, bajó, vio mi ticket y me sonrió. Aquel hombre que luego conocí en el trayecto al aeropuerto vivía en Congo, emigró a Europa ilegalmente hace 10 años y ahora trabajaba de conductor de autobuses. Hacía 10 años que no veía a su familia y se moría de ganas por volver a su país…
Subí al autobús, que estaba completamente vacío con una chica al frente a la que saludé en inglés aunque su cara pareciera latina. Me senté al otro lado un asiento más atrás y la escuché hablar un inglés con acento sudamericano, con el conductor.
Lo que yo aún no sabía era que aquella chica iba al aeropuerto para coger el mismo vuelo que yo, que había vivido en Australia, que facturaríamos juntos, después fumaríamos un cigarro, compartiríamos un sándwich, hablaríamos sobre nuestros amigos y nuestra familia, nos iríamos a coger el vuelo, compararíamos opiniones sobre Londres, nos pasaríamos la puerta de embarque para coger nuestro vuelo y esperaríamos allí solos hasta que alguien vino a recogernos y nos llevaría a la nuestra a solo 20 minutos de embarcar, de que se retrasaría nuestro vuelo y de que lo cogeríamos cambiando nuestros asientos para pasar 12 horas de avión juntos y 4 días en Kuala Lumpur, y que nos íbamos a dar un beso al despedirnos para yo volver al aeropuerto e irme a Australia. Ahora me doy cuenta de seguramente ni siquiera la hubiera conocido si no hubiera perdido mi autobús…
Cuando hablaba con el conductor se giró y me preguntó en inglés a dónde iba, le respondí en español y se sorprendió de que habláramos el mismo idioma y fuéramos al mismo destino. Vivía en Chile y pasaría los próximos meses viajando en Asia. Ella tampoco sabía todo lo que ocurriría a continuación…
“La vida, es una sucesión de casualidades que conectan todos los hechos en camino hacia nuestro destino”.
“Torres Petronas de Kuala Lumpur (Malasia)”, unas de las más altas del mundo.
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